ENTREGA 5
Entrega 5
EL PRÍNCIPE… LA ENVIDIA
Desde que era un niño, Rauel manifestó rebeldía e intolerancia hacia la autoridad paterna y le molestaba que lo distrajeran con cualquier “pretexto” que lo apartara de lo que realmente deseaba hacer. Darse placer era para él lo más importante y se llenaba de rabia cuando alguien llamaba su atención en otro sentido.
Con frecuencia, su padre le instaba a procurar frutas para alimentar a Titi, la mascota favorita de Rauel, a sabiendas de que el pequeño roedor no disponía de comida desde tres días atrás. Ante la insistencia paterna para que el niño cumpliera con su responsabilidad hacia el hambriento animal, Rauel arqueaba las cejas en un gesto de rabia hacia lo que consideraba una impertinencia de su padre, quien no advertía que el muchacho se ocupaba de cosas más importantes que dar de comer a un insignificante bicho Acto seguido, se dirigía furioso hacia la cocina para procurar desperdicios putrefactos para su mascota.
A medida que fue creciendo, la reprobable actitud del príncipe fue refinando hasta convertirlo en un real problema para sus preocupados padres que veían con tristeza la actitud rebelde y arrogante de su hijo. Por el castillo desfilaron más de siete maestros que renunciaban en cuanto comenzaban a conocer los alcances malignos del heredero cuyos padres, al cabo de algunos años más, asumieron con tristeza que nada podrían hacer en lo sucesivo para volver al joven al buen camino. Fue así que, derrotados en su intento por educarlo, resolvieron dejar su destino en manos de los dioses. Rauel nunca quiso ser como los demás y, con cada día que pasaba, su rabia interna crecía más y más.
Cuando el príncipe tomó las riendas de su reinado, como correspondía a las reglas de sucesión, su tierra conoció la tiranía. Ante él se postraban los súbditos, como Eclect, para llevarle noticias del exterior que le enfurecían aún más. Obligados a llamarle “mi señor”, so pena de perder sus garantías y hasta la vida, los súbditos del reino frío temían la cólera de su soberano y mentían para su propio beneficio. Las nuevas sobre la prosperidad de los namburi, habitantes de la superficie, provocaban en el monarca ataques de ira que le postraban en su lecho, en el que permanecía por muchas horas rumiando sus frustraciones.
La Tierra sin Sol, ya era una tierra sin libertades. El fango sobre el que se comenzó a gestar una pugna que duraría hasta el fin de los tiempos, fue la tétrica tierra donde se libraría la Guerra del Amor cuyas consecuencias, paradójicamente, resultarían inimaginables para unos y otros.
* * * * *
Los namburis habían evolucionado en terrenos planos que favorecieron la ganadería y la agricultura, pero a la hora de buscar ciertos minerales y otros tipos de especies y alimentos, eran superados por os pobladores de Ran-Dom que tenían más movilidad. Más altos y esbeltos que los Ingélicos de la costa o del Hoyo, los namburis viajaban constantemente. En ese primitivo mundo, fueron los creadores de las caravanas comerciales.
Un namburi nunca perdía el rumbo ni equivocaba su destino. La estrella del Hose-sol mayor le guiaba sin yerro. Trinno, un ingélico sabio de la tribu Nkenke, era uno de ellos y fue seleccionado para transmitir las enseñanzas de la tribu a los niños, entre ellos, a Tosizs, su propio hijo, quien algún día se convertiría en guía de caravanas.
Trinno era el depositario de la confianza de su rey y, cada vez que una caravana salía, al menos 30 niños especiales quedaban a su cuidado. Una de sus grandes responsabilidades, era regresar sano s y salvos a todos los pequeños, tras sortear a las aves gigantes que cruzaban los cielos e inquietaban a todos los nómadas de las planicies. ¿Qué significaban esas enormes aves? ¿Por qué habían crecido a tan descomunal tamaño?
El pequeño Tosizs confiaba en intercambiar con los ingélicos del Hoyo un poco del metal sagrado de los dioses. Había prometido a su madre que, a su regreso, construiría un altar más grande para agradar a ella y al dios Jahja. Trinno, sensible y gustoso por ayudar a sus pequeños pupilos, acariciaba la cabeza de su hijo para transmitirle la confianza de que así sucedería, apenas pasados los días que faltaban para llegar al reino frío.
Como era su costumbre, Trinno se ubicaba al frente de la caravana, montado en un galindro de seis patas muy ágiles, seguido por una manada de pesados corcobados que en sus bolsas cargaban a los niños. Algunos aparentaban estar dormidos y quienes se atrevían a sacar sus cabezas fuera de las bolsas recibían en su rostro un baño con la fina arena del desierto. Era una escena común ver al sabio ingélico acariciando con ternura la cabeza de los chiquillos que dormitaban arrullados por la cadencia parsimoniosa del paso de los corcobados.
Desde que Trinno era niño, su padre le enseñó los secretos de las estrellas y, aún después de muchos años, le gustaba verlas mientras caminaba al lado de la caravana. La luz de la Luna permitía observar las pocas lomas del desierto recortadas contra el techo estrellado. Trinno caminaba satisfecho de su caravana. Pensaba en todos los intercambios comerciales posibles con los habitantes del Hoyo, pero pronto se sorprendería al encontrarse con la nueva forma de pensar y sentir de los habitantes de Ran-Dom.
En esas épocas, el miedo de los ingélicos comunes era simple. Aún no conocían el terror que encoge el alma. Hasta que los demonios de Rauel despertaran, los ingélicos de Ran-Dom no conocerían el verdadero significado del horror.
* * * * *
– ¿Quiere que hagamos algo en especial…mi señor?, preguntó temeroso Eclect
– Púdrete. No quiero dar instrucciones hasta estar seguro de lo que haré. Sobre todo, no quiero que vuelvas a importunarme, ¿entendiste, imbécil?, le respondió Rauel
– Sí, mi señor. Disculpe si lo ofendí. Asustado, Eclect bajó la vista e intentó retirarse, pero no lo consiguió. El rudo golpe que Rauel le propinó con un jarrón le impidió salir del salón por su propio pie.
Al golpeteo en una campana de piedra, la servidumbre del castillo entró para retirar al servil ingélico inconsciente.
– No quiero que nadie me moleste. Ni siquiera mi madre, ¿entendieron?
Rauel se encontraba sumido en un nuevo ataque de envidia. Percibía el nuevo sentimiento, pero no entendía su origen; mucho menos sabía cómo combatirlo. El demonio de la envidia lo consumía, minando toda su capacidad de comprensión y de empatía.
– Me dicen que esta caravana en especial, está cargada de nuevas y costosas mercaderías. Hay tantas cosas que quisiera tener…
Rauel se recostaba sobre el sofá inclinado que tanto le gustaba. Tronaba los dedos de sus manos con desesperación y sus alas de la espalda le estorbaban, al punto de querer cortarlas. De pronto le parecían un lastre, más que una parte bella de su cuerpo. Comenzó, entonces, a pensar cómo apoderarse por la fuerza de lo que no le pertenecía.
Mientras el príncipe tramaba la manera de someter a los namburi, en el huevo de la creación se estaban gestando las almas de dos personajes clave; dos seres unidos e independientes que marcarían su destino y el del propio universo. Compañeros cuando fueron creados, enemigos durante la experiencia de vida física y amigos cuando la guerra concluyera. ¿Cuándo? Nadie lo sabía.



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