ENTREGA 28

 

Entrega  28

 

Los reyes, padres de Rauel, convocaron a su hijo para hablar de las cosas que escuchaban de la gente. Ellos, como buenos padres y gentiles soberanos, no creían lo que la gente decía de su hijo. Los rumores de ingélicos esclavizados en puntos casi inaccesibles de su reino, cada día tomaban más fuerza.

– Madre, se arrodilló Rauel frente a su progenitora.

– Hijo, ¿qué ocurre? Los rumores sobre actividades inusuales nos tienen preocupados. La reina titubeaba al hablar. Era evidente que no quería decir con precisión lo que sabía, porque temía estar equivocada y juzgar sin fundamentos a su querido hijo.

– Nada, no ocurre nada, madre.

– Pero, los rumores de la gente cobran fuerza, intervino el rey. Existe un temor generalizado entre la población y, paradójicamente, cada vez más personas llegan al reino. Mis esp… Tengo información de que no todos regresan a sus pueblos, dijo el soberano que había venido indagando por su cuenta y sabía más de lo que decía.

– ¿Tus espías, padre? ¿En eso gastas tu valioso tiempo? Rauel se incorporó lentamente, con una actitud tranquila, pero sus ojos delataban una furia infinita.

– Bueno… lo que quise decir es que estamos preocupados por ti. Mira tu aspecto, pareces… pareces un dem… El rey no terminó de hablar; un rayo de comprensión cruzó su mente.

– ¿Demonio, padre? ¿Qué sabes tú de demonios? ¿Qué sabes tú del poder? ¿Qué sabes tú de la fuerza? Nada, no sabes absolutamente nada. ¿Crees que cargar una corona sobre tu cabeza te hace poderoso? No sabes nada del poder. Rauel estaba de frente, altivo, en una actitud descarada y retadora.

– Pero ¿qué dices, insensato? El rey tuvo un arranque de cólera, como no lo había tenido en toda su vida.

– Dios, ¿qué hemos hecho?, sollozaba la reina, contemplando el peor conflicto que se había presentado en su casa.

– Ustedes no han hecho nada, ni lo van a hacer. Si quieren seguir cargando la corona, allá ustedes. Los dos creen en el poder real, sin embargo, yo poseo el real poder y  se los voy a demostrar. Al menos no van a morir, y pueden tomarlo como una demostración de mi amor, expresó Rauel al tiempo que, concentrándose con rabia y fuerza, comenzó a penetrar la mente de sus padres, sin remordimiento alguno.

De una enorme frustración, los reyes pasaron a sentir una gran tranquilidad. Las imágenes de prosperidad, tranquilidad y bienestar en su reino los llenaron de inmenso placer. Los sueños que siempre quisieron ver se manifestaron en la figura generosa y benévola de un hijo noble y fuerte, quien convertiría las penurias de su pueblo en una oportunidad de crecimiento y prosperidad.  Los reyes habían caído victimas del sueño inducido por Rauel. Nunca más verían la realidad tal cual era. De ese momento, en adelante, verían sólo aquello que les gustaría fuese realidad. Era un sueño inducido que iría contaminado pueblo tras pueblo, planeta tras planeta, universo tras universo. ¿Hasta dónde llegaría el poder de ese ingélico caído? ¿Hasta dónde se detendría el plan del Creador? Al menos en Ran-Dom, nadie lo sabía. Tras haber dominado las mentes de los reyes, Rauel se retiró cansado a sus habitaciones.

 

* * * * *

  

Los Reptiles

 

Los uniformes de guerra del naciente ejército de Rauel eran impresionantes y aterradores. Estaban confeccionados con piel de reptiles y tenían el diseño de un ojo de serpiente al frente. En la parte de los hombros se habían levantado unas guardas para empujar al oponente, sin sentir dolor. Las guardas tenían puntas metálicas, color sangre, y prometían desgarrar la carne del enemigo.

En la parte de los codos, también sobresalía una punta afilada, así como en las rodillas y las botas. El pecho y espalda se protegían con una malla metálica de oro. Rauel pensó que si daban otros usos al oro para las esculturas divinas, tal vez comenzarían a olvidarse de sus dioses y también el olvido llegaría más temprano. Las armas de los uniformes estaban diseñadas de manera que el portador no saliera lastimado por su propio traje. De alguna forma inexplicable, el contacto con la maldad de Rauel estaba transformando la imagen corporal de su pueblo. Los ingélicos del hoyo se estaban volviendo cada día más densos; su natural estado translúcido  comenzaba a virar al color de la carne de los animales, sólo que más oscura. El color café de los uniformes de guerra combinaba con la nueva textura de los ingélicos del reino frío. Pieles grises con toques rojos y mallas de oro concedían a los guerreros un aspecto sobrecogedor.

– ¿Cuáles son las armas?, exigió Rima a la costurera.

– Ése es problema de Domir, contestó irritada.

– Ése es “nuestro problema”.  Recuerda que estamos siendo permanentemente vigilados por la mente de Rauel. Mi señor jamás descansa.

– Sí, Rima. No lo volveré a olvidar, dio como respuesta la costurera que tomó una postura menos agresiva. 

– Diseña una protección para la cabeza.

– Como digas. ¡Niñas, ya escucharon al general. Las órdenes no admitían tregua..

Rima abandonó el recinto de la obrera para dirigirse al taller de Domir, nuevo armero del reino.

– Domir, ¿están listas las armas?

– Sí, ven, las están probando, dijo Domir, como niño excitado ante una tarea de su agrado, y tomó del brazo a su amigo para llevarlo al centro de la armería. El armero había preparado un espectáculo digno de su patrón. Un ingélico que se rebeló a recibir en su mente el sueño inducido por su amo estaba atado a una estaca. Frente a él, un guerrero uniformado y bien entrenado se declaraba listo para entrar en acción.

– Sólo espera que des la orden, Rima, expresó Domir, quien se mordía las uñas con nerviosismo.

– ¡Ataca!, gritó Rima, como si se tratara de incitar a un mastín para dar cuenta de su presa. No sabía a ciencia cierta qué era lo que debería esperar que sucediera, sólo dio la orden que solicitó su amigo.

El azorado ingélico prisionero vio venir a un ser oscuro, de ojos fieros. En cuanto sus miradas se cruzaron, el prisionero supo que el ingélico iba por su vida. No se explicaba por qué lo odiaba, si no lo conocía, ni le había hecho nada. El prisionero gritó buscando que alguien le diera una respuesta que explicara el motivo de su inminente muerte. Pero nadie dijo nada, ni dio una razón. Todos los que contemplaban el espectáculo se mantenían al margen, presas de una extraña morbosidad. El guerrero que estrenaba uniforme se acercó a corta distancia observó, con placer que se le notaba en su respiración, la desesperación del cautivo. Entonces, saltó y en dando un giro hacia delante, soltó una patada que dio de lleno en la cara del prisionero, haciendo un profundo corte, de lado a lado, en la mejilla izquierda.

Las puntas afiladas de las botas del verdugo abrieron una herida de la que manó una gran cantidad de sangre, de tono rojizo muy sutil, casi como el agua turbia. La ponzoña que Rauel desparramaba en Hiprosed estaba comenzando a tornar el tono rojo profundo de la sangre de los ingélicos asesinados. La que manaba del prisionero, pronto cubrió parte de sus hombros y pecho.

Pocas veces, Rima había visto a un ingélico tan manchado de  sangre. El cuerpo translúcido del herido comenzaba a verse más denso y sobrecogedor. La sangre que al salir viraba al rojo profundo, hacía que el infeliz se viera aún más cerca de lo que estaba. Era como hacer más visible al casi invisible.

– Buen trabajo, Rima. ¿Estás aprendiendo la lección más importante? La voz de Rauel provocó un involuntario estremecimiento en el comandante y el armero.

– ¿Cuál, mi señor?, respondió Rima, volteando sus ojos en todas direcciones para localizar el origen de la voz de su amo.

– La sangre los hace más visibles. Cuando mis guerreros ataquen, la sangre los va a enloquecer y los pobres ingélicos van a ser más vulnerables. ¿Entendiste?, la voz de Rauel denotaba satisfacción.

– Sí, mi señor.

El verdugo no había perdido detalle. Él también escuchó la voz del príncipe y quiso congratularse con él. Se alistó para continuar su ataque, blandiendo un enorme cuchillo llamado cávana. Dio tres pasos al frente y giró para acercarse por un costado. Hizo dos o tres movimientos al aire y atacó con su codo, perforando uno de los brazos de la pobre victima. Rima bajaba de cuando en cuando la mirada; no soportaba ver a un ingélico de edad avanzada que no se quejara en absoluto. El silencioso reto lo sacaba de quicio.

El guerrero volvió a la carga. Esta vez usó el cávana para cortar el estómago del ingélico que se desbordaba en sangre, pero no se quejaba. El último grito que salio de su boca fue para preguntar a Jahja, su dios principal, ¿por qué?!

Rima hizo una señal para apresurar la muerte del cautivo, pero la voz imperiosa de Rauel lo impidió.

– Aún no termina la enseñanza. Falta lo más importante de esta lección. Quiero que grite mi nombre, implorando piedad antes de morir.

El verdugo arremetió de nuevo contra el cuerpo sanguinolento del infeliz. Con furia dejó ir los puños contra el pecho y la cabeza del prisionero, sin mostrar remordimiento. Saltó de nuevo y, con el codo, perforó la base de las alas, que aunque se encontraban contraídas, casi le fueron arrancarlas.

– Basta, interrumpió Rauel el castigo.  ¿Quién soy?

– Nadie, no eres nada, contestó el castigado con voz apenas audible, pero con una gran dignidad y determinación.

– Soy tu dios. Pide piedad y te la otorgaré, por medio de una muerte rápida.

– Sólo tengo un dios, Jahja y él, que todo lo ve y todo lo sabe, te va a castigar, contestó el moribundo con la fuerza de su espíritu.

– ¡Estúpido!, ¿quién crees que me contrató?, tronó Rauel con rabia, ante la negativa del ingélico.

Enfurecido y fuera de sí, desde el distante palacio en donde se encontraba, el príncipe arrancó el poste donde continuaba amarrado el infeliz. Con la fuerza de su mente lo elevó a una considerable altura, para preguntar de nuevo. Su enorme demostración de poder debía doblegar al agónico ingélico.

– Tu muerte puede ser rápida; solo di mi nombre, insistía Rauel.

– Dios todopoderoso, creador de lo visible e invisi….  El ingélico no pudo terminar su oración. En un alarde de poder, Rauel lo lanzó contra las rocas del taller, haciendo que el cuerpo quedara prácticamente adherido al muro.

– No limpien esa pared, ni lo retiren de ahí. Es una muestra de lo que le pasará a todo aquél que no esté conmigo, o de aquél que esté contra mí. 

Un vapor negro salió del taller, dejando a los presentes sumidos en el más espantoso estupor.

Rima pidió a su amigo Domir que construyera más armas y afinara el diseño de las que ya había inventado. El lanzador de objetos debía ser capaz de arrojar piedras grandes y la tropa debía contar con algo similar, de uso manual. Ofreció enviarle un grupo de ingélicos que le auxiliaran en la producción que debía concluirse a la brevedad. El asistente de Rauel no dio espacio para las preguntas, entre otras cosas, porque no habría sabido responderlas.

– Él ejército de mi señor ya rebasa los treinta mil guerreros y dispones de poco tiempo para armarlos, dijo Rima sin dar cabida a la interpelación.

– Entendido, Rima. Estarán  listas para cuando mi señor, lo requiera, aseguró Domir.

– No. Deben quedar listas antes de que lo haga, porque es necesario establecer un tiempo de entrenamiento. Rima buscó los ojos de Domir para asegurarse de que había entendido la instrucción, pero éste lo evitó para que el general no advirtiera el miedo que había penetrado hasta el fondo de su ser.

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