ENTREGA 30
Entrega 30
EL VALOR
El mensajero del rey Salamandra llegó al palacio de Zodiak y fue recibido de inmediato. El soberano sabía de la urgencia de la misiva que portaba y obvió todas las formalidades del caso para enterarse cuanto antes de su urgente contenido.
Josul entregó el mensaje de su rey y se apartó con una caravana, en señal de respeto.
Zodiak leyó el pliego y, a medida que sus ojos recorrían el texto, su rostro se iba descomponiendo. Al final de la lectura, plegó el documento con desesperación y un dejo de impotencia.
– Rauel, príncipe del reino frío, ha tomado posesión ilegal del trono, exclamó sin preámbulos. Su rostro proyectaba la gravedad del evento que desbordaría la violencia entre los habitantes del hoyo y que alcanzaría desde ahí a todas las comarcas de Ran-Dom, sin respetar edades, sexo, condición social ni identidad territorial.
Josué no entendía cabalmente las palabras de Zodiak. Su espíritu puro ni siquiera asimilaba el término “maldad”, pero intuía que era algo, ciertamente, muy grave.
– Precisamente, porque nadie conoce la maldad, no anticipan ni sospechan los motivos de Rauel y su infame estrategia. Ran-Dom es tierra virgen y el príncipe está sembrando en sus tierras la maldad, sentenció el rey que daba vueltas por la sala, desesperado.
Dirigiéndose a uno de sus ministros, pidió que se emprendiera la urgente tarea de advertir a todos los reinos de las intenciones de Rauel, y que esta prevención les llegara antes de que el malvado se hiciera más poderoso. El tiempo obraba en su contra y el reino de Zodiak no disponía de mensajeros veloces que consiguieran difundir la noticia en el lapso que ameritaba.
Ante esta realidad, el ministro mostraba un escepticismo que el rey interpretó como un intento de asumir la derrota, antes de emprender la batalla.
Tomó entonces a Josul, para ponerlo de ejemplo: “Aquí está la muestra de que sí se puede. Este joven, por poco pierde la vida. Miren su rostro, ajado y herido; su brazo, seco y marchito, pero en sus ojos asoma su espíritu que no se quiebra, ni se amilana como ustedes lo están haciendo. Esa fuerza que lo trajo hasta aquí, es la misma que ustedes tienen, pero desconocen y no se atreven a ir por ella. No vuelvan a decirme que no se puede, y menos cuando es su vida y la de sus hijos las que están en peligro, respondió con firmeza el rey cuyo rostro se veía enrojecido por la furia que le desataba la actitud temerosa de sus propios súbditos.
El avergonzado ministro tomó de nuevo la palabra para pedir perdón por su exhibición de cobardía y se puso a disposición del rey, para acatar su voluntad. La voz que representaría la defensa, estaba manifestándose por primera vez en Ran-Dom, por medio de uno de los ingélicos más valientes. Ante esa demostración de coraje y valentía, el rey sintió un poco de alivio. Si tan sólo el valor de Josul se contagiara, las posibilidades reales de salvación estarían aseguradas,
– Josul, dijo el rey, si no te opones, te pido con humildad que desde este momento seas el jefe de mis mensajeros. Que seas tú quien les enseñe las rutas menos difíciles y les digas cómo hacer menos aciaga su travesía. Deseo que seas tú el responsable de la vida futura de nuestros pueblos. Los mensajes son información vital, ¿entiendes?
Las palabras del rey sonaron como una pesada losa, pero Josul no se arredró ni mostró temor frente a la dura encomienda. Con respeto, se arrodilló frente al soberano, indicando con ello la aceptación de una empresa difícil, pero importante. No era su rey, pero la situación imponía ir más allá de las fronteras y protocolos de los pueblos de Ran-Dom.
Había llegado un momento temible en la historia del planeta. La maldad estaba por desbordar las entrañas del reino frío, amenazando a todos los pobladores de Ran-Dom. Poderosos y débiles, ambiciosos y medrosos, envidiosos y rencorosos estaban por incursionar en la vida del planeta. Ran-Dom se estaba polarizando en sus opuestos; las virtudes que mantenían al mundo en paz estaban por trastocarse y con ello, la probable extinción de la raza ingélica estaba tocando la puerta o, al menos, la forma de vida como se conocía hasta esos momentos.
La era de Rauel, la era del Cazador de mentes había comenzado a sentar su hegemonía, para desgracia del planeta, de la vida y de un orden que se había mantenido en equilibrio desde el principio de los tiempos.
– Mi padre me contaba de unos sabios que viven en Las Cañadas; son dos mellizos con poderes sobrenaturales y quizá sea el momento de acudir a ellos y pedir su consejo, dijo el rey, dubitativo.
Josul solicitó su venia para asearse, descansar unas horas y, echando mano de su experiencia, actitud y confianza, disponerse para desempeñar su nuevo cargo como jefe de informantes. Así, nació para los ingélicos una nueva especialidad llamada espionaje.
Durante los tres días que tardaron en completar la nueva expedición, Josul aprovechó para descansar. Cuatro grupos de mensajeros resueltos a cumplir con su misión dormían en los galpones destinados a los galindros. Se distribuyeron monturas, suministros adecuados para la región que visitarían, armas de cacería que servirían para la defensa personal, así como las claras instrucciones de no pasar cerca del hoyo, para evitar el encuentro con los ingélicos pálidos que, a decir de un mensajero, ahora eran rojos, como la sangre.
Por último, Josul y Sinué recibieron indicaciones especiales y hablaron durante un buen rato con un alto dignatario de Zodiak para diseñar la mejor estrategia. Las encomiendas de la pareja por un lado, y de Casel y Tondra, por otro, implicaban un riesgo mucho mayor.
Pasar cerca del hoyo era poco menos que intentar un suicidio porque, de acuerdo a las noticias del reino frío, todo aquel que pasaba cerca del reino de Rauel era secuestrado por una horda de ingélicos enloquecidos por la sangre. La geografía de las Cañadas, por su parte, ofrecía de por sí un panorama desalentador. Muchos que se habían aventurado en sus abismos no habían regresado para contarlo.
Cuatro grupos de mensajeros partieron veloces, en busca de respuestas de los otros reinos, para evaluar en conjunto los riesgos y preparar la defensa. Era de suma importancia saber la postura de otros soberanos, en cuanto al problema que todo el planeta tenía.
Cuatro nubes de polvo se alzaron en las lomas de las tierras costeras. Todos llevaban rumbos diferentes y estaban, sin saberlo, siendo vigilados por la mente de Rauel, que día a día, aumentaba sus poderes.
Desde que los grupos partieron, y hasta que estuvieran de vuelta, el rey Zodiak permanecería en oración. Sabía que sus enviados corrían peligro, aunque desconocía la magnitud del mismo.
* * * * *
– Quiero que formes cuatro grupos de Reptiles, entre los que hayan mostrado en sus entrenamientos ser más despiadados y fuertes, giró Rauel instrucciones a Rima. Alimenta sus corazones con ansias asesinas y envíalos a interceptar a los cuatro equipos de mensajeros que Zodiak ha enviado. Por cierto, te felicito, no hubiera podido escoger mejor nombre para mí ejército. Los Reptiles se ven, parecen y actúan como tales, ¡perfecto! Las palabras de Rauel alentaron a Rima, sin saber que él mismo tampoco escaparía del control mental de su amo.
Con cara de satisfacción, el súbdito salió a cumplir las órdenes de su jefe supremo y buscó a Domir, para encargarle una tarea.
– Eres el mejor de mis subcomandantes y quiero pedirte algo especial, dijo Rima a su amigo que también había sido seducido por la fuerza oscura, ya que la energía de Rauel coqueteaba por todos los ámbitos.
– A tus órdenes, mi general.
El cargo que pronunció Domir fue para Rima, como música a sus oídos. Había caído presa de la vanidad y sonrió complacido. Todos los moradores del hoyo habían comenzado a desempeñar, sin darse cuenta, el nuevo juego de la adulación y la mentira.
– Quiero a cuatro grupos de Reptiles. Mi señor Rauel ha descubierto un complot en su contra.
– ¿Quiénes son?, preguntó Domir con actitud zalamera. ¡Hay qué eliminarlos de inmediato! ¡Aquí no vamos a tolerar traiciones, ni mentiras!.
– Son unos tontos mensajeros que salieron de los dominios de Zodiak y están ilusionados con la idea de reunirse para formar un ejército común. Entre todos, quieren organizar una defensa, ¿Lo puedes creer? Rima rió y se regodeó por anticipado por el fracaso de quienes antes fueron sus amigos.
– ¡Pobres tontos!, exclamó Domir. Son unos ingenuos que no saben que mi señor Rauel es todopoderoso.
– Así es, amigo. Pero lo más importante, por el momento, es darles un escarmiento..
– Ya entiendo, exclamó Domir guiñando un ojo a Rima. “Quieres Reptiles especiales y monturas superiores. Quieres una maquina mortífera, ¿verdad?” El armero entendía perfectamente el nuevo arte de guerra que estaba desarrollando para su príncipe.
– Lo has entendido muy bien. Tienes dos días para prepararlos. Haz un buen trabajo; ya sabes que los ojos de nuestro señor están sobre nosotros, acotó Rima a un ingélico que, sin proponérselo, tragó saliva, nervioso. La sola mención del amo ponía a ambos con los nervios de punta, ya que nunca sabían cuándo Rauel estaba entre ellos, violando su intimidad, para conocer sus secretos más íntimos.
Domir pidió tres días para cumplir con el encargo pero, señalando con sus dedos, Rima le concedió sólo dos y salió de prisa, en busca del grupo alterno que vigilaría los movimientos del equipo del armero.
Al cabo de los dos días acordados, Domir guió a su comandante hacia el interior del taller, en donde le haría una demostración que, aseguró, sería de su completo agrado. El armero había instalado una arena al fondo del taller y ambos tomaron asiento en las gradas, frente al espacio en el que dos ingélicos, armados hasta los dientes, se pusieron frente a frente, en actitud desafiante. Sus alas fueron cortadas por debajo de la mitad, para garantizarles mejor movilidad. La agilidad también podía ser un arma de guerra.
A una seña de Domir, los ingélicos sacaron filosas espadas con las que se atacaron mutuamente. Las armas chocaron un buen número de veces, sin que ninguno de los dos se hiciera daño, lo que fastidió a Rima quien no había llegado hasta ahí para ver espadachines que hacían saltar chispas con sus artefactos. El armero, consciente de la impaciencia del general, le pidió esperar a que, mediante una nueva señal, los contendientes pasaran a la siguiente etapa del combate. Los reptiles dejaron, entonces, las armas blancas y uno de ellos giró hacia un rincón, para armarse con un primitivo pero eficiente arco con el que rápidamente lanzó dos flechas contra su contrincante. El agredido simplemente levantó sus antebrazos, dotados con un par de pulseras de oro, entre las que se desplegó una placa metálica que desvió los dardos.
Rima, gratamente impactado con la demostración de dominio corporal de los Reptiles, se incorporó, pero Domir le pidió que tomara asiento de nuevo, ya que la demostración aún no terminaba.
Los reptiles hábilmente entrenados se colocaron sendos cascos y tomaron una nueva posición. Un corcobado apareció en escena, dando vueltas con gracia. El reptil que se encontraba más cerca, montó fácilmente a lomos del animal, de cuyas bolsas laterales extrajo una armadura de malla metálica, para colocarla sobre el animal. Luego, coronó la cabeza de la noble bestia con enorme casco y su cola fue rematada con una bola metálica de afiladas puntas que, a una orden del jinete, comenzó a mover peligrosamente. Era obvio que cualquiera que se acercara por la parte de atrás, moriría aplastado por semejante artefacto.
El contrincante en la demostración sacó de entre su uniforme unas pequeñas cajas de madera, con las que parecía que el nuevo enfrentamiento sería desigual. El corcobado se levantó sobre sus patas anteriores y cargó contra el reptil que esperaba de pie, sin inmutarse. Rima nunca hubiera pensado que esos animales fueran tan atléticos, pero cayó a la cuenta que la agilidad y rapidez de bestias y reptiles habían sido producto de muchos meses de arduos entrenamientos.
Como por arte de magia, una enorme lanza de tres picos apareció en manos del reptil montado sobre el corcobado. Se trataba de un arma que podía doblarse en tres, para guardarse en sitios reducidos y era uno de los tantos artilugios preparados por Domir. El reptil apostado sobre el piso, entonces, extrajo de entre la malla metálica que cubría su tórax, un pequeño aparatito con apariencia de un silbato sobre el que sopló con fuerza, para atraer al corcobado que arremetió contra él. Cuando parecía que la lanza de su contrincante lo iba a traspasar, le bastó hacer un movimiento vertiginoso y blandir, también aparecido como por arte de magia, un bastón con dos puntas afiladas, con el que desvió el arma que amenazaba con despedazarlo.
Rima estaba en sumido en su silla; no podía creer lo que estaba viendo. Sus nuevos guerreros se veían altamente entrenados para el arte de matar. Pero aún le quedaban más maravillas por ver. El corcobado giró con fuerza para embestir de nuevo y el reptil que lo montaba sacó un arco de las bolsas laterales del animal y tensó la cuerda, para apuntar a su rival en turno. Pero una vez más, el guerrero que estaba de pie no dio muestras de temor. En un alarde de coraje y temeridad, se sentó en el suelo y esperó la arremetida.
El corcobado iba a hacia él, a toda velocidad, cuando, sin que nadie se lo esperara, del cielo se proyectó la sombra amenazadora de una rémora, el ave que el reptil sobre el suelo llamó con un silbato que llamaba “ven”. Hacía mucho tiempo que en el reino frío no se veían aves gigantes. Varias especies habían mutado por la energía que comenzó a salir del hoyo, y una de esas extrañas especies volaba en dirección al corcobado. Por el silbato, el ave había recibido una sola instrucción: matar al jinete.
En Ran-Dom existía otra especie que fue imposible domesticar, a la manera en que las rémoras lo hicieron. Se trataba de una familia de aves muy parecidas a las águilas terrestres, pero mucho más grandes, a las que nunca se pudo adiestrar para que mataran. Se rebelaron a seguir el camino de Rauel y huyeron de su influencia, hasta llegar a los lugares más remotos de Hiprosed, en donde se encontrarían en espera hermosas águilas doradas.
El jinete del corcobado tuvo un pequeño descuido: volteó al cielo para ver el origen de la enorme sombra y, para su mala fortuna, fue su última distracción, porque el reptil enemigo sacó de nuevo su espada, saltó con agilidad y de un tajo cortó la cabeza de su rival, justo cuando el ave llegaba hasta él jinete recién decapitado, que aún permanecía en posición vertical.
Con sus garras extendidas, la rémora tomó la cabeza, antes de que cayera al suelo y, de un picotazo, destrozó la columna vertebral del corcobado, haciendo que éste rodara por el suelo, como una masa de carne y huesos que llegaron hasta los pies del vencedor que sonó de nuevo su ocarina, para que la rémora desapareciera por las grutas del hoyo frío.
Rima no podía creer que en tan poco tiempo, Domir hubiera preparado a sus guerreros de esa manera y no hizo nada por ocultar su sorpresa. Con una sonrisa enigmática, Domir le invitó a permanecer en su sitio porque, aunque Rima creía haber visto más allá de las expectativas conseguidas en tan poco tiempo, la mejor parte estaba por llegar.
Cuatro enormes reptiles salieron del patio trasero del taller. Un quinto elemento pareció salir de la nada y se plantó en el centro de la arena de entrenamientos. Éste era mucho más pequeño que los otros y parecía desarmado. Rima se sintió confundido y expresó su desacuerdo por lo que le parecía una contienda desigual y un sacrificio inútil.
Domir advirtió su turbación y se apresuró a explicarle: “Las apariencias engañan, general. La astucia de mi señor Rauel ha rebasado cualquier sueño de lucha y poder. Lo que vas a ver no es obra mía, sino la máquina de destrucción más terrible jamás inventada. Podría jurar que, ni en el futuro, se inventará algo así. No es posible superar la maldad de mi señor, amo y poderoso Cazador de mentes. Ese pequeño, como tú lo nombras, es el prototipo que mi señor quiere dejar como herencia para su hijo, el Cazador de almas. Mi señor Rauel ya sabe que su hijo viene en camino y el terreno debe ser debidamente preparado para recibirlo como se merece. Ésta es sólo una pequeña demostración de lo que hará por su hijo.
Rima se acomodó en su asiento, sin saber qué debía esperar. Un reptil se colocó mallas protectoras y puntas de ataque en hombros, codos, rodillas y botas, y complementó sus armas con un afilado sable y un látigo con metales puntiagudos en el extremo. Otro, se dotó con un poderoso arco y tensó la cuerda con una flecha metálica, capaz de traspasar las mallas protectoras. El tercero se veía delgado, como un atleta entrenado para escapar de situaciones peligrosas, pero contaba con una agilidad extrema y suficiente para que las flechas de sus adversarios no lo alcanzaran. El cuarto sólo contaba con espadas y silbatos, ya que era el entrenador en jefe de las rémoras, y ya las estaba llamando.
El ingélico pequeño se quedó quieto, increíblemente sereno. A una seña de Domir, los otros cuatro atacaron al mismo tiempo. La espada del primer reptil buscó su garganta; la flecha del segundo salió disparada en dirección a su torso; el tercero se movió a una velocidad increíble, buscando torcer con sus propias manos el cuello del pequeño, en tanto el cuarto hizo sonar su silbato de manera intermitente. Ésa fue una sorpresa, porque no una, sino varias aves salieron en busca de su víctima.
Reptiles y armas estaban sincronizados, como en una pieza de ballet, y nadie tenía la menor duda de que la victima sería el pequeño. No había escapatoria posible; simplemente era una muestra de la aplanadora de guerra que estaba diseñando Rauel. La vida del pequeño, en apariencia, era lo menos importante. Tal vez esa era una demostración de lo que el príncipe quería, no mostrar piedad, ni misericordia.
Un instante antes de que todo ese armamento cayera sobre el pequeño, éste desapareció de la vista de todos los que presenciaban la demostración, las aves incluidas.
– ¿Qué pasó?, se preguntaron los presentes. ¿Es un truco?, increpó Rima a Domir, no muy dispuesto a presenciar un acto circense. El armero pidió paciencia, repitiendo que lo mejor estaba por llegar.
Fue entonces que el agresor que había soltado la flecha se quedó quieto, desconcertado. Aunque era un Reptil entrenado, un temblor incontrolable comenzó a mover sus manos; luego, invadió todo su cuerpo hasta sacudirlo y ponerlo contra el lomo del corcovado. Sus ojos estaban desorbitados por el esfuerzo físico; su rostro pasó del rojo intenso al morado, como si toda la sangre del cuerpo se le hubiera ido a la cabeza que, finalmente y tras una desesperante agonía, estalló en mil pedazos, bañando de sangre a los observadores de la demostración.
El resto de los reptiles se pusieron tensos, como testigos inmediatos no sabían qué esperar del desaparecido. El guerrero de elite más delgado sufrió menos que su predecesor; simplemente se colocó las manos alrededor del cuello en donde se iban marcando con claridad las huellas de estrangulamiento. El atlético Reptil se desplomó sobre el polvo, sin vida. Su cuello había sido roto por una fuerza invisible. ¿El desaparecido era invisible y estaba atacando a sus verdugos?
El tercer guerrero intentó recular discretamente. Había visto morir a sus compañeros, a manos de un enemigo invisible y el miedo le hizo jalar las riendas de su corcobado para retirarse. En tal punto se llevó las manos al pecho con desesperación, acusando el agudo dolor que le tenía atenazado. Con el rostro contraído por el esfuerzo y la intensidad del sufrimiento, no podía gritar y se fue marchitando, en una agonía indescriptible, sin que nadie pudiera hacer algo por auxiliarlo. Al final, cayó con los ojos muy abiertos, como buscando una explicación de los dioses.
El cuarto Reptil entró en pánico y quiso huir montado en una de las aves que en ese momento convocó con su silbato; no esperó a que aterrizara y el terror le hizo saltar sobre el lomo del emplumado, antes de que se detuviera. Craso error, porque la fuerza misteriosa que dio cuenta de sus compañeros lo detuvo de un pie, cuando ya se encontraba a considerable altura.
El guerrero sólo consiguió resistir dos sacudidas porque la tercera, la dio por el aire con rumbo al suelo, en donde se precipitó con violencia inenarrable. El ave salvadora no salió mejor librada. Entre chillidos de dolor y espanto, huyó con un buen montón de plumas menos.
– Ahora sí, Domir, tengo miedo. ¿Qué fue eso?, dijo el general que había pasado ya por demasiados vaivenes emocionales en un solo día. De la sorpresa, pasó al estupor y, de ahí, al más profundo miedo.
Entonces, Domir explicó que la demostración que acaban de atestiguar no era sino la fuerza concentrada de Rauel. La capacidad de lucha, poder y fuerza que mostró el más pequeño estaba soportada desde la mente del príncipe.
Rima se estrujó las manos con fuerza, como reflejo del pavor que le infundió semejante demostración de muerte. Domir le advirtió que se guardara sus comentarios, toda vez que Rauel los estaba observando muy de cerca. Consciente de que el armero tenía razón, pidió perdón a su amo, con una leve inclinación de cabeza.
– No te preocupes, Rima. Cuando comencé a caminar por este sendero, hasta yo mismo tuve miedo de mí, de mi fuerza. Ahora, cuando llegue el que liberará a los dragones galácticos, el universo entero conocerá el verdadero significado del miedo.
La nítida voz de Rauel sorprendió al general. Pareciera que el amo vivía dentro de todos sus lacayos.
El pequeño reptil volvió a materializarse en el centro de la arena. Primero, como un vapor suave; después, como el ser despiadado que demostró ser. Se quedó quieto, viendo fijamente a los ojos de Rima quien, incómodo y nervioso, bajó la vista completamente dominado por ese ser de apariencia bondadosa. La demostración había rebasado todas las expectativas del público. Domir rompió la conexión visual entre Rima y el pequeño reptil.
– Todos los artilugios que inventé están a tu disposición, general. Los uniformes están completos y cada guerrero trabaja con el suyo. Por el momento, el ejército de Reptiles suma más de 40 mil, pero creemos que, antes de que cambie la estación, seremos más de 50 mil.
Los cuatro grupos requeridos para combatir a los mensajeros de Zodiak se reportaron listos parta partir. Rauel repartió instrucciones en las mentes de sus oficiales para que, a la brevedad, los aniquiladores más fuertes y mejor entrenados salieran en busca de los emisarios que se desplazaban con rumbo a Las Cañadas.
La pequeña creación de Rauel, aquélla que había concedido la asombrosa demostración del poder de su amo, fue llamado a una tarea diferente.
Allá, en las profundidades del Hoyo, miles de guerreros no perdían tiempo descansando; estaban siempre alerta y capacitándose en los nuevos oficios de la guerra. Unos pocos peleaban contra muchos y después, se rotaban para pelear todos contra todos. Las imágenes que Rauel y sus demonios internos imbuían en la mente de los esclavos eran escenas cargadas de rencor, celos, envidia y todo aquello que obligara a cada uno a defenderse como los poseídos que eran.
Los gritos de guerra que ensayaban, cimbraban la enorme cavidad del reino frío. Los animales que también eran entrenados para esos menesteres, eran constantemente drogados, encadenados, golpeados y muertos de hambre, lo que los volvía furiosos y capaces de volverse contra sus propios amos, a la menor provocación.
En el colmo de las maquinaciones sórdidas que se realizaban en los subterráneos de Ran-Dom, los insectos también estaban siendo amaestrados para matar. En casi todas las tierras calientes había insectos, conocidos como tiglis, que trabajaban en la polinización, pero también eran famosos por sus ataques contra los pequeños roedores que no los provocaban.
Domir descubrió que el aroma de los álmiz desataba las ansias asesinas de los tiglis. Nadie conocía la causa de esta extraña reacción, pero el armero aprovechó la circunstancia para incorporarlos como arma de guerra. Cada corcobado llevaría una caja con tiglis en sus bolsas. La idea de Domir era volverlos locos con grandes concentraciones de aroma de álmiz. Al mismo tiempo, descubrió que si sus Reptiles se untaban aromas concentrados de ciertos tipos de flores, los insectos no se volvían contra ellos.
Con sólo imaginarlo, Rauel saboreaba por anticipado los destrozos que esos insectos causarían entre la población enemiga. Y cómo no celebrarlo, toda vez que los tiglis, que medían alrededor de 15 centímetros, tenían un aguijón que podía traspasar hasta dos capas de piel de animales, inyectando una ponzoña venenosa. La boca de los insectos estaba dotada de dos mandíbulas prensiles con las que, en un estado de furia sin control, podían cercenar el dedo de una mano, una oreja, la nariz o, en caso extremo, hacer cortes profundos en el cuello hasta llegar a la yugular y desangrar a sus víctimas.
Los tiglis preferían, por encima de todo, atacar en los ojos, ya que la desesperación que la ceguera provocada en sus victimas, les hacía segregar adrenalina que detonaba el placer de aquellos insectos que, curiosamente, atacaban más por placer, que por rabia.
¿Por qué inventar tantos artefactos de guerra? ¿Para qué provocar que la población se diezmase a sí misma? En un mundo donde la población no había inventado la guerra y, por consiguiente, no había desarrollado sistemas de defensa, ese alarde para provocar la muerte parecía innecesario.
Pero, ¿cuáles eran los verdaderos miedos de Rauel? o ¿a quién estaba provocando de manera tan descarada? ¿A Dios, o a sus propios demonios? La caída de ese ingélico, ocurrida en tiempos muy recientes en la creación, ¿tenía qué ver con el hecho de sentirse muy cerca de Dios y dejarse seducir por la arrogancia? O, en definitiva ¿ese oscuro ser inventó la caída para servir a otros misteriosos propósitos?
En conclusión, la caída existió; la separación, también. Entonces, ¿cuál fue la herencia y quiénes los herederos? si, como pasó en Ran-Dom, las victimas de esos primeros caídos, casi siempre han sido y serán inocentes.
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Jun 10th, 2010 at 6:48 am
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