entrega 3
Entrega numero 3
Cuando ha pasado el tiempo necesario para que el universo, los reinos y dimensiones se acomoden, la primera raza está por llegar. En esa fase, cuando todo es incipiente, los acomodos permiten que la inteligencia natural se aglutine para generar las primeras galaxias y, por ende, los primeros sistemas gravitacionales, así como el mundo que dará hogar a múltiples organismos, formas de vida e inteligencia repartidas en diferentes reinos.
Esta primera galaxia está muy cerca del huevo de la creación. Son tiempos remotísimos que se pierden en la datación de su propia existencia. El anillo central de esta galaxia contiene un sistema solar apropiado para la vida humanamente comprensible.
En ese planeta primigenio ocurre el primer atisbo del conocimiento divino; el primer paso evolutivo por el que los actores de este drama cósmico comienzan a tener conciencia de su individualidad y esperan el momento para caminar en ese mundo primitivo. Esa raza ya “sabe” que sólo hay qué esperar el soplo divino, para nacer en la dimensión que contiene un rango de vida. Es la raza ingélica que ya está en el planeta que será su hogar por cientos de generaciones. Son seres expectantes en ese lugar donde las almas esperan el momento de encarnar y nacer a la vida física. Ocurren entonces las últimas reacciones químicas para preparar el ambiente que los albergará y sustentará por muchos cientos de años: Ran-Dom.
Por designio divino, la vida en Ran-Dom es adelantada, es decir, la evolución es un poco más rápida, en relación con los planetas que vienen en sucesión escalonada más atrás de él. Las condiciones para habitar este planeta son especiales. A Dios le interesó experimentar las sensaciones y emociones que diseñó para los ingélicos, esa raza sin fronteras que domina en un mundo primigenio.
Los reinos del planeta establecen sus planos de acción, su conocimiento y sobre todo, las cadenas de favores con las que interactuarán entre sí. Ran-Dom es el planeta más viejo del universo; por consecuencia, si logra sobrevivir a su primer embate, dentro de muchas generaciones también va a ser el más rico en conocimientos, sin importar si ese acervo es bueno o malo.
Es ése el globo estelar que habitará la primera raza de la creación, la predilecta de Dios, la receptora de los primeros conocimientos. Pero también de las primeras pesadillas y del contacto con los primeros demonios. Los ingélicos son seres de biología muy sutil. Translúcidos y de tonos azules, miden casi tres metros de altura y están dotados con un par de alas en la espalda. Mientras que su cuerpo y su piel son de una textura muy fina, casi sin vello, sus alas son de un material transparente con una tonalidad en azul cobalto. En sus alas se adivinan trazos similares a las plumas de las aves pero, en realidad, son líneas de energía pura que corresponde a la inocencia que caracteriza a estos bellísimos seres. Como raza, no se vinculan ni proceden de ninguna otra, pues son los únicos que existen en ese universo que continúa expandiéndose, desde la explosión del amor.
Los ingélicos aún no conocen la maldad, la guerra, ni la envidia. La armonía impera en Ran-Dom. El lenguaje apenas está en vías de inventarse, porque aún no ha sido necesario hacer vibrar las cuerdas vocales en el ambiente que les rodea. Las letras y las palabras sólo surgirán a medida que la dinámica del planeta las vuelva necesarias, dentro de las próximas generaciones.
La empatía está en su apogeo; tan es así, que desconocen términos como paz, amor, Dios, guerra, vida, muerte, envidia, arrogancia. No hay administración de recursos, incluyendo en ello a los animales, plantas, insectos, microbios, minerales, etcétera. Todos permiten el uso de unos y otros. La vibración de este planeta es muy alta y, simplemente, todos coexisten en un marco de armonía perfecta.
Con el paso del tiempo, el día y la noche comienzan a tener importancia para los ingélicos; la observación de algo más allá de sus narices empieza a realizar una tarea discreta. En ese incipiente universo, la sombra de Dios comienza a caminar.
Esta raza de cuerpo físico parecido al de los humanos tiene poco tiempo para descubrir y digerir uno de los misterios de la creación: la maldad. Pero toda esta interacción despierta sentimientos encontrados y preguntas que tal vez queden sin respuesta.
- ¿Qué sucederá una vez que estén instalados en una nueva forma de vida y hacía donde deberán caminar?
- ¿Cuáles son sus primeras tareas?
- ¿Cómo toma conciencia una raza inocente?
- ¿Cómo se pierde esa inocencia?
- ¿Cuándo se entra en contacto con el miedo?
- ¿Cómo se reconoce el miedo por primera vez?
- ¿Cómo y cuándo llega el olvido?
- ¿Qué llega caminando al lado del miedo?
- ¿Por qué se alejan de Dios?
- ¿Cómo sucede la primera caída?
La raza ingélica, poco a poco, va tomando conciencia de sí misma. Paso a paso van moldeando su personalidad y sus características individuales. Dentro de pocas generaciones, los demonios que ya se están gestando dentro de ellos se levantarán para devorar su inocencia y obligarles a dar los primeros pasos, dentro del sendero de la evolución como experiencia de vida. Dentro de los parámetros cósmicos, muy poco tiempo va a transcurrir para que los egos aparezcan y el movimiento imperceptible de la sombra de Dios lance su primer grito, acusando su primer reto.
Nace entonces la primera interrupción en el contacto de los ingélicos con Dios. Surge el primer cuestionamiento formal. Lamentablemente, la primera caída está por llegar y nada ni nadie podrá impedirla. La caída es parte del plan divino y la forma en que llegará a los ingélicos será casi imperceptible.



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