ENTREGA 8

 

ENTREGA    8

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– Papá, ¿te gustó el ingélico que hablaba como el pájaro cotorro? A mí no me gustó su forma de dirigirse a nosotros; siento que algo ocultaba en sus palabras, expresó Narimbo, uno de los hijos predilectos de Oribi. Él tenía una intuición muy desarrollada y, aunque la mayoría  de ingélicos la usaban para la cacería, algunos como ese chico, percibían algo más allá de lo que la boca de los políticos decían.

             No hables así de nuestros anfitriones. Te pueden oír y sería una grosería que escucharan tus palabras poco amables, respondió Oribi acallando el comentario de su hijo. Temía que alguien se diera cuenta y que los temores del chico pudieran interpretarse como algo ofensivo.

             No me importa lo que otros piensen; el político no dice la verdad. Algo oculta ese Ingélico y no sé que es, insistió. El chico era valiente y no se amilanó por las recomendaciones de su padre.

            – Narimbo, hijo, por favor. Me siento mal por lo que dices, insistió Oribi.

             Está bien, como tú digas. Espero que el nuevo amanecer me infunda otros sentimientos. El chico era noble y respondió a las advertencias de su padre.

            Esa noche, frente a la expectativa de buenas negociaciones, los Namburis durmieron en las tiendas del campamento. Todos se entregaron al sueño con la satisfacción de quien ha hecho un gran trabajo y sólo espera su conclusión.

            Al amanecer, una enorme algarabía comenzó a inundar el campo. Todos comenzaron a desmontar el improvisado campamento. El día despuntaba alegre y se acercaba el momento esperado por muchos. Miles de personajes vestidos con sus ropas de gala corrían de un lugar a otro. Unos buscando subirse a sus nerviosos corcobados que corrían arrastrando tiendas; otros tratando de guardar las tiendas de campaña con dificultad, pues el viento matinal estaba haciendo de las suyas. Las mantas de las tiendas volaban como cometas por el cielo, muchos no lograron amarrarlas al palo central o detenerlas con una piedra y corrían detrás de ellas como locos. El campamento era un caos divertido.

            – Papá, ¿tú crees que los claros me den un poco de oro por mis semillas?, preguntó emocionado Narimbo, el pequeño de sólo doce años que tuvo la suerte de acompañar a su padre en esa aventura comercial.

            – Claro que sí, Narimbo, a ellos no les falta el oro. Imagina, viven en las entrañas de Ran-Dom y es ahí donde abunda.  A nosotros nos falta una estatua para la diosa del amor, contestó Oribi mientras subía afectuosamente a su hijo en uno de los corcobados.  El chico ansiaba aprender los secretos del oficio de comerciante de sus ancestros y el de orfebre, como su padre. Oribi era un ingélico amable, como la mayoría de sus paisanos.

            La familia de Narimbo hacía muchas generaciones que se dedicaba a la fundición de esculturas de oro, que era el material oficial para venerar a sus dioses. Siguiendo las instrucciones de los oficiales del Reino Frío, una larga fila de ansiosos comerciantes y animales de carga se formó en espera del turno para ingresar al reino oscuro.

            – Cúbrete con la manta que te regalé, hace frío ahí abajo, dijo con ternura Orib, al tiempo que cubría a su pequeño hijo. Todos estaban confiados; nadie sospechó que la traición estaba por desatarse.

            – Todos los que viajan en corcobados, desmonten. Los animales van a ingresar por otras vías, ordenó uno de los guardias “claros”.

            – Era lo único que nos faltaba, exclamó Oribi. Ven, Narimbo, vayamos a pie. Con fastidio, todos los namburis descendieron de sus monturas. Buscando una explicación lógica, muchos de ellos buscaban entablar comunicación con los guardias, pero los pálidos que custodiaban el ascenso permanecían inalterables y en silencio. Al terminar las planicies, la orografía del terreno comenzó a cambiar. El camino a las crestas iniciaba en unas pendientes con todo tipo de obstáculos: piedras, hoyos disfrazados, ventiscas heladas, subidas resbalosas y guardias que parecían brotar de las piedras. Nadie pensaba con claridad; lo dificultoso del ascenso no les permitía cavilar en los detalles finos.

            Llegó el momento en que parecía que eran más guardias que comerciantes de Namburi. Desgraciadamente, quien no conoce la maldad, no sospecha del malvado. El atributo de la Confianza estaba por ser destruido para siempre en Ran-Dom. Los valores importantes del joven universo estaban a punto de ser secuestrados por las ambiciones personales de unos cuantos y, en realidad, no eran muchos. Ni siquiera el promotor de la felonía intuía el alcance de la acción traicionera que estaba por ocurrir. Después, el universo no volvería a ser el mismo; la Sombra de Dios estaba moviéndose y la maldad, uno de los grandes misterios de la creación, estaba por sentar sus reales en ese planeta.

            – Los animales ingresarán por los túneles, gritó con fuerza un guardia enorme e intimidante que recorría con sus dedos huesudos el garrote que llevaba en las manos.

            –Yo no voy a abandonar a mi corcovado, gritó furioso un moreno quien desde el principio se había rehusado a seguir las reglas impuestas por los guardias. –Llevo mercancía muy valiosa y puede perderse en el trayecto.

            El namburi se plantó retador frente al guardia. Él, como muchos otros, percibía las débiles señales que flotaban en el ambiente, de que algo en ese lugar no andaba del todo bien. La mirada fiera de los guardias hacía que la expedición se estuviera transformando en un viaje amargo, no en el viaje lleno de expectativas con el que soñaron la noche anterior.

            – ¡No importa! Si quieres seguir tus propias reglas, allá tú, gritó Casio e hizo señas para que todo aquel que quisiera seguir en su montura lo hiciera, pero las últimas palabras que masculló entre dientes llevaban un mensaje implícito de amenaza.

            – ¡Hey, tú, el que no quiso bajarse de su montura, sígueme! Quien prefiera ingresar al Hoyo  montado en su bestia, siga por acá, indicó hacia un promontorio de rocas.

            Un camino que se había mantenido cerrado fue abierto para que los corcobados de dueños celosos ingresaran por otra parte. El camino que esos namburi siguieron se perdía en la enorme curva de las crestas. Casi un tercio del contingente optó por continuar a lomo de sus bestias, a los que estaban acostumbrados después de muchos meses de viaje. Los demás prefirieron seguir el arduo camino a pie. Tardaron casi dos días en alcanzar la cima de las crestas. Por fin, después de semanas de penosos trajines y traslados, la boca del Hoyo estaba por descubrirse ante los ojos del pueblo de las Planicies del Sur.

            – Papi, tengo calor, se quejó Narimbo. Por la mañana, su padre lo había cubierto demasiado. Ahora que se encontraban en terrenos más altos, hacía un extraño calor que los obligó a despojarse de sus abrigos.

            – Mira, Narimbo, por fin llegamos, dijo Oribi impresionado por el espectacular paisaje de la boca del reino frío. El esbelto ingélico dio tres pasos en dirección a la entrada y se quedó quieto, observando el paisaje, completamente fascinado.

– ¡Guau!, exclamó el chico con los ojos muy abiertos por la sorpresa.

Cuando el ascenso terminó, solo quedaba una imperceptible curva de rocas macizas. Después, se abría un enorme precipicio circular que, por su tamaño y penumbra, era casi imposible  divisar el fondo. Los miles de aves que entraban y salían del lugar emitían sonidos de graznidos, chirridos y cantos que se entremezclaban con los gritos de los ingélicos, generando una atmósfera mágica, un espectáculo de sonidos y movimientos casi inimaginable. La familia de Narimbo nunca contó al chico cuán maravilloso era el ingreso al mundo frío. Los rayos de sol que se descolgaban entre los millares de aves generaban un espectáculo de luz y sonido realmente hermoso.

            Como un aviso sutil, que ninguno de los namburis podía advertir, quedaba plasmado entre ese barullo de vida: “En el futuro, las cosas no cambiarán; la puerta para ingresar al reino del mal siempre fue, es y será enorme”. Justo antes de llegar a una pequeña bifurcación, un pálido gritó a todo pulmón.

           

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