ENTREGA 7
ENTREGA 7
LA TRAMPA
– El jefe de los Namburi desea saber si pueden cruzar la frontera…mi señor, dijo temeroso el comandante de los grupos de confianza de Rauel.
La rabia permanente del príncipe intimidaba a todo aquél que tuviera la mala suerte de cruzarse en su camino. En la cara del soberano se comenzaban a advertir pequeñas erupciones, como diminutas escamas que se hacían más evidentes cada vez que rascaba su rostro. Nadie se atrevía a decirle algo y, en cambio, quienes tenían contacto con él apartaban la mirada de aquel rostro que parecía desmoronarse.
El comandante no recibió respuesta y Rauel se limitó a fulminarlo con una mirada.
– Mi señor, ¿qué les digo?, preguntó de nuevo Rima, tembloroso y sin deseos de desatar la cólera de su amo, para no terminar como su compañero, Eclect.
– Haz que se detengan en la frontera; tengo qué desarrollar un plan para recibirlos y me gustan los animales que quieren intercambiar. Con un pequeño adiestramiento, quedarán como lo imagino, contestó Rauel con desgano a uno de los ingélicos de su mayor confianza.
En realidad, Rauel tenía el macabro plan de extinguir a toda una raza. Hasta antes de que la codicia del príncipe se manifestara, los corcobados eran animales de carga que podían desarrollar una buena velocidad al correr y sostenerla por largo tiempo, características nada despreciables si se considera que podían correr con trescientos kilos a cuestas, sin ningún esfuerzo. Los corcobados eran animales de dos jorobas en donde se podía colocar una silla. Esos extraordinarios animales contaban, además, con dos bolsas de piel en los costados, en las que cabía un niño. Poseían en la cabeza una armadura ósea de donde sobresalía un cuerno, lo suficientemente largo para imponer respeto cuando se molestaban. Con todos esos atributos, el corcovado podría ser un animal estratégico para quien tuviera visión militar e intenciones bélicas.
Desde muchos siglos atrás, todos los reinos de Ran-Dom comerciaban entre sí y considerando los distintos modos de pensar y de actuar de cada una de las regiones del planeta, la vida en Ran-Dom era bastante benévola….hasta ese verano.
– Rima, ven, voy a encomendarte la mayor misión de tu carrera. Con tu vida me respondes por cualquier error, dijo Rauel a su subordinado, quien se encontraba de pie sin romper la posición, viendo con mucha disciplina el cuadro negro que estaba al pie del trono y que siempre deberían ver cuando su soberano estuviera presente en ese lugar.
– Con mi vida… mi señor, no lo dudes, contestó Rima apretando los talones.
Rauel habló de sus siniestros planes y se aseguró de que sólo Rima los conociera. Le tomó del hombro y caminó con él por los pasillos del palacio, cuchicheándole al oído, en voz baja, como lo hace quien quiere ocultar sus intenciones.
Cada vez que Rauel decía a su hombre de confianza el alcance de sus planes, éste palidecía pues, como era natural, la maldad como se conocería tiempo después no existía en Ran-dom. Rima se retiró a su cuarto muy preocupado por lo que su señor le confió, ya que el destino de los namburis que se acercaban al reino estaba prácticamente sellado.
Mientras Rima no lograba conciliar el sueño, en la frontera del hoyo se arremolinaban cientos de namburis, comerciantes, políticos y pastores que se impacientaban por la larga espera. Pero como sucede con todos los comerciantes decididos, para el atardecer ya había cientos de tiendas tendidas, cerca de la frontera escabrosa del reino frío.
La primer parte del plan de Rauel se había gestado años atrás, en secreto, a espaldas de sus padres. El príncipe había ordenado que una enorme concentración de “claros” se escondiese a la vista de cualquier visitante. Todos ellos tenían la orden de permanecer siempre en estado de alerta. De cuando en cuando, los comandantes (nuevo estatus social en el Reino frío) sonaban las alarmas para hacer simulacros para mantener el orden y una nueva disciplina entre la población oculta.
De la manera más discreta, un enorme ejército fue creado sin que nadie supiera de sus verdaderas intenciones. Se manifestaba como un incipiente grupo militar que se preparaba en las entrañas de la tierra. En los confines de su reino una sombra amenazante se disponía al ataque más cruel que jamás alguno en Ran-Dom se hubiera imaginado, la sombra de Dios estaba en movimiento.
Los gritos del contingente eran ahogados por las profundas capas de tierra y minerales; el subsuelo ocultaba la presencia desconocida de ingélicos que se preparaban sin saber para qué. Mientras, en la superficie todo era un caos generalizado de tiendas, animales nerviosos e ingélicos que correteaban a lo largo de la frontera queriendo saber lo que ocurría, porque nadie había salido a recibirlos, como era la costumbre.
Las trompetas sonaron anunciando la llegada de personajes importantes para las negociaciones. Una comitiva enviada por el padre de Rauel estaba arribando al lugar donde se concentraban los namburis. La trampa urdida en la oscuridad por Rauel avanzando sin que los propios reyes lo supieran.
– Bienvenidos a la tierra donde podrán intercambiar sus mercancías por metales sagrados, dijo Casio, primer ministro de comercio. En todos los reinos y ciudades importantes de Hiprosed, los políticos eran los indicados para sentar las bases del intercambio comercial.
– Gracias, contestó un enorme namburi plantado frente al ministro de los “pálidos”.
– Deseamos conocer a su rey y, como ofrenda, le hemos traído algunos regalos, expresó Cui-Cui, hijo del rey de las planicies del sur.
– Gracias, contestó Casio con una grotesca reverencia que los ingenuos Namburis que no advirtieron ninguna mala intención, excitados como estaban ante la oportunidad de realizar negocios importantes.
– Al amanecer, todos iremos ante la presencia de mi señor Rauel. El príncipe en persona va a recibirlos en esta ocasión, anunció el ministro con un tono parecido al de las víboras cuando sisean.
Casio vertió parte del veneno que traía consigo. Él, como casi todos los “claros”, sentía una enorme envidia por el progreso y la forma de vida de los demás habitantes del planeta y ahí, ante la presencia confiada de los Namburis, alimentó un poco más al demonio de la avaricia y la envidia.
El hipócrita ministro, al igual que sus coterráneos, estaba situándose sin percatarse en el filo de la espada de Dios, el mismo que algún día le haría pagar las consecuencias. Mientras tanto, disfrutaba de antemano la trampa que su príncipe tenía preparada para los ingélicos de las planicies. Todos los negociadores quedaron de acuerdo en que al día siguiente se dieran por abiertas las fronteras.



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