ENTREGA 4
ENTREGA 6
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– Mantís, ya es tiempo de que la nave complete su tripulación. ¿Crees que Dios tardará mucho tiempo en crear el alma que falta?, dijo un ingélico ansioso por comenzar su aventura de vida.
– No lo sé, Ássael. Tú eres el único que manifiesta ansiedad. ¿Qué no te explicaron que los demonios que tenemos dentro aún no se deben manifestar? ¿Qué es lo que pasa contigo, amigo? Estás despertando al demonio de la desesperación. Permítele que vuelva a dormir porque, si no, cuando lleguemos a nuestro destino, ese ente habrá crecido más que tú, contestó Mantís.
– Sí; todo eso me explicaron, pero no entiendo cómo puedo contener esta ansiedad. Tengo la sensación de que una de las almas que nos acompañará es muy especial. Me causa cierta desazón ese espíritu nuevo y me gustaría que alguien me explicara por qué me inquieta tanto. Sé que es un regalo que Dios le está haciendo al universo para que se complete un designio a su manera, de un modo misterioso.
Ássael se notaba nervioso, pero ¿cómo puede un alma experimentar tensión, si sólo es un cuerpo etéreo y energético? Si bien, en esa barca mágica, las almas se proyectaban como serían cuando se convirtieran en cuerpos físicos o entidades encarnadas, los sentimientos que se reproducen en la mente sólo se pueden experimentar cuando la vida biológica lo permite. Sentirse alterado antes de nacer parecería un desatino. Por eso era interesante el sentimiento de un alma nonata, porque estaba ejercitando la experiencia de la comunicación entre mente, representante del mundo Creador, y el espíritu, representante del mundo eterno e indestructible.
– Tranquilízate y deja que las cosas tomen su curso. Concéntrate en los amarres de las velas menores.
– Sí; eso haré, pero… ¿crees que tarde mucho?, insistía Ássael. La estancia en la barca les permitía interactuar, casi como lo harían en el planeta en donde comenzarían su primer ciclo de vida.
Sin decir nada, Mantís le lanzó un trozo de madera, conminándolo a regresar a sus tareas. A Mantís le parecía pueril la actitud de su compañero de viaje. Esa barca que sólo esperaba un alma más era muy hermosa. Se trataba de un galeón con tres velas grandes, clavadas al centro de la embarcación, y un par de velas pequeñas, amarradas en cada uno de los extremos de la barca, con una función meramente decorativa. El galeón, en forma de pez, estaba formado por tres cubiertas dotadas con ocho camarotes, cada una y, en el interior de cada habitáculo viajaban tres almas nuevas en busca de su destino.
El rojo-naranja de la embarcación contrastaba con el negro del espacio exterior. La imagen de la embarcación anclada a una de las serpentinas guías, que se encontraban conectadas directamente al huevo de la creación y que se perdían en la vastedad del infinito; era en verdad majestuosa. Sobre la proa, destacaba la escultura de Irenia, una sirena alada que sería la encargada de dar la última instrucción a los seres que bajarían en cada uno de los diferentes mundos.
– Irenia, ¿tú sabes…. bueno, lo que en realidad quiero?, ¿seremos amigos él y yo?, insistía Ássael.
– Basta, Ássael, contestó la sirena con energía. Tienes mucho trabajo con las velas. Termínalo y luego hablaremos.
Mientras las dudas de Ássael se escuchaban con frecuencia en la barca naranja, en otra nave de color verde oscuro se esperaba también el nacimiento de la última alma que transportarían.
– Sólo falta el último pasajero para partir, dijo un darsni, con aire de satisfacción.
– Sí. Sólo espero que el alma que falta sea de mi raza, comentó uno de los primeros humanos creados.
– Que todo sea para bien, terció Karina, encogiéndose y haciendo la señal indicadora de que Dios está de por medio. Algo en su interior le decía que el pasajero que faltaba era más importante que él. Aunque no sabía si para bien, o para mal.
El espectáculo formado por millones de serpentinas guías que salían de la esfera central no era algo usual en el espacio exterior. No obstante, en distintas dimensiones y universos se podían encontrar estos fantásticos listones de colores y texturas fascinantes. En cada una de las serpentinas estaba anclada una embarcación en donde las almas de reciente creación viajarían por la vastedad del cosmos, para ingresar en los diversos universos paralelos que les correspondieran. Una vez que la barca hubiera sido completada con su valiosa carga de almas, saldría del huevo de la creación para recorrer el universo montado en la serpentina. Sólo se detendría para permitir el descenso del pasajero que haya elegido un mundo para habitar e iniciar su camino evolutivo.
En esta barca no habría paradas de exploración o de última hora. Las almas siempre saben a dónde dirigirse.
En el huevo de la creación existe una esfera de energía dorada, de donde brotan las almas de los recién creados. En esta etapa primitiva se espera a dos almas que se convertirán en personajes de leyenda: los representantes de los Opuestos. El Creador dispuso el nacimiento de dos almas con destinos muy especiales que, aunque poseen una esencia idéntica en el espíritu, el destino con el que llegan marcados les otorga diferencias. No obstante sean de la misma raza y se dirijan al mismo planeta, las diferencias de su futuro son notables. La disimilitud de sus respectivos internos imprimirá una huella imborrable en sus almas, que perdurará hasta el fin de los tiempos.
No importa qué resolución biológica traigan contenida en sus cuerpos físicos; el espíritu es igual en todos y el alma se definirá por la forma de resolver sus respectivos problemas.
Este primer viaje se caracterizará porque la barca llegará primero a Ran-Dom para descargar varias almas, entre ellas, las de los primeros Opuestos. Ran-Dom será el primer mundo en el que vivirán pero, desgraciadamente, para muchos pobladores del incipiente universo es sólo el devastador inicio de una guerra que comenzará en Ran-Dom y se extenderá hasta los confines de la creación.
Ahí, justamente en ese planeta, la primera gran guerra nacerá y seguirá casi de manera infinita en el tiempo, en la evolución y en todas las dimensiones, llevando consigo la estela de la primera gran barrera de la creación: la separación.
La guerra que están iniciando sus futuros padres, le dejará a cada uno una herencia sin paralelo. La gran responsabilidad que llevarán a cuestas consiste en recuperar la paz, en el caso de uno, y extender la guerra, en el caso del otro. La división original es el resultado de la gran guerra. Para uno, el trabajo eterno es levantar al caído, una y otra vez; para el otro, es terminar el trabajo de esclavitud iniciado como herencia de su propio reinado. A partir de ese evento, la vida en el universo cambiará para posicionar a toda la existencia en dos grupos: los Involutivos y los Evolutivos.
Unos desean la paz, la armonía y la evolución espiritual y los otros, buscarán frenar el andar por el sendero de la evolución, condenando a priori a millones de seres a la esclavitud y sufrimiento.



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