ENTREGTA 29
Entrega 29
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Los Mellizos
Mientras eso sucedía en el reino frío, en un lugar muy apartado de Hiprosed, Kristan-Semo apartó temeroso la mirada que tenía puesta sobre la hoguera del augurio.
– No puede ser cierto. Nadie en el mundo es capaz de hacer algo así, dijo el adivino para sí. Con sus dones de vidente, había presenciado la muerte del ingélico empalado y pensó que tal vez era su imaginación.
– Sabes muy bien que lo que vimos es cierto, señaló Semo-Kristan, hermano gemelo del adivino, quien se incorporó un poco más calmado. Ambos habían contemplado la poderosa demostración del poder de Rauel.
– Creo que el momento que anticipa la profecía ha llegado, acotó Kristan-Semo, mesándose incrédulo la barbilla.
– Así es hermano. Oremos a nuestro dios, Jahja.
– Oremos, hermano.
Los adivinos mellizos del reino de las Cañadas habían nacido muchísimos años atrás, tantos que nadie sabía su edad. Desde el instante de su extraño nacimiento, su destino había quedado marcado. No habían llegado al planeta como la mayoría de los ingélicos. Si bien sus padres fueron amorosos, su nacimiento se dio en circunstancias muy especiales. Más bien, en circunstancias increíbles.
Una planta carnívora se había engullido a sus padres, justo cuando faltaban dos semanas para que ellos nacieran. Un krisantemo había estado oliendo a la pareja durante treinta y seis días. Paciente, como todo vegetal, esperó el momento oportuno para devorar el apetitoso alimento que se había instalado cerca de donde vivía. De todas las especies con ojos que había devorado, el ingélico era el único que no había probado, por respeto, por temor o porque, definitivamente, los ingélicos eran más inteligentes que las plantas.
En el reino de las Cañadas, la vida transcurría de manera distinta a los demás reinos de Ran-Dom. En ese punto del planeta, los ingélicos se habían adaptado a un medio hostil, desarrollando una forma de vida muy peculiar.
Ubicado en el extremo sur del continente, el reino de las Cañadas era el más complejo en Hiprosed, no sólo por su escarpada geografía, sino por una orografía que dificultaba enormemente el tránsito. Los ingélicos que habían logrado colonizar las cañadas, al principio de los tiempos, dejaron una simiente diferente en esa región del planeta. Los cañones largos y profundos abismos en donde lograron asentar su sociedad eran la parte más complicada de Hiprosed.
En una la cañada de Perempisz, mucho tiempo atrás, ingélicos de las planicies del sur se habían mezclado con los habitantes de Caz-Cor, el anillo montañoso que rodea a Hiprosed. El resultado de esa mezcla fueron ingélicos incapaces de vivir en el eterno frío, quienes tampoco lograron adaptarse a las templadas planicies. ¿Cómo fue que llegaron a las cañadas? La sociedad de ese reino tiene una historia, como todas las que se cuentan en ese antiguo mundo.
* * * * *
Ruvinn estaba preocupado por la tormenta que se avecinaba y pidió a Wrenda, su esposa, y a sus tres niños, que apuraran el paso, para llegar a un refugio entre las peñas. Los infantes estaban exhaustos y Wrenda jadeaba, cansada de caminar sobre una capa de nieve que le llegaba a las rodillas. Ruvinn estaba consciente de la fatiga a la que había sometido a su joven familia, pero temía que las moreiras hicieran su aparición en cuanto la temperatura descendiera aún más, por lo que tomó a sus dos hijos varones, para resguardarlos con sus alas, y pidió a su mujer que hiciera lo propio con la niña, pero que por ningún motivo aminoraran la marcha.
La tarde caía lentamente sobre las montañas de Caz-Cor. Poco a poco, las cumbres de la cordillera se iban tiñendo de matices naranja. Ruvinn sabía que, cuando el cielo alcanzara una tonalidad rojiza, las moreiras saldrían a buscar alimento, y que sólo un ingélico bien entrenado, como su esposa y él mismo, tendría la capacidad de verlas, antes de que atacaran. Pero sus hijos eran aún muy pequeños para defenderse, y no quería verlos congelados.
Con enorme dificultad siguieron avanzando; el cielo comenzaba a teñirse de rojo y las cuevas de las laderas aún estaban a una considerable distancia.
– Dioses, no nos desamparen, invocó Ruvinn cuando las moreiras hicieron su aparición.
– Ruvinn, ya comenzaron a salir, ¿qué hacemos?, imploró Wrenda cuando divisó los primeros animalejos saliendo de sus madrigueras.
– Debemos cubrir a los niños con nuestras alas. Es la única manera de salvarlos, apuntó Ruvinn desplegando al máximo sus alas para acoger a los dos niños que llevaba sobre sus hombros.
– ¿Y nosotros?, gimió Wrenda.
– No importamos; prácticamente, ya estamos muertos. Sólo hay qué rogar que los niños sepan cómo sobrevivir.
Al borde de la histeria, la mujer buscaba la manera de evitar la segura muerte de su familia.
– La fe es lo único con que contamos ahora, dijo el hombre a su atribulada esposa, antes de dirigirse a sus hijos.
– Escuchen, niños. Cuando las moreiras se hayan retirado, tomen todos los alimentos que puedan cargar y diríjanse a esas cuevas. Ahí esperen la ayuda de Dios o de un ingélico de las nieves. No se detengan, ni olviden cuánto los amamos, hijos míos. Wrenda dio las últimas instrucciones a sus hijos y con lágrimas en los ojos se despidió de ellos para siempre. Las moreiras ya venían en picada y los ingélicos intentaron cubrir a los pequeños con sus alas, hasta donde les fue posible.
Siguieron golpes secos, sonido de succiones, lamentos y gritos de los ingélicos cuyos hijos cerraban los ojos con fuerza y lloraban en silencio. Pasados algunos minutos, todo quedó en silencio, sólo los lejanos trinos de aves que habían huido de las moreiras flotaban en el aire.
Pasados algunos minutos, Zalabar, el mayor de los tres chicos, comenzó a moverse para salir y asegurarse de que las moreiras se habían retirado. Su hermana, Sanyss temblaba de miedo y frío, al igual que Talis, el menor. Cuando abandonó el refugio bajo las alas paternas,
Zalabar quedó petrificado ante la grotesca escena de los cadáveres de sus padres. A sus doce años, sabía que debía ocultar algunas cosas, antes de que sus hermanos enfrentaran las condiciones en que sus valientes padres quedaron: rígidos, desecados, con los ojos desorbitados y la boca abierta, como pidiendo el auxilio que nunca llegó.
Llorando en silencio, Zalabar cubrió como pudo los cadáveres bajo la nieve, dejando fuera solo las alas bajo las que aún se ocultaban sus hermanos.
– Sanyss, Talis, ya pueden salir. El peligro mayor ya pasó, dijo Zalabar a sus hermanos que lo primero que hicieron fue preguntarle qué harían solos y perdidos en aquella inmensidad que no conocían.
El jovencito recordó entonces la consigna materna de sobrevivir, a costa de lo que fuera, por lo que con coraje y determinación instó a sus hermanos para que cargaran lo que pudieran y le siguieran hasta las cuevas que originalmente pretendían alcanzar. Una vez ahí, repuestos del cansancio y la muerte de sus padres, pensarían mejor el siguiente paso.
Las moreiras vivían en los alrededores y no dejarían un solo día sin salir de caza. Salvo esa eventualidad, los niños no temían ataques de otro tipo, ya que la maldad en Ran-Dom aún no se levantaba.
Los peligros naturales existían y aunque eran reales, se convertían en un escollo a salvar, y no en un modo de vida defensiva. Cuando llegaron a las cuevas, descansaron y durmieron muy juntos, para contagiarse el calor de su cuerpo. El cambio en la vida de esos tres niños, tendría consecuencias que impactarían en la eternidad. No lo sabían, pero de sus descendientes nacerían los más férreos guerreros de Ran-Dom, entrenados en artes de defensa, enseñanzas inducidas por las premoniciones de los gemelos adivinos, ingélicos sabios y de edad desconocida.
Por las condiciones natas de Ran-Dom, los primeros maestros desconocían el significado de tales enseñanzas. La escuela del abismo de Yorn, o el abismo sin fin, como se le conocería popularmente, estaba vinculada a la suerte de esos tres hermanos perdidos en las montañas de Caz-Cor. La generación de ingélicos que en la actualidad estaba siendo amenazada por la maldad, tenía un grupo numeroso que se había estado preparando para contrarrestar la maldad, durante cientos de años, dentro de las Cañadas.
– ¿Cuándo regresaremos a las planicies, Zalabar?, preguntó el pequeño Talis.
– Nunca, hermano. Nuestros padres tenían planes para nosotros; aquí murieron y aquí nos vamos a quedar. No vamos a defraudar esa confianza.
– Sí, Talis, intervino Sanyss. Estoy de acuerdo con Zalabar. Haremos de las tumbas de nuestros padres un santuario, para honrar su memoria aprendiendo a vivir en estas heladas tierras.
El carácter decidido de los chicos quedó manifiesto y, con él, una nueva forma de vivir en Ran-Dom estaba en camino. La edad es un elemento maravilloso para cualquiera y esos jóvenes tenían ese factor a su favor.
Un hermoso amanecer despuntó al día siguiente. Los chicos habían pasado una triste noche, pero el sol de Ran-Dom les dio una cordial bienvenida. Los niños se dieron cuenta que les quedaba comida para una semana, por lo que dedujeron que debían entrar en acción muy pronto, si no querían que el hambre hiciera lo que no consiguieron las moreiras.
Desde siempre, el reino de Caz-Cor tuvo vigilantes en la frontera. Eran ingélicos acostumbrados a vivir en las cuevas, hasta por seis meses, vigilando el territorio. Uno de ellos, llamado Ubardo, no perdió detalle de los acontecimientos ocurridos un poco más abajo de donde él se encontraba .A la segunda noche, bajó para investigar el estado de salud de los chicos. Él también era muy joven y tenía miedo a los extraños.
Un pequeño derrumbe de piedras, puso en alerta a Zalabar.
– ¿Quién es? No estamos armados, ¡preséntese, quien quiera que sea! La enérgica voz de Zalabar caló en el ánimo del ingélico de las nieves, que no tuvo más remedio que dejar su escondite y salir al encuentro de los tres chicos que lo veían azorados.
– ¿Quién eres y que haces aquí?, preguntó Sanyss.
– Más bien, ¿quiénes son ustedes y que hacen en mi hogar?, respondió Ubardo, molesto por la pregunta que consideró descarada.
– Somos ingélicos de las planicies y venimos con nuestros padres en busca de mejores condiciones para vivir. A mi padre le gustaba la aventura y quiso probar la vida en este lado del continente.
– ¡Vaya que quiso probarla de manera temeraria. Vi lo que sucedió con las moreiras.
– ¿Por qué no nos ayudaste?, inquirió Zalabar, incrédulo.
– Porque las conozco y sé cuándo y cómo salir del refugio. En esos momentos, nadie podía haberles ayudado, dijo Ubardo, un poco triste.
– Pues aquí nos vamos a quedar a vivir. ¿Puedes decirnos qué se puede cazar por estas tierras?
– Vaya, ni siquiera conocen lo principal. ¿Cómo se van a procurar comida? ¿Pueden cazar un rabinok?
– ¿Qué es eso?, replicó Zalabar.
– La defensa que no tuvieron, les informó Ubardo. La piel de los rabinoks es esencial para vivir en las nieves. Si no tienes una piel de ésas, te puedes dar por muerto. Las moreiras te van a atacar, sin duda. Ya viste los resultados.
– ¿Puedes enseñarnos a cazar rabinoks?
– Claro que sí, pero con una condición.
– Si la podemos cumplir, trato hecho, adelantó Zalabar.
– Que los cuatro vivamos juntos. Yo paso muchos meses de soledad en estos lugares, y la verdad es que ansiaba conocer a alguien de mi edad, confesó Ubardo con mirada melancólica.
– ¿Tanto tiempo?, ¿Por qué?
– Es la forma en que aprendemos el arte de la supervivencia.
– ¡Ah!, ya veo. Como las pruebas para alcanzar la mayoría de edad en nuestro pueblo. Siempre que un joven llega a la mayoría de edad, sale a cazar presas difíciles, sólo para demostrar que ya es un ingélico hecho y derecho, terció Sanyss.
– No lo creo, aquí es diferente. Éste es una especie de servicio que nuestros soberanos piden. Cada cual, y en la edad que mejor le parezca, lo hace. Incluso, puede ser en la ancianidad. Vigilar nuestras tierras en soledad es una prueba para el espíritu, más que una manifestación mundana. Ubardo se puso a la defensiva; los comentarios de la chica le habían calado hondo.
Decidieron, entonces, dejar de lado la palabrería y estuvieron de acuerdo en vivir juntos, para ayudarse. Zalabar tomó el liderazgo de esa parte del mundo y Ubardo ofreció su cueva, que era más grande y cálida, para instalarse en ella. Pasaron, así, todo un día arreglando sus nuevas habitaciones. Para Sanyss no pasó inadvertida la apostura de Ubardo, a quien de cuando en cuando veía de reojo, pero no quería que nadie se diera cuenta de sus sentimientos.
A la mañana siguiente, Ubardo urgió a los hermanos a levantarse antes de la salida del Sol. La cacería de rabinoks comenzaría muy temprano. Debían caminar un largo trecho y emboscar a los animales en el paso de las aves rojas. Todos salieron en la dirección que marcó el ingélico de las nieves. El paso de las aves rojas estaba en el bordo de un desfiladero. Tenían qué ganar el camino a las cabras de montaña, porque si ellas llegaban primero, el tránsito se convertiría en un caos. Nadie podría rebasar por el angosto sendero del desfiladero. Subieron a buen paso por las faldas de la montaña de base más profunda. Desde el paso de las aves rojas, no se podía ver el fin del abismo. Eso hacía que la cacería, tuviera un ingrediente de peligro adicional.
– Peguen el cuerpo a la pared del sendero, instruyó Ubardo. El viento puede lanzarlos al abismo y, bueno, no es necesario que les explique cómo sería saludar a sus padres en persona.
Tomados de la mano, avanzaron hasta que llegaron al paso de las aves rojas.
Zalabar se sintió intrigado por el nombre de las aves rojas, ya que no advertía la presencia de ninguna, pero Ubardo le pidió paciencia, que pronto lo descubriría y pidió a todos que buscaran un escondite para cuando las susodichas llegaran. Su presencia era la señal de ataque.
– Pero, ¿cómo vamos a atacar, si no tenemos armas?, protestó Zalabar.
– Lo sabrás en el momento indicado, respondió Ubardo. Guarda silencio, están por llegar.
De pronto, un gran pájaro rojo revoloteó, como inspeccionando el lugar y, después de unos cuantos giros en el aire, descendió.
– ¡Quietos, ya vienen!, observó Ubardo emocionado, en voz baja.
Tras el ave de avanzada, llegaron dos más. Y luego, cinco, nueve, quince y así, sucesivamente, hasta contarlas por miles que aparecieron trinando e inundando el paso de la montaña. Los rabinoks se mezclaban entre las aves que formaban una especie de muralla alrededor de ellos, para protegerlos de la vista de los depredadores; parecían cerdos pequeños y tímidos. Sólo cuando las aves volaban, salían de sus guaridas en las que podían pasar muchos días encerrados, sin atreverse a salir ni siquiera por alimento.
– ¿Por qué se mezclan?, preguntó el pequeño Talis, en voz muy baja.
– Los rabinoks son muy desconfiados y tímidos, le respondió Ubardo. Cuando están protegidos a la vista de las aves de rapiña, salen para golpear con sus patas el suelo pedregoso del sendero. Al golpeteo, miles de hormigas de las nieves abandonan sus madrigueras y ése es el alimento favorito de las aves rojas, de ahí viene su color. En este proceso, los rabinoks obtienen su recompensa, ya que se alimentan del excremento de las aves y, además, reciben otro tratamiento especial. Las aves limpian sus patas y hocicos de todo tipo de bichos y los protegen de los depredadores que no pueden verlos entre la multitud de aves. Unos dan y los otros responden al favor.
– Pero, ¿cómo los vamos a cazar?
– Muy fácil. El miedo los paraliza. Cuando más distraídos se encuentren, vamos a saltar a su lado, gritando lo más fuerte que podamos. Debemos tener cuidado de no brincar hacia el borde del abismo y de tener precaución con las manos cuanto tratemos de tomarlos, porque pueden tener los pelos erizados por el miedo y las consecuencias no las quisieran oír. La bolsa de piel que traje, es para meterlos ahí, instruyó Ubardo.
Al grito de señal que habían acordado, los cuatro salieron para tomar por sorpresa a los tímidos animalitos. Miles de aves salieron en desbandada por el paso de las montañas. Siete rabinoks se detuvieron por el miedo y tres se echaron a correr cuesta abajo, a toda velocidad. Decidieron, entonces, ocuparse de los inmóviles, antes de que reaccionaran, para lo que fueron tomando cada animalito, con las manos enguantadas, y los fueron metiendo a la bolsa de piel de Ubardo. Sólo un pequeño rabinok tenía los pelos de punta, por lo que lo peinaron con mucho cuidado y lo rodaron. Fue el último en entrar a la bolsa.
Siete rabinoks eran suficientes para confeccionar su defensa contra las moreiras, por lo que dieron fin a una cacería que calificaron de afortunada.
– ¿Los vamos a comer?, insinuó Sanyss.
– Sí, son muy sabrosos, aseguró Ubardo.
– Pobres animalitos, están muertos de miedo, lamentó la chica.
– Lo siento, replicó Ubardo, pero son ellos o ustedes. ¿Prefieren a las moreiras?
– No, yo nada más decía, replicó Sanyss un poco avergonzada. El ingélico se había arriesgado por el bienestar de los tres y ella reclamaba tonterías.
Entre cacerías y tonterías que de rato en rato se les ocurrían, pasaron los meses de retiro del ingélico y ahora preparaba sus pertenencias para partir de regreso a su pueblo. Sanyss fue la primera en lamentarlo, pero Ubardo le explicó que su encomienda en ese lugar había terminado y que era hora de volver a los suyos.
– Nosotros no volveremos atrás, tartamudeó tímidamente la chica.
– Lo que hayan decidido, es problema y decisión de ustedes, respondió como distraído Ubardo, mientras terminaba de empacar sus pertenencias.
Fue entonces que los sentimientos de Sanyss quedaron al descubierto.
– No quiero que te vayas, le dijo de manera abierta y decidida. A Ubardo le sorprendió la inesperada confesión de la jovencita y al preguntarle por qué, su confesión le conmocionó aún más.
– Porque te amo, respondió Sanyss con toda la honestidad del mundo.
El ingélico permaneció inmóvil unos instantes que a la chica le parecieron eternos.
– Este lugar no es para ingélicos como ustedes, respondió.
– ¿Cuál sería, entonces, el lugar perfecto?, ¿Hidram?, sugirió ella.
– No. Las ciudades grandes son difíciles para tener familia.
– ¿Familia?, ¿de qué hablas?, repuso Sanyss, a lo que Ubardo, con la misma emoción y sinceridad que ella mostró en su abierta confesión, declaró:
– De lo que comencé a soñar desde que te vi. Y ambos se unieron en un abrazo lleno de ternura y pasión.
– ¿Qué van a decir mis hermanos?, sugirió la chica, sonrojada, al tiempo que Zalabar hacía su aparición en el amoroso escenario.
– Lo que nos pareció interesante es lo que discutían sobre Hidram. Lo de su amor, francamente ya lo sabíamos, aclaró con una sonrisa de complicidad.
– Si no vamos a ir a Hidram, ¿dónde vamos a vivir?, ¿nos quedaremos aquí para siempre? , inquirió Zalabar
Ubardo explicó que él no renegaba del frío, ni del trabajo, pero que tal vez la sangre de sus hijos fuera dominante y, entonces, ellos sí tendrían problemas con las bajas temperaturas, por lo que sugirió intentar su establecimiento en las Cañadas.
– ¿El amor te volvió loca?, saltó Zalabar como quien apenas puede creer lo que está escuchando.
– No es así, hermano. Sólo quiero fincar un mundo diferente al que nos ha tocado. Nuestros padres nos enseñaron que colonizar no es una mala idea.
– ¿Te das cuenta del tamaño de la empresa? Ellos están muertos por pensar así, replicó el hermano mayor.
– Sí me doy cuenta, pero ¿tienen miedo intentar una vida en un lugar que nadie haya pisado antes?
La respuesta de los varones fue negativa y, en ese momento, sellaron un pacto para siempre. Los cuatro se dirigieron a lo que hoy se llama Perempisz, aunque, como en todo principio, las cosas fueron muy difíciles.
Mucho tiempo, esfuerzo y amor poblaron las Cañadas de ingélicos con personalidad similar a la de sus fundadores. Esa primera generación de habitantes acostumbrados desde el principio a vivir de manera ardua, sin miedo, pero sobre todo teniendo como base la disciplina y el orden, dieron a las Cañadas una identidad especial que se reflejó en atributos diferentes a los habitantes en condiciones más benignas.
Ellos, seguramente, fueron maestros y alumnos de las hormigas, y de todos aquellos insectos que tienen como base el trabajo en equipo. Los moradores de las Cañadas fueron siempre una familia muy unida que transformó a un mundo casi imposible de habitar, en uno habitable, con condiciones de vida y respeto sin parangón. Pero la historia que nos interesa contar, llegó siglos después.
Una familia, como tantas, se estableció en las Cañadas buscando oportunidades de trabajo y educación para los hijos, que soñaban tener algún día. Ellos sin saberlo, fueron el punto clave para la vida futura del planeta, pero sobre todo, para la vida de las Cañadas. Y como siempre sucede en el universo, nunca, o casi nunca, los promotores del cambio son conscientes de ello, y menos de la responsabilidad que esto conlleva.
Cuando Zailea y Quard llegaron a las Cañadas, solicitaron permiso para asentarse en dicho territorio. Huan, rey de las Cañadas de esa época, dio su anuencia para que tomaran posesión de una fracción de tierra al borde la cañada Sumeria. Como todo ingélico con deseos de asentarse en ese lugar, estaban obligados a fabricar escaleras para descender al río que corría en el fondo del desfiladero.
Los materiales de construcción para las escaleras y sus chozas, eran de plantas parecidas al bambú que, amarradas con lianas selváticas, podían construir estructuras resistentes. El bambú crecía como plaga en ese territorio, por lo que el material de construcción estaba asegurado. Al no tener hijos que les prestaran ayuda, y por ser recién llegados del exterior, el rey permitió que otras familias les ayudasen a la construcción de viviendas y barcas de pesca.
Durante los meses que siguieron, Zailea y Quard construyeron el hogar perfecto para esperar a sus hijos. Ella tenía ilusiones de tener, al menos, seis niños.
– Quard, ¿qué es ese aroma que llega por las tardes? Es un olor como el que despiden los cadáveres.
– No lo sé Zailea, ni siquiera me había percatado. ¿Por qué no lo dijiste cuando estaban los vecinos ayudando en la construcción de la casa? Ahora que nos ayudan con las escaleras, cada vez están más lejos de nosotros. Quizá sea algún animalito que murió cerca de aquí, respondió el comprensivo marido.
– Me dio pena molestarlos con tonterías. Creo que el embarazo me ha agudizado el olfato, exclamó tocándose el vientre e ilusionada por el día del nacimiento de sus dos niños, que ocurriría cinco semanas después. Para entonces. Ya estaría lista la escalera y Zailea podría salir de pesca en el bote.
Nadie, ni los ingélicos nativos de Las Cañadas, pudieron darse cuenta de la presencia de una planta de krisantemo que acechaba con paciencia a los nuevos residentes. La gran concentración de bambú impidió que los ingélicos la descubrieran, Nadie en esos días se percató de su presencia, ni del olor que estos vegetales carnívoros despiden al atardecer. El depredador más mortífero y despiadado de las Cañadas se estaba moviendo lentamente hacía el hogar de los desprevenidos nuevos residentes. Una de las razones para que nadie hubiera advertido su presencia, fue que la krisantemo había dormido durante doce meses, que es el tiempo que dura su digestión. Durante los primeros días, después de comer, la planta se vuelve muy inquieta, durante cinco o seis días, ya que trabaja para regurgitar las partes duras de la comida. La krisantemo de la casa de Zailea y Quard estaba hambrienta; se había despertado hacía varios días y comenzaba a despedir un potente aroma, señal inequívoca de que estaba en busca de comida.
– Por los dioses, qué peste sale de los bambúes, ¿Por qué no investigas que la produce?, dijo Zailea a su marido.
Quard, paciente y comprensivo, salió de prisa para localizar el origen de los fétidos olores. Con dificultad, se abrió paso entre los bambúes, cortando con un machete cuanto le impedía el paso. Después de avanzar un buen tramo a través del follaje, por sorpresa le tomó aquella enorme planta inmóvil, de grandes fauces muy abiertas en cuyo interior se movía un pequeño apéndice de colores brillantes y atractivos. Con curiosidad, Quard se aproximó, hipnotizado por aquella partícula que sobresalía en la boca del vegetal, sin que nadie anduviera cerca para prevenirlo de la tragedia que estaba a punto de ocurrir. En cuestión de segundos, como impulsadas por un resorte, aquellas fauces saltaron sobre el angélico y lo engulló por completo.
Un grito desgarrador llegó a oídos de Zailea quien, temiendo lo peor, salió corriendo tan rápido como se lo permitía su avanzada gravidez, Siguiendo el sendero que su marido abrió a punta de machete, se encontró de pronto frente a la planta cuyo colorido apéndice, que bien se podría confundir con una mariposilla, la atrajo e incitó a tocarla. Un segundo después, Zailea se reunía con su esposo, en el interior de la despiadada carnívora.
La planta se sintió demasiado llena y muy pesada para desplazarse hacia su guarida. Tuvo suerte de engullir dos presas casi al mismo tiempo, pero ahora le representaban también un serio problema. Necesitaría de toda su fuerza para moverse de ahí y regurgitar la comida, antes de quedarse dormida a la intemperie, a expensas de sus depredadores.
En los dos días siguientes a la desgracia, nadie se preocupó por buscar a los nuevos pobladores. Debían estar preparando el hogar para recibir a sus hijos, por lo que a nadie extrañó su ausencia.
Los sueños que tuvo la matrona que anticipó el nacimiento de dos niños, le alertaron sobre algún posible contratiempo, por lo que pidió a su hija que la acompañara a visitarlos. Viajaron por el río, hasta la escalera que llevaba a la casa de Zailea y Quard, y con el entusiasmo que provocaba el nacimiento de un nuevo ingélico, treparon por ella hasta llegar a una choza de donde, contra toda la costumbre, nadie salió para recibirlas. El corazón de la matrona dio un vuelco. Cabía la posibilidad de que los pequeños hubieran nacido y su madre se encontrara sumamente atareada en su cuidado, pero la conjetura desapareció cuando ingresaron a una casa extrañamente vacía.
Fue la hija de la matrona quien percibió un olor desagradable y alarmante. Pronto, ambas identificaron el inconfundible aroma de la krisantemo y temieron lo peor, toda vez que Zailea y Quard provenían de regiones donde estos vegetales asesinos eran desconocidos. Descubrieron, a un tiempo, las huellas de los esposos que terminaban en un claro donde sufrieron el impacto más macabro de su existencia. Ahí estaba la krisantemo, escupiendo lo que no le agradaba ni podía digerir: huesos, ropas, el machete que utilizó Quard para abrirse camino, los adornos de pelo de su mujer y algunos otros objetos rígidos.
La presencia de las dos angélicas atemorizó a la carnívora que, ante la imposibilidad de engullir nada más, replegó tronco, ramas y guías para retirarse del lugar. Entre los desechos que la planta escupió, la matrona advirtió unos movimientos apenas perceptibles. Con sumo cuidado, su hija apartó con una vara los desperdicios para descubrir los cuerpecitos de dos bebés que luchaban por sobrevivir a la tragedia de sus padres.
– ¡Los dioses están con esos niños que no nacieron del vientre de su madre!, gritó jubilosa la matrona, ante la certeza de un milagro. Su prodigiosa salvación tal vez sea un buen augurio para nuestro pueblo, exclamó cayendo de rodillas e incitando a su hija a recogerlos, para arroparlos y darles alimento. Su especial don para la supervivencia, tenían a madre e hija atónitas.
Cada una tomó a un pequeño entre sus brazos, limpiándolos y acariciándolos, pero sin dejar de reflexionar sobre el curioso destino que los acompañó desde el momento de nacer.
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Jul 3rd, 2010 at 11:58 pm
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