ENTREGA 9
ENTREGA 9
– ¡Atención!! Todos deberán formar filas, de uno en uno. El descenso es peligroso y no queremos perderlos en un accidente. Un vigilante que tenía un ojo en blanco se dirigió a la multitud que comenzaba a arremolinarse en la boca del reino frío.
De nueva cuenta, nadie se percató de la risilla sarcástica con que el guardia se dirigió a los namburis. La multitud al borde de la cresta se movió con descontento. Todos gozaban de un panorama fuera de lo común y, por razón natural, querían gozar más del espectáculo gratuito. Después de la penosa subida, ese espectáculo para los sentidos era como un premio al esfuerzo, y no tener unos minutos para dedicarlos a la holgazanería y contemplación, ponía a los viajeros de mal humor.
–Padre, tengo miedo. Sin razón aparente, Narimbo se abrazó a su progenitor buscando protección. Sus manitas apretaban la espalda de Oribi y él sintió algo como un golpe en el estómago. Sus alas se plegaron hacía abajo, como nunca lo habían hecho. Con la misma angustia que sentía su hijo, pudo contestar impostando la voz.
–No temas, hijo. Durante generaciones hemos venido a comerciar con el reino frío y nunca ha sucedido nada qué lamentar, intentó Oribi tranquilizar a su pequeño. Pero él también estaba contagiado por el temor; podía percibir algo diferente, algo que no conocía pero que le sobrecogía el alma.
Oribi buscó la mirada de sus coterráneos, pero nadie quería voltear a ver a sus compañeros. Todos estaban siendo presas de un nuevo sentimiento. El desasosiego y la angustia estaban llegando a su vida, tomándoles por sorpresa. Simplemente, ante el nuevo sentimiento, desconocían cómo reaccionar. La traición no estaba en su vocabulario, puesto que apenas estaba siendo inventada. La envidia se estaba manifestando, trayendo consigo, además de la traición, la muerte.
Rauel parió a la envidia, sin saberlo, y la diseminó entre su pueblo que la comenzó a absorber lenta, pero inexorablemente. Su proterva actitud había transformando los sentimientos bellos en otros más oscuros y perversos. El príncipe se retiró a sus aposentos para entrar en meditación, según decía. Las primeras victimas estaban entrando en sus dominios y era menester que no escapara ninguno.
Rauel ordenó a un ayudante de Rima que cuidara que nadie, ni sus padres, ni su gente de confianza, lo interrumpieran. Bajó discretamente hasta la cámara secreta, oculta bajo el palacio, y se instaló en una cómoda cama de piedra. Unas gotas de agua que resbalaban por las estalactitas del techo caían sobre las piedras y creaban un murmullo hipnotizador que llevaba a Rauel hasta el lugar mágico en donde el tiempo y el espacio no existían. Desde ese lugar, un ejército de iguales a él planearon la conquista de Ran-Dom.
– Mi señor, lo esperábamos con ansia, profirió el comandante del odio, inclinándose con respeto. Esos comandantes eran iguales a los ingélicos comunes y tenían la particularidad de adquirir el mismo rostro de Rauel. Era muy perturbador observar a tantos y tan dispares Raueles. Todos tenían marcadas pequeñas diferencias, ya fuera la vestimenta o el carácter. Algunos eran muy bulliciosos; otros, muy hipócritas. Los peores eran traicioneros y arrogantes. Quién sabe qué sentiría Rauel al verse tantas veces retratado. Como soberano, nunca hacía públicas sus emociones.
– Quiero que preparen el informe completo. No quiero fallas. Tuve que sacrificar a doscientos de mis guardias por culpa de ustedes. El príncipe tronó los dedos para urgir a sus comandantes que expusieran el plan maestro. Rauel esperaba que esos terribles seres interiores le resolvieran la mayor parte de sus problemas; si así no fuera, ¿para qué tantos Raueles?
– Aquí tiene, mi señor, dijo el comandante encargado de los tormentos y de las trampas, con los papeles que requería el soberano, perfectamente ordenados. Tras pasar rápidamente la vista por los documentos, complacido asintió con la cabeza, los enrolló de nuevo y con visible emoción ordenó poner manos a la obra. A la orden del amo, un grupo de personajes siniestros se movilizó entre las tinieblas.
– Quiero que todos se sincronicen conmigo. La mente maestra con la que comulgamos todos va a cumplir su primer trabajo. Quiero a todos los namburis como esclavos. Rauel habló extasiado. Nunca imaginó la sensación que proporciona el poder sobre la vida y la muerte de otros.
El príncipe fue despojado de sus ropas y acomodado en una plancha de piedra que daba la impresión de ser un altar. ¿A qué dioses se entregaba Rauel?
Un silencio sepulcral invadió el recinto. Los casi doscientos demonios/comandantes se recostaron alrededor de su jefe, para la esperada ceremonia que dio inicio, dentro de un círculo mágico y perverso. Sólo respiraciones agitadas y sonidos guturales se escuchaban al principio, pero después…
El efecto de esa ceremonia comenzó a repercutir en los namburis que ingresaban al gran salón de las recepciones, hecho de piedra y estalactitas que le daban majestuosidad y que se situaba al pie de las gradas por donde descenderían los namburis. El recinto estaba lleno de sirvientes que esperaban a los invitados para agasajarlos en una magnifica ceremonia de bienvenida. Los namburis, lentamente, comenzaron a bajar por unas escaleras cinceladas en la piedra, que iniciaban en el borde de la cresta y continuaban a través de grietas. Una vez traspasada la primera pared, los escalones seguían hasta perderse en la oscuridad del Hoyo.
Cinco enormes espirales por donde bajaban los ingélicos comenzaron a divisarse, conforme se llenaban los escalones con la titubeante presencia de los mercaderes de las colinas. Uno a uno, fueron dando pasos y tocando con dedos temblorosos las piedras de los muros. Con temor recorrieron las sinuosas paredes del mundo subterráneo. Muchos de ellos tal vez nunca volverían a ver la luz del Sol. Probablemente, ésa era la primera y única vez que caminarían por esas escaleras.
Lo que nunca había sucedido en ese antiquísimo mundo, estaba acaeciendo. Una mente ávida de poder estaba a punto de secuestrar las mentes de una raza que seguía al pie de la letra las reglas de la evolución y no había caminado por ese torcido camino. Ninguno de los que ingresaron entonces al reino del mal escaparía ante la nueva fuerza en el universo. No estaba lejano el día en que todas las mentes de Ran-Dom quedarían secuestradas por el depredador de mentes.



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