ENTREGA 31
Entrega 31
Rima notificó a su amo que los grupos de reptiles estaban en camino. Tras la notificación, Rauel reclamó la máxima atención de su lacayo, para que acatara sus instrucciones sin fallar
– Los dos mensajeros que se dirigen a las Cañadas, comenzó diciendo Rauel, han evolucionado mucho en los últimos días. Los tropiezos a que se expusieron y la forma en que los resolvieron, provocaron que llegaran a desarrollar fuerza, astucia y sensibilidad que no nos conviene que tengan. Esos atributos en seres tan tontos, son un verdadero peligro y quiero asegurarme de que no causarán ningún problema. En Las Cañadas hay algo que no he podido percibir con claridad; mi mente me dice que ahí tengo un enemigo peligroso que no se ha manifestado.
Rima, preocupado por la salud de su amo y por los titubeos que de cuando en cuando mostraba, preguntó si el envío de siete reptiles a ese lugar bastaría para aniquilar a los mensajeros. Sin ánimo de discutirlo y haciendo señas para que le dejaran solo, Rauel se limitó a responder:
– Tú sabrás. Es tu responsabilidad y sabes que tu vida está de por medio.
Por primera vez, en mucho tiempo, el príncipe tenía miedo. A pesar del poderío mental que estaba desarrollando a grandes pasos, había lagunas que le preocupaban. Se cerró en sí mismo y bajó a su salón secreto, para visitar a sus moradores internos que le dieron la bienvenida y advirtieron la preocupación en su rostro.
Una vez ahí, solicitó que todos se reunieran de inmediato para que alguno le explicara la incertidumbre que había venido experimentando en los últimos días, y la intuición de que por el sur le llegarían problemas cuya naturaleza ni siquiera atinaba a clarificar.
–Si no conozco con certeza los peligros que se ocultan al sur de Hiprosed, ¿cómo voy a combatirlos? Eso quiere decir que pueden estar ocultos muchos más. Si soy tan poderoso, si soy dios, ¿por qué no puedo verlos?, lloró Rauel, desesperado. Se sentía incomprendido, solo, desamparado y herido. Los demonios, al ver el patético cuadro del todopoderoso gimiendo como un niño, se compadecieron de él y trataron de brindarle su apoyo. Como primer paso, se abalanzaron sobre el demonio de la desesperación, al que golpearon hasta que prometió no volver a insubordinarse.
– ¡Basta de peleas!, retomó Rauel el control. ¡Exijo saber la verdad!
El demonio de la mentira se atrevió a responder: “¿La verdad, aquí, mi príncipe? Eso no va a ser posible. Entre nosotros no la vas a encontrar”.
– ¡Dime la verdad o te estrangulo con mis propias manos!, descargó el amo su furia en el cuello del diablillo. ¿Quién tiene la respuesta?
En cuanto el mentiroso fue liberado, habló como pudo:
– Trataré de hablar con la verdad, mi señor, aunque no me guste ni sepa hacerlo. ¿Recuerdas a tu otro yo?
– ¿Al encarcelado? Ése era un estorbo, no significa nada para mí. ¿Qué tiene qué ver con mi problema?
– Todo y nada. No es importante pero, sin él, podrías naufragar. En pocas palabras, necesitas más conocimientos, mi señor. El demonio de las mentiras se agachó, esperando un golpe de su furibundo amo.
– ¡Déjate de tonterías y acertijos, que no estoy de humor!, le respondió el príncipe, cuando el demonio del desconocimiento intervino.
– Lo que dice este estúpido, desgraciadamente, es verdad, mi señor.
La aclaración del último diablo hizo que la ira de Rauel se desbordara, justo en el lugar menos indicado. Hasta ese momento, no se había percatado de que esos demonios que tenían su rostro y vivían en su interior eran la fuerza que lo sostenía. Rebelarse contra de ellos, podría acarrearle consecuencias funestas. Nadie puede pelear a muerte consigo mismo, sin sufrir consecuencias de consideración.
Los demonios le advirtieron que estaba a punto de recibir una nueva lección, una de las últimas y más trascendentes para completar su tarea y preparar al que vendría, que sería el más importante. Por primera vez, Rauel calló. No escuchó las palabras zalameras con que los demonios se dirigían habitualmente a él, ni reconoció una voz sumisa. Estaba siendo reconvenido por su propio interior y no podía ni debía rebelarse, aunque no supiera qué actitud tomar.
Las noticias recurrentes acerca del que vendría y podría ser más poderoso que él lo desconcertaban. Su propia arrogancia le había cubierto los ojos para que no viera la verdad. Uno de los demonios mayores, con voz autoritaria que no admitía réplica, ordenó a Rauel que lo siguiera hasta el salón de reuniones estratégicas que se encontraba dentro de su cabeza. Se dirigieron al cuello para bajar las escaleras de caracol y enfrentar de nuevo la peligrosa ruta que lleva al corazón.
El príncipe titubeó. La última vez que estuvo en ese lugar, lo sucedido ahí le avergonzó íntimamente, sin que sus músculos lo delataran ni sus demonios lo advirtieran. Definitivamente, Rauel tenía mucho miedo de regresar ahí; era algo que no tenía contemplado y asumió que su mayor miedo era enfrentar su propia luminosidad. Ahí, en ese lugar, estaba esa luz que nunca se extinguía. No quería abrir otra vez esa puerta por la que el Cautivo podría escapar. No en vano había invertido tanto tiempo y esfuerzo en cerrar los accesos de su conciencia y la de su raza. Todo afuera estaba como lo había deseado y no quería arriesgarse a que su magna obra se fuera al fondo del hoyo.
Pero Rauel no quería, ni sabía cómo impedirlo. Los demonios, que se podían contar por miles, en esos momentos parecían estar contra él.
– Conoces el camino y sabes lo que tienes qué hacer, le dijo el importante demonio. Ese camino y el trabajo por hacer son personales, te pertenecen. Nosotros hasta aquí llegamos. No hay ninguna salida, bien lo sabes. Así es que no intentes escapar, porque te puedes arrepentir para siempre. El que viene te necesita, pero requiere que estés entero y decidido. La mediocridad no conviene a su padre, ni a su linaje. Tu hijo está por llegar y debes saber cómo comportarte para recibirlo. Tu importancia estriba en que sólo eres quien debe preparar su advenimiento. Es lo único que te mantiene vivo. Investiga por ti mismo lo que tienes qué hacer. Elegiste ese camino y debes afrontar las consecuencias de tu propia caída.
El demonio que le habló, también le empujó para que iniciara el recorrido que lo llevaría de nuevo a un encuentro con su propia conciencia. Al principio, comenzó a caminar con pasos lentos y temerosos, pero algo dentro en las palabras del demonio lo instigó para seguir con mayor aplomo. Caminó a tientas, pues esa parte era, paradójicamente, la más oscura de todo su cuerpo.
Cuando, después de muchas vueltas y caídas, avistó la puerta de ese lugar, pensó que le habría gustado llegar acompañado de sus demonios que le imbuían fuerza y valor, en el crítico momento de la confrontación interior.
Dándose a sí mismo valor, arguyendo tener más poder y fortaleza que “ése”, Rauel abrió la puerta que le permitió ver de nuevo su luminoso interior.
– Te esperaba, le dijo con suavidad y sin recelo el Cautivo
– ¿Me esperabas?, ¿por qué?, preguntó Rauel, intrigado.
– Porque no basta con que seas malvado para terminar tu trabajo, como tampoco es suficiente ser bondadoso para lograr la salvación. En los extremos se necesita algo más que voluntad; se requiere una buena dosis de conocimientos y de sensibilidad. Ya elegiste tu camino pero, aún así, no estás completo. Sientes cómo sigues siendo parte de la creación y todavía no entiendes el porqué de tu destino. No te preocupes, para eso estás aquí. La vida y la muerte, el bien y el mal, la luz y las sombras son caras de una misma moneda ¿Notas algo familiar entre nosotros dos? Tú y tus demonios forman uno de los lados. Tu conciencia y tu corazón formamos la otra cara. Somos dos seres diferentes, dos entidades idénticas y capaces de cohabitar un mismo cuerpo. Curioso, ¿no te parece?
El Cautivo habló sin resentimiento. Rauel escuchaba, estupefacto, hasta que se atrevió a responder:
– No sé qué hago aquí, pero mis dem…, perdón, mis empleados me dijeron que tenía qué hablar contigo. No conozco la razón, ni sé si me interesa averiguarla, dijo resuelto y atacó a quien no mostraba resentimiento: “Ya viene tu hijo, el heredero de tu maldad. Si ahora claudicas, el universo tendrá que buscar un nuevo depositario, pero no se va a detener el avance de la sombra de Dios”.
– Los misterios del Creador, al generar los opuestos, no son designios que puedan entenderse con la mente, sino con la intervención del corazón para clarificar sus decisiones, intervino el Cautivo. Ésa es la razón por la que estás aquí. No puedes ver tu opuesto porque estás instalado en el otro extremo del arco iris. Es una paradoja que tu visión padezca ceguera para verme. Siempre es más fácil ver en otros los errores y fallas, antes que apreciarlas en sí mismo. Y el mayor atributo creado por Dios te está haciendo una mala jugada, ¿o me equivoco?
Ahora, resulta que no puedes ver dentro de todas las mentes de los pobladores de Ran-Dom y eso te atemoriza, porque ya te has acostumbrado a invadir su intimidad. Cuando descubriste que existen ingélicos que no puedes controlar, ni ver en su interior, vienes en busca de explicaciones justamente aquí, donde encerraste a tu opuesto, a tu propia conciencia. Curioso ¿no?
La voz del Cautivo siguió comunicándose con Rauel quien, muy a su pesar, llegó a pensar que razón no le faltaba.
– No porque me hayas encerrado aquí, te odio o te guardo rencor. Te voy a ayudar dándote la respuesta. Ése es mi trabajo y no voy a perder la oportunidad de hacerlo cuando se presenta la ocasión. No puedes asomarte al interior de todos los ingélicos por la sencilla razón de que existe el libre albedrío, que es tu verdadero enemigo. Nadie puede ingresar dentro de otro, si éste tiene conciencia de su grandeza y no lo permite. Ni tú, ni el poder que pudiera acumular tu hijo podrán cambiar eso. Pronto aprenderás que, por el libre albedrío, cada cuál decidirá si es hijo de Dios o de su sombra; elegirá el bando al que deseé alinearse. Las acciones que has emprendido aquí, sólo podrás hacerlas en este planeta porque, cuando la vida de tus enemigos termine aquí, tu hijo comenzará a viajar por diferentes mundos y dimensiones, buscando como un depredador cósmico las almas de los que aquí murieron y escaparon.
Porque debes saber que ellos serán los verdaderos depositarios de la fuerza de Dios. Ellos serán los reales libertadores de la esclavitud que desde ahora impones. Su muerte en Ran-Dom, les garantizará una vida que se va a diseminar por todo el universo; una vida nacida, una y otra vez, para desgracia tuya. Vencerlos de manera definitiva no estará en tus manos. La lucha en contra de ellos será de pronóstico reservado, porque no obstante irás ganando adeptos, ellos no aumentarán su número en la misma proporción, porque privilegiarán la claridad de sentimientos por encima de la cantidad. Conseguirán una fuerza que temerás más que a mí.
Tus víctimas de este planeta ganarán la fuerza divina y cimentarán sus conocimientos a través de nacer y renacer muchas veces. Esa fuerza es la más grande y verdadera de todas, aunque tú no lo creas. La experiencia, entendida como el resultado de vivir, te derrumbará muchas veces. Esa sangre que vas a verter en los próximos días con tanta facilidad, se transformará en la fuerza opositora más grande de tus deseos y poder. Si tu linaje será el que contenga la maldad más grande que jamás exista en todos los universos, deberás tomar esa decisión ahora. Si no, todo lo que has hecho puede convertirse en un caldo de autodestrucción, incluyendo al planeta y a ti mismo. La maldad en si, deberá tener una puerta abierta, una salida a su propia “grandeza; si no, los designios del Creador no se cumplirían y la evolución puede atascarse inútilmente.
No soy tu consejero; soy un espejo para ti. Busca hacer, lo que tienes que hacer; ni más, ni menos. El que viene a través de tu linaje mostrará la verdadera maldad, la real oscuridad. La verdadera guerra no está en Ran-Dom, sino que la provocarás tú mismo, por tus ansias de poder. La sangre de tus hermanos, derramada por tu propia ambición, será el detonante de la gran contienda eterna. El que viene va a desarrollar la guerra en todos los universos, en miles de dimensiones, incluso, en esferas muy cercanas a Dios. Él nunca llegará a este lugar, en donde tú y yo estamos platicando. Él ya trae cerrados estos canales de comunicación para siempre. Él, simplemente, no tiene conciencia.
Las revelaciones de la parte interna de Rauel fueron las pistas que necesitaba saber.
La mente del príncipe había sido aclarada por el mismo ser que mantenía cautivo dentro de su corazón, él mismo. Cuando la comprensión le llegó, de una forma por demás entendible, ingresó en los espacios en donde se generan las crisis emocionales. Él estaba en comunicación con su conciencia y nadie que entre en contacto con ella, puede sustraerse a los efectos de su propio trabajo. Ésa era la razón por la que sus demonios se negaban a ir a ese lugar. Evidentemente, era un sitio sumamente peligroso, y más para esa horda de demonios sedienta de sangre.
Como pudo, Rauel hizo gala de fuerzas descomunales y rompió el contacto con su conciencia. Aún con enorme dificultad, cerró la puerta de su corazón. Agotado en extremo, se retiró un poco para descansar y cayó sobre unos pequeños montículos que se encontraban diseminados en su tórax, sobre los que se quedó profundamente dormido.
– Mi señor, despierte. Lo necesitamos con urgencia, susurró el demonio de la incertidumbre.
Rauel protestó con energía por el atrevimiento de quien osaba interrumpir su reposo. En todo momento había estado escuchando sus gritos. El contacto con su conciencia le generó una carga energética que casi lo pone fuera de circulación. Todavía tardó un buen rato en recomponerse y, cuando estuvo listo, corrió hasta su corazón para dar un puntapié a la puerta que permaneció cerrada y en silencio.
– Eso es para que aprendas a no meterte conmigo, gritó para admiración de sus demonios que, con regocijo, tomaban nota del trato valiente que su amo daba al Cautivo.
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Jul 21st, 2010 at 2:14 pm
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