ENTREGA 3 CAPITULO 2
ENTREGA 3
– ¿Cuánto tiempo tardaremos en llegar a la escuela, maestro?, preguntó Amahar, viendo la inmensidad del abismo de Yorn.
– Ya estamos en ella. Desde aquí, hasta el infinito, está la escuela. Este lugar es mágico, por lo que no tiene un principio, ni un fin.
– Nadie viene a nuestro encuentro para recibirnos.
– ¿Nadie? ¿Por qué no ves con los ojos del alma o de la mente? Comenzarás a descubrir cosas interesantes, gracias a tu iniciación. Tendrás la capacidad de ver con otros sentidos. Trata de eliminar de tu mente el hecho de que posees sentidos físicos y observa con los ojos cerrados. Por ejemplo, concéntrate en una idea fija, no dejes de caminar y siente que vas por otro camino. Vamos, inténtalo. El adivino se divertía a costa de los titubeos de sus aprendices. El tiempo apremiaba y era menester impulsar sus nuevos atributos.
Amahar cerró obediente sus ojos y por poco se cae al vacío. Después de recuperarse del tremendo susto, volvió a intentarlo, caminando con torpeza, sólo guiado por el sonido de los pasos de sus compañeros. De pronto, se quedó quieto, como si observara algo suspendido en el aire.
– ¿Quién eres?, preguntó a algo que sólo él podía ver. ¿En serio?, pues no lo pareces. Si eres lo que dices ser, demuéstralo. Amahar parecía seguir una conversación con alguien invisible.
– Te lo dije, eres sólo una farsa. Un producto de mi imaginación. Sí, cómo no. Escuchen, ¿cómo te llamas?, ¿Ubaldo? Dice Ubaldo que dentro de cincuenta escalones hay un salón de armas y que ahí nos espera para darnos la bienvenida. Que cómico. Dice que murió hace doscientos años, pero que continúa aquí, en la escuela, enseñando a las nuevas generaciones. Ubaldo me está contando, también, que nosotros tendremos una gran misión con el hijo del Rey Zodiak. Pobre, si supiera que el Rey Zodiak no tiene hijos, ¡ja! ¿Que no me burle? Está bien, me comportaré con propiedad. Voy a describir tus ropajes para los demás. Escuchen esto amigos, el traje de Ubaldo es de color azul, con vivos verdes; su casco tiene un pico en la parte de arriba y de ahí cuelgan varias cintas de colores. Por cierto, tu armadura es fantástica, parece una malla metálica de platinum.
Amahar hablaba como un loco. Manoteaba y gesticulaba como si estuviera conversando con alguien más. Kristan-Semo se mostraba complacido por los resultados. Él sabía lo que estaba sucediendo.
Amahar abrió los ojos para continuar su descenso con mayor seguridad y para compartir con sus amigos esa extraña experiencia. Bajaron los cincuenta escalones que el soldado imaginario le había relatado y no vieron nada que no fueran piedras y un oscuro y profundo vacío. Desilusionado, por no encontrar nada de lo descrito por Ubaldo, Amahar dejó escapar un suspiro.
Kristan-Semo tomó entonces la palabra para sugerirles que vieran más allá, utilizando su mente, y no sólo sus sentidos físicos. Dibujando signos en el aire, él también se concentró para ver cómo, lentamente, la entrada a un nuevo recinto comenzó a materializarse.
– Bienvenidos, resonó la voz grave de Ubaldo, sorprendiendo a los visitantes que, al abrir los ojos, perdieron la imagen de su anfitrión. Era evidente que los recién iniciados aún se resistían a ver las cosas desde otro punto de vista. Solo Kristan-Semo permaneció inalterable.
– Hola, de nuevo, Ubaldo.
– ¿Cuánto tiempo ha pasado maestro?
– Muchos años y, sin embargo, parece que sólo ha transcurrido un segundo.
– Por el número de ingélicos que te acompañan, intuyo que algo grave ha sucedido, dijo Ubaldo a su antiguo maestro, sin esconder su preocupación.
– Estás en lo correcto. Pero, dejemos esta conversación y vayamos al grano.
– Como digas, venerable maestro. ¿Quieres que cambie la decoración de la escuela?
– Pues, sería lo más apropiado para nuestros huéspedes.
Ambos, adivino y guerrero, dibujaron símbolos en el aire y se arrodillaron al mismo tiempo, uno frente al otro. Ante el asombro de los siete iniciados, el panorama comenzó a cambiar radicalmente y, de pronto, se vieron rodeados por una multitud de ingélicos vestidos con uniformes de gala. Todos observaban en silencio a los nuevos discípulos de la escuela. Ubaldo estaba cerca de ellos y abrazaba al adivino con mucho cariño, muestra del largo tiempo que tenían de conocerse.
– ¿Me recuerdas, Amahar?, preguntó Ubaldo al aprendiz.
– Sí, claro. Eres como te vi hace un rato.
– Y, ahora, ¿qué piensas?
– Estoy sorprendido; realmente eres como te percibí.
– Aquí aprenderás a usar los ojos del alma. ¿Quieres intentarlo de nuevo?, sugirió el ancestral guerrero.
– Por supuesto, dijo Amahar entusiasmado.
– Y yo también, terció en la plática Pacienhar.
– Te habías tardado, querido hijo, exclamó Kristan-Semo alegrándose con la llegada del novicio que habían dejado atrás.
– Pasé un buen rato observando la hoguera que dejaste flotando en el ingreso a las escaleras y, como por arte de magia, me llegó el entendimiento.
Gracias por hacerlo de esa manera, porque creo que fue la mejor forma de asumir que la paciencia es el significado de mi nombre. La prisa que tenía por saber o por alcanzarlos, pasó a segundo término. Muchos errores de mi raza son cometidos por la prisa y la aprensión. Cuando las ganas irracionales de hacer algo cautiven la mente de mis amigos, estaré ahí para recomendarles calma. No sé cuánto tiempo tardaron en recorrer las escaleras para llegar hasta aquí, porque es la primera vez que no me guío por el tiempo; es la primera vez que mi corazón ha sido guiado por la fe y la esperanza. De alguna forma, siento que la paciencia es el primer paso para alcanzar la sabiduría, que es la herramienta que nos servirá para ganar ese minuto de extensión de vida del que nos has hablado, querido maestro. Pacienhar mostró que el abandono del que fue objeto no lo desesperó, sino que había salido fortalecido de la experiencia.
Al saber que finalmente los alumnos estaban completos, con aire de gravedad, Kristan-Semo apartó a Ubaldo para conversar en un lugar apartado.
* * * * *
– Josul, ¿No sentiste que alguien nos vigilaba el tiempo que estuvimos en la costa?
– Sí, era como una desazón interna. ¿Qué crees que signifique?
– No lo sé, pero me da temor.
– ¿Por qué no hacemos un alto para orar a Jahja? Tal vez él tenga algo qué decirnos.
– Buena idea. Orar es lo mejor que podemos hacer.
Josul y su compañero buscaron un lugar acogedor para desmontar de sus galindros y hacer una pequeña fogata, para calentar alimentos y comunicarse con su dios.
Josul venía preparado con la pequeña escultura de su deidad. Era importante no perder ese contacto y la voz interna que se estaba despertando en ellos les hablaba aún de forma muy sutil, pero con una irresistible fuerza. Su sensibilidad interna estaba creciendo, a medida que los peligros nuevos también crecían. Faltaban muchos kilómetros para llegar a su destino y, aunque el viaje se presentaba tranquilo, algo muy dentro de ellos les alertaba de un peligro inminente. El corazón de los mensajeros no se equivocaba; de alguna manera, su voz interior gritaba para advertirles lo que sus sentidos físicos no podían percibir.
Dos grupos de Reptiles que los perseguían, a diferentes distancias, seguían sus huellas. Si los mensajeros hubieran sabido de la cacería feroz que se había desatado a sus espaldas, quizá habrían entrado en pánico y toda la misión quedaría en peligro de no concretarse. Tal vez, era mejor el desconocimiento acerca del impacto que podrían sufrir si hubieran llegado a enterarse que sus movimientos estaban despertando ansias asesinas en otros ingélicos.
Estaban a punto de ingresar en la zona sin luz y ambos sabían que, a partir de la línea fronteriza, los peligros se multiplicarían. No contaban con la posibilidad de que los Reptiles los tuvieran en la mira y se les hubieran adelantado para prepararles una celada. Los incautos, sólo consideraban como peligro a los voraces monstruos de la zona. Desde esa perspectiva, hablar con su dios era verdaderamente importante, aunque no estuvieran conscientes de la magnitud real de sus problemas.
Josul estuvo un buen rato rezando por la salvación de él, de su amigo y de su familia. El ingélico de las nieves lo observaba con respeto, aunque era de los que creían que los dioses sólo ayudaban a quien se ayudaba a sí mismo. Cuando Josul terminó sus oraciones, Sinué le pidió que cambiaran su campamento a otra parte.
– ¿Por qué debemos cambiarnos? Todo se ve en orden. Los monstruos de la zona sin hose–sol se detectan mucho antes de llegar. ¿Crees que haya algo malo aquí? Creo que tienes razón; estoy percibiendo algo diferente, ¿lo sientes como yo, verdad? Josul se preguntó y contestó solo, Sinué solamente asentía con gestos.
– Está bien. ¿Hacía allá te gusta? Entonces vamos. Es un placer conversar contigo, amigo. No me dejas hablar, pero en fin. Josul se divertía con el juego silencioso de su amigo. Hubo una charla que se podría decir completa y sin embargo, sólo se escuchó su voz.
Un Reptil que inspeccionaba el lugar recientemente dejado por los mensajeros, intuyó que no andarían muy lejos, toda vez que los restos de la fogata que habían hecho todavía estaban tibios. Él y algunos compañeros estaban extrañados de que el amo no se hubiera comunicado con ellos, pero pensaron que lo más conveniente sería cumplir su misión, o su vida no valdría nada. Intuyeron que, al ingresar a la zona sin sol, los mensajeros tendrían que viajar más lentos y ahí tendrían la oportunidad de emboscarlos.
Tratando de seguir las huellas de sus potenciales víctimas, reían y se burlaban del destino que el príncipe habría preparado para Josul y Sinué, a quien extrañó que su compañero detuviera súbitamente su marcha.
– ¿Por qué te detienes Josul? ¿Tienes miedo de toparte con monstruos?, insinuó Sinué, con la intención de divertirse a costa de su amigo.
– No. Los animales no me preocupan, ya sé como operan. Recuerda que tengo experiencias cercanas con ellos. Lo que me mortifica es algo maligno que flota en el aire. Mi corazón me dice que retrocedamos y esperemos un día más para ingresar en la zona sin hose–sol, o que mejor localicemos otro ingreso más al sur.
– No entiendo, dijo Josul. ¿Para qué perder un día? Recuerda que nuestra misión es muy urgente.
– Acaso no sea mi corazón el que me habla, o tal vez, sí. Es como una advertencia que alguien me envía a través del aire. Estoy confundido; en realidad, no sé cómo interpretar lo que siento. Josul se quedó cual estatua de piedra, como en una especie de trance. Su mente se había escapado de su cuerpo y Sinué, como buen amigo que era, se sentó a esperar por el regreso del alma o lo que fuera que se salió del cuerpo de su compañero de aventura.
– Cuando quieras amigo. Aquí te espero y rezaré porque la huida de tu mente no haya sido definitiva. No sé dónde o con quién andas, o si enloqueciste de pronto. Lo que sí sé es que no me moveré ni medio metro de tu lado, hasta que tu espíritu regrese.
Lo que Sinué no sabía, y le habría sorprendido enterarse, era que Josul había viajado hasta la escuela del abismo de Yorn. Kristan-Semo se había comunicado con el mensajero y lo llamó mentalmente hasta que ambos quedaron conectados.
– No temas, joven mensajero, comenzó diciendo el anciano. Te pedí que vinieras para salvar tu vida de los que te persiguen. Sin embargo, ya no estás solo, uno de nosotros va a ir en tu auxilio.
–¿Los que me persiguen?, inquirió Josul un tanto extrañado. Eso no es posible. Salvo algunas personas de Zian-Dres, nadie más sabe de la misión que me han encomendado. Si alguien nos persiguiera, ya nos habríamos enterado.
– Ten cuidado con tu mente, le advirtió el adivino, tratando de no trastornarlo. Aún no sabes controlarla. Te aseguro que existe alguien que puede ingresar en tus pensamientos, sin que te des cuenta.
– ¿Pretendes que deje de usar mi mente? Eso es una locura, no se puede. Nadie tiene los poderes de un dios. Eso no es cierto, ¿o sí?, reaccionó el joven que se iba sumiendo en un mar de confusión.
– La maldad no respeta límites. Desgraciadamente, en nuestro planeta el que va a derramar tu sangre y la mía está sentando sus reales.
– ¿Y la mía por qué? – Josul no comprendía la gravedad de la situación.
– Porque ahora también teñirá de rojo. Y comprendo que es el color con el que el príncipe quiere pintar el suelo del planeta.
Cual si fuera un golpe de martillo, la comprensión comenzó a sacudir la mente de Josul, quien se arrodilló y lloró por un largo rato. La revelación había sido brutal, cruda, como era la nueva realidad de sus vidas. Cuando su espíritu se apaciguó por tantas lágrimas derramadas, se incorporó con una mirada diferente. Estaba listo para mostrar la madera de la que estaba hecho.
– Llora, hijo. Tus lágrimas y las de millones de ingélicos se unirán para formar un mar, el océano del dolor.
– Si hemos de morir, que sea luchando. No voy a morir de rodillas, ni sentado como un holgazán, dijo Josul observando por primera vez a los que acompañaban al anciano.
Raniam, uno de ellos, mostrando los signos impresos con fuego en sus brazos, reveló a Josul que en ese lugar habían aprendido las artes de la defensa. Era una escuela fundada por Kristan-Semo y su hermano mellizo, cientos de años atrás, cuando supieron que algún día, la guerra del amor se desataría. El momento había llegado y los alumnos formados en esa escuela librarían una batalla para liberar sus almas de la esclavitud eterna a la que el gran depredador planeaba destinarlas.
– ¿Liberar nuestras almas?, ¿de qué?, reaccionó Josul, alterado.
– Primero, de nuestros cuerpos. Segundo, del planeta. Tercero, de los tentáculos de Draco, el Cazador de almas, le respondió Raniam, antes de continuar explicándole que, en esta guerra, cada uno de ellos estaba destinado a morir bajo la espada enemiga. Su destino estaba condicionado a las acciones de Draco aunque, por fortuna, el padre de éste ayudaría a la causa rebelde cometiendo un gravísimo error antes de que él naciera. Para entonces, sería demasiado tarde.
– ¿Tarde para qué? Josul cada vez entendía menos.
– Para atraparnos de verdad. Gracias al error del príncipe, podremos romper el umbral de las dimensiones y del espacio sideral. Lo que parecería una desgracia, se transformará en un regalo. Dios nos otorgará la gracia de renacer, una y otra vez, en diferentes planetas y dimensiones. ¿Te imaginas cuántas oportunidades de desarrollo, de conocimientos y de fuerza espiritual vamos a ganar? No tienes idea, aún. Lo que es muy claro, es que el Gran depredador tendrá que ir por cada una de las almas que aquí escaparon de su poder. Con ello, pretenderá cerrar un círculo que se rompió en las manos de su padre, y en donde él no estuvo para evitarlo. Eso transformará al universo entero en un gigantesco campo de batalla. Te preguntarás qué significado tiene todo lo que te digo. La respuesta es simple; más oportunidades de crecimiento, expuso Graciel, quien intervino en la conversación y dio una palmada de complicidad en la espalda del ingélico. Estaba muy convencido de ganar esa guerra, perdiéndola.
– ¿Viajar por el espacio? Suena maravilloso. ¿Cuándo dices que nos van a matar? Si ese es el premio, ya quiero que suceda, dijo Josul con el entusiasmo de un niño ingenuo.
– No debemos permitir que eso suceda. A menos que sea inevitable y nos venzan.
– ¿Por qué? ¿No dices que así vamos a ganar todo eso que dijiste? No entiendo. Josul necesitaba una tregua. Todos los conceptos que escuchaba por primera vez lo abrumaban.
– Porque nuestras vidas pertenecen a Dios y es el regalo más sagrado que resguardamos. Él, como generador de la vida, es propietario de la vida de todos los que habitamos el planeta. Por eso debemos defender la energía vital que nos encomendaron para nuestro beneficio; desperdiciarla o no defenderla como corresponde, sería una falta de respeto a nuestro Dios, un desdén hacía su hermoso regalo. La guerra, aunque sea una aberración, es imposible detenerla. Forma parte de un plan divino, misterioso, pero sagrado.
Josul comprendía a duras penas los informes que le entregaban sin recato esos ingélicos ahí reunidos y confesó que no sabía qué decir.
– No necesitas decir algo, le tranquilizó Graciel. Mejor, preocúpate por defender esa energía vital que está a punto de arrebatarte un grupo de Reptiles. Se encuentran a sesenta kilómetros de distancia de tu campamento. Uno de nosotros te acompañará para protegerte y entrenarte.
– ¿Pueden acompañarme sin sus cuerpos? Una cosa es viajar con la mente y otra muy diferente, pedirle a tu cuerpo que te acompañe en la travesía.
– No te preocupes por eso. Quien te acompañará ya está muerto y sólo viajará su alma.
Josul iba de un pasmo a otro. Recién había comprendido que tendrían que morir a manos de sus enemigos para escapar de ese planeta y reencarnar en otro, pero ¿cómo podría morir quien ya estaba muerto? Fue entonces que intervino el gran maese Torg, para explicar a Josul que, los que ahí habían muerto hasta antes de que Rauel llegara como el Cazador, habían quedado a la espera del total de las almas de los ingélicos. Cuando todos fenecieran en gracia, aceptando a Jahja como el verdadero creador, los ya muertos se integrarían al gran éxodo de almas. Mientras tanto, estaban ahí para ayudar en lo que fuera necesario.
– Gracias por sus consejos, ¿guerreros?, insinuó tímidamente Josul.
– Así es. ¡Guerreros!, gritaron los reunidos, al unísono.
Josul realizó un viaje de regreso a su cuerpo físico, observando desde las alturas los maravillosos paisajes del planeta, pero también a los dos grupos de Reptiles que se acercaban veloces al campamento que él y Sinué habían montado. Cuando su alma volvió al cuerpo que aún permanecía sobre su montura, soltó un hondo suspiro que asustó a su amigo, quien quiso indagar por dónde andaba.
– Espero que no te sorprenda quien me acompaña. Es un nuevo amigo, un aliado que nos va ayudar, dijo Josul cuando bajó de su montura para acercarse al fuego.
– Pues sólo que sea un muerto, porque no veo a nadie contigo, repeló Sinué.
– Le atinaste. Es un muerto y se llama Torg, expresó Josul, conteniendo la risa que le provocó el semblante de Sinué.
– Es una broma, ¿verdad?, tartamudeó Sinué escondiéndose tras su galindro, cuando una sombra comenzó a materializarse frente a él.
Ante el rostro de su amigo, descompuesto por el miedo, Josul decidió dejar el sarcasmo para explicarle que el muerto estaba ahí para ayudarles en la defensa de sus vidas. Torg, quien terminó de corporeizarse frente a los desbordados ojos de Sinué, era un ingélico alto, de fuerte musculatura, con aspecto de guerrero largamente entrenado. Una espesa cabellera de color plateado crecía hasta su espalda y estaba coronada por un casco de piel del que sobresalían dos cuernos de corcobado. Una armadura de malla metálica protegía su pecho. De uno de sus hombros colgaba un arco de gran tamaño, junto con un depósito de flechas; con su mano derecha, sostenía un hacha de guerra y de su cinturón pendía un afilado sable enfundado, a la espera de ser utilizado. Marcados con fuego, sobre su pecho y antebrazos destacaban los símbolos de su linaje que se repetían en anillos de bronce sobre sus muñecas y bíceps. Sus ojos, entrecerrados, daban la impresión de penetrar en la oscuridad de la noche.



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