ENTREGA 27
Entrega 27
Entre la plática sobre los incidentes ocurridos, transcurrió buena parte del camino hasta que llegaron al pie de una cascada que, apuntó Sinué, tenía miles de años y se había formado cuando las montañas de Caz-Cor se elevaron, según aseguraban los sabios del reino.
– ¡Es enorme!, ¿la vamos a escalar?, preguntó Josul con una mirada burlona hacia su anfitrión.
– No, respondió Sinué con seriedad. La vamos a cruzar recurriendo al secreto para hacerlo.
– Dirás unas palabras mágicas y se abrirá la puerta, dijo Josul en un tono burlón que molestó a su salvador.
– No te burles. En realidad es más fácil de lo que parece. Sólo hay que saber buscar.
Al llegar al pie de la cascada, Josul pudo apreciar en toda su magnitud la enorme caída de agua congelada. Los grandes chorros de agua se congelaron formando cientos de columnas distribuidas y alineadas de tal manera, que sólo podían pasar de uno en uno. Deslizarse entre las columnas de hielo significaba una verdadera proeza. Encontrar el camino al interior del túnel interior era casi imposible, porque la maraña de columnas formaba un laberinto natural.
– Pero esto no tiene entrada, Sinué, aclaró Josul.
– Sí la tiene. Fíjate bien. Por lo regular, los intrusos buscan distraídos, mirando el suelo donde pisan. Sin un sentido de verdadera observación. El secreto está en el cielo, en los símbolos inscritos en el techo helado. Usa las manos para no caer, ayúdate con ellas en cada columna y voltea hacía arriba para ver los símbolos grabados en el techo; ellos te van a guiar hasta la puerta del camino interior. Los curiosos que vienen a este lugar curiosean, no piensan. Se cansan de buscar la entrada y se van desconsolados.
Con cuidado para no caerse, los nuevos amigos fueron observando los símbolos de la estructura superior de la cascada. Ellos les iban marcando la ruta que siguieron al pie de la letra. Después de un largo camino, lleno de giros y vueltas, llegaron a una puerta muy disimulada, desde donde viajarían en bote hasta Taras-Kas.
– ¿En bote?, si es puro hielo, comentó Josul, de nuevo con una sonrisilla burlona.
– Nunca confíes en las apariencias. El bote es un deslizador que funciona tanto en el agua como en el hielo, le indicó Sinué, antes de tomar su lugar en el bote, al lado de Josul, para tomar el timón y mostrar su dominio en el arte de deslizarse. Al frente, sólo se podía apreciar un larguísimo túnel en penumbra.
El recorrido por las entrañas de la cordillera de Caz-Cor resultó en una diversión extrema para Josul, quien nunca en su vida se había entretenido tanto. Por muchos kilómetros fueron dando giros y deslizamientos dentro del túnel, observando formaciones glaciares de miles de años de antigüedad. Hasta que finalmente un punto de luz se divisó al fondo.
– Prepárate, viene lo bueno, sugirió Sinué con sonrisa enigmática. Sinué sintió que no soportaría una sorpresa más y sintió temor ante la velocidad de salida de aquel singular vehículo. Además, experimentaba cierta incertidumbre por no saber lo que le esperaría una vez afuera de ese túnel.
– No te preocupes, lo tranquilizó Sinué. Ya has sido entrenado lo suficiente durante tu viaje, como para no soportar un pequeño vuelo. El corazón del ingélico dio un vuelco que se acentuó cuando el pequeño bote alcanzó la boca de luz y salió disparado por los aires. El hielo estaba deshaciéndose por el calor de la costa y caía en forma de cascada hacía la tierra de Zian-Dres.
Desde el aire, Josul pudo distinguir un gran caserío. Ahí estaba su destino. Por fin entregaría el mensaje. La pequeña embarcación cayó con fuerza en un ancho río que desembocaba tranquilo hasta el palacio del rey Zodiak.
Josul dirigió su mirada al cielo, agradeciendo a sus dioses por estar vivo, aunque no llegara del todo completo. El cielo dejaba ver algunas estrellas, cuando el mensajero volvió a batir sus hermosas alas.
El corno que anunciaba la llegada de extranjeros, sonó con fuerza. Varios personajes de alta investidura se acercaron al muelle para recibirlos y darles la bienvenida, deseosos por conocer las noticias enviadas por el rey Salamandra.
Josul les aseguró que, efectivamente, él era portador del esperado mensaje, pero que no lo entregaría a aquellos emisarios entremetidos y melosos, sino al mismísimo rey, en persona. Así que, frustrados en su intento por enterarse de primera mano, a los emisarios no les quedó sino guiar a los visitantes para presentarlos ante el rey. La cara de satisfacción de Sinué fue más que manifiesta. Se había embarcado en la ayuda de un desconocido y ahora le abrían las puertas de un palacio. Nada mal para un observador de las nieves.
* * * * *
Las puertas están cerradas y selladas para siempre, dijo a Rauel el demonio de la desesperación, frotándose las manos con emoción.
– ¡Silencio, idiotas!, que no hemos terminado el trabajo. Vamos de regreso al gran salón de conferencias, donde unos incautos ingélicos nos esperan. Todos en el recinto esperaban con ansia ese primer experimento.
– Que el círculo de poder no se deshaga, pase, lo que pase, ¿entendieron todos?
– Sí, mi señor, respondieron como un coro.
– Gran mente, guía mi fuerza en contra de los idiotas que están consumiendo mis viandas. Llegó el momento de hacerles pagar por ello, sentenció Rauel, y sus demonios internos recitaron palabras de poder dirigidas contra los Ingélicos que se encontraban bebiendo y bailando en los salones de las profundidades.
– ¡Tu mujer va a ser mía!, gritó uno de los ingélicos embriagado de alcohol, sustancia inventada por Rauel, para esclavizar las mentes de los más débiles.
– ¡Pues la tuya ya ha sido mía!, rió con insolencia otro de ellos.
– Todos son unos tontos, alardeó uno más. Yo soy el más inteligente de todos, porque nadie pudo notar cuando tomé el oro de las mesas. Lo único que consiguió fue que varios de ellos, igualmente estúpidos, se le fueran encima a golpes.
Entre la riña y el forcejeo, el poder de Rauel se manifestó para arrebatarles la inocencia y la ingenuidad, dos de sus posesiones más sagradas. Fue ahí que algunos incautos aprendieron que la maldad deja huellas en la piel, que duele hasta los huesos, que arrebata las ilusiones, que es un comportamiento nefasto, necesario y misterioso pero, por encima de todo, que la maldad por sí sola no puede existir y que, desgraciadamente, surge de adentro.
Rauel estaba fascinado con su poder. Los ingélicos no se daban cuenta que sus mentes estaban siendo secuestradas por alguien externo que recurrió a la fuerza del interno. Las nuevas imágenes que estaban siendo impresas dentro de las manipuladas mentes de los cuatro ingélicos, estaban llenas de nuevos sueños que jamás se borrarían por sí solos, que sólo podrían cambiar basándose en un enorme esfuerzo de reconexión interna. Una nueva forma de pensar y de tomar conciencia se estaba imprimiendo en sus mentes, para desgracia de los ingélicos y sufrimiento del planeta.
Los sueños que antes no eran importantes, provocarían un cambio en ellos para siempre. Nunca volverían a ser los mismos. Ahora sólo estaban para Rauel, el nuevo dios que sonreía enormemente satisfecho. La mente de los ingélicos secuestrados tenía, de pronto, una nueva forma de pensar, porque ahora tenían esa hambre que se transforma en diversión, hambre de sexo, hambre de poder. La competencia por destacar había nacido y nada que no fuera la acumulación de riquezas, reconocimientos y dominio podría saciar sus mentes.
– Que esos ingélicos cambien de nombre, de país y de trabajo, instruyó Rauel y prosiguió su discurso para asegurarse de que sus reglas fueran acatadas al pie de la letra. Como lo que quiero, en realidad, es tomar en mis manos todo el planeta, ellos serán mis nuevos brazos, los que no puedo usar por mí mismo. Se van a convertir en ingélicos feroces, despiadados, dóciles y obedientes a la vez. Quiero que los entrenen para que aprendan a obedecer, a matar y a morir. Tenemos oro y ellos ya lo ambicionan. Entréguenles carretadas de oro y serán los más fieles servidores. Quiero que tengan una bandera, un distintivo de su nueva patria, un uniforme, que entre ellos no se confundan, quiero que sean mis guerreros. Ellos son los que van a pelear, a luchar para ganar mi guerra. Por ese medio me entregarán el planeta. La guerra, desde este mismo instante, soy yo mismo actuando y los guerreros, mis esclavos trabajando. Todos llevarán mi color, mi bandera y mi furia. Aquél que no cumpla, será considerado un traidor.
– ¿Qué es un traidor, mi señor?, interrumpió un demonio.
– Tú, si no haces lo que yo quiera. El que esté en mi contra, será considerado un traidor; el que está a mi favor, será mi servidor, y el que no comparta lo que ahora digo, será un cadáver.
Todos los demonios se sobrecogieron de temor. Se daban cuenta de que habían despertado algo más fuerte y despiadado que ellos mismos. Ahora, no solo peligraba el planeta, sino la existencia de todo lo conocido y desconocido, de todo lo que significaba libertad y armonía. Habían surgido conceptos terribles que se estaban transformando en entidades capaces de tener masa y cuerpo. La libertad interna se traduciría en esclavitud eterna. Grilletes y cadenas para el cuerpo y el espíritu. La armonía social tendría, en un futuro muy próximo, el peso de las armas. El amor se trastocaría en odio. La compasión, en rabia infinita. La vida en Ran-Dom se convertiría en muerte y sólo quedaría la extinción. De toda esa madeja de sentimientos trastocados, sólo quedarían dos preceptos a salvo: la esperanza y la fe.
Rauel dejó instrucciones precisas a sus demonios internos. A él ya no le importaba su nueva apariencia. Abandonó su cuerpo interno para ir al lugar en donde se encontraban sus cuatro primeros esclavos. Llamó a Rima, el sirviente fiel al servicio de los deseos más oscuros de su amo, para pedirle que diseñara ropajes para los cuatro ingélicos descarriados y que fabricara instrumentos para golpear y matar. Le aclaró que los elegidos serían ahora sus soldados, por lo que deseaba que lucieran feroces y provocara miedo; que aprendieran a servir a una sola causa pero, sobre todo, ordenó que los trabajaran para que dejara de importarles todo lo que no fuera servir a su nuevo señor. Que ni aún su propia vida les fuera importante. Y Rima, dijo Rauel con el ánimo de ser puntualmente interpretado. “Quiero que se parezcan a mí.
Rima no podía levantar la vista. Su cuerpo temblaba de miedo y ni siquiera se atrevía a preguntar cómo hacer lo que le pedía su señor.
– Como ordene, mi se… se…señor.
Advirtiendo el terror que había desatado en su fiel sirviente, Rauel se prestó a calmarlo.
– No temas, Rima. ¿Cómo podría yo atentar contra mis fieles hijos?, dijo acariciándole el mentón con sus nuevas uñas, largas y negras, como sus alas.
Rima salió corriendo de la presencia de su amo, atribulado y cavilando qué sería de él. Sabía lo que el príncipe tramaba y no ignoraba que su propia vida, y la de todos, pendían de un hilo. ¿A dónde huir?, ¿a quién rezarle? No lo sabía, pero presuroso se desplazó hasta la ciudadela para buscar gente de su confianza.
– Domir, ¿cómo estás, amigo?, abrazó Rima con franqueza a su amigo.
– ¡Rima, cuánto tiempo sin verte!, le respondió con genuino regocijo.
– Así es, amigo, mucho tiempo, contestó casi de manera mecánica, para anticiparle que en el palacio estaban sucediendo cosas muy graves.
– No puedo explicártelo ahora, pero necesito tu ayuda. Tú siempre has sido muy creativo y creo que ésta puede ser tu gran oportunidad. Sin darse cuenta cabal, Rima estaba anexando a uno de sus amigos entrañables a la locura de su amo. Domir fue de los primeros contagiados y, dijeron las malas lenguas, ésos terminaron siendo los peores.
– Por ti, Rima, lo que sea. Para eso somos amigos, dijo como queriendo tranquilizar a su viejo conocido.
– Gracias, Domir. ¿Todavía tienes tu taller de herrería?
– ¡Claro!, y recién lo he equipado con unas máquinas que inventé. Vamos, asómate, te va a gustar, replicó Domir invitando a Rima a que lo acompañara.
Los dos ingélicos recogieron sus alas para caminar hacia el taller y Domir empezó a contarle cómo fue que, observando las aves que rompen huesos.
– Tú sabes que toman el hueso y se elevan a cierta altura para dejarlo caer, y se me ocurrió una idea, aunque no le encuentro uso práctico, la conservo porque me gusta y me dio mucho trabajo hacerla funcionar.
–¿Tu máquina vuela?
– No, tonto, mira. Las aves se dieron cuenta de que, si se elevaban a buena altura, podrían aprovechar la fuerza de la caída y con el impacto, podían romper el hueso para comer los tuétanos. Quise aprovechar esa misteriosa fuerza que mantiene las cosas pegadas al suelo.
– ¿Y lo lograste?, ¿cómo lo hiciste? Rima comenzó a excitarse; algo le decía que su amigo le daría lo que su amo le pedía y así, estaría en los mejores términos con él.
– No inventé algo que vuela, sino una máquina que hace volar las cosas. Aún no tiene nombre, pero ése va a ser tu privilegio.
Rima permaneció con los nervios crispados, afuera del taller. Intuía que algo importante saldría de ese encuentro. No era una coincidencia lo que sucedía, sino un plan orquestado por los poderes de su príncipe quien, cada día que pasaba, hacía crecer su poder mental. La mente del herrero ya estaba siendo manipulada sin que él mismo lo notase. Rauel al incrementar sus poderes, podía darse pequeños lujos, como investigar las capacidades innatas de los pobladores, sus debilidades y angustias, su trabajo, así como sus más profundos anhelos. La pantalla mental de Rauel le permitía ver la intimidad de su pueblo.
De esa manera, Rima sólo iba a un encuentro inducido por su amo. La búsqueda ordenada por su señor no iba a ser una empresa difícil, Rauel estaba detrás de cada paso de Rima y de todos los pobladores del hoyo.
– Adelante, empujó Domir a Rima. Te presento mi máquina. No se cómo llamarla, ¿me ayudas? El herrero se sentía un poco avergonzado por su artilugio; no por crearlo, sino porque algo en su interior le anunciaba que el artefacto podría tener un mal uso. Era algo a lo que no estaba acostumbrado, pero que el invento por sí solo denunciaba: matar.
– ¡Es una maravilla!, exclamó Rima. Pero, ¿para qué pudiere servir?, inquirió desde su profunda ignorancia de cuestiones mecánicas.
– Mira. Le voy a poner un objeto en esta cuerda. Doy varias vueltas a ese eje central, luego lo engancho a otra cuerda que se enreda en sentido contrario y actúa como resorte. El impulso que toma cuando se desenredan una de la otra es formidable. Por favor, cúbrete, voy a jalar y soltar la cuerda. Al poner manos a la acción, Domir consiguió que las cuerdas enredadas y el eje del aparato alcanzaran un ritmo de rotación increíble. Con sólo oprimir un bastón, el objeto que habían colocado en un pequeño hueco salió despedido a gran velocidad, zumbando por los aires, hasta pegar en una de las paredes del taller a la que le hizo un boquete muy grande.
– ¿Qué cosa inventaste? ¿Viste lo que le hizo a la pared?, exclamó Rima que no salía de su asombro.
– Lo sé. Por eso me da miedo, respondió Domir con pena.
Rima lo tranquilizó al asegurarle que acababa de inventar un aparato que le fascinaría a su amo.
– ¿Al rey?, quiso aclarar Domir.
– No, al príncipe Rauel.
– ¿Por qué?
– Porque acabo de ver el arma principal que van a usar sus guerreros.
– ¿Arma? Ésta no es un arma. ¿Quién quiere un arma? Las armas son para procurar comida, no para atacarse los unos a los otros. No estamos en luchas. En Ran-Dom no existe, ni existirán las luchas , respondió alarmado por el uso que su amigo quería dar a su invento.
– No estés tan seguro de ello. Creo que tú y yo debemos hablar en serio, dijo Rima, tomando a su amigo por el brazo, para conducirlo a un lugar en donde pudieran hablar con seguridad.
Domir se tomaba la cara con las manos; sus alas se achicaron casi hasta desaparecer. El miedo lo estaba consumiendo y su mente empezaba a recibir las nuevas proyecciones de realidad que implantaba Rauel en sus esclavos que, aunque aún no firmaban el contrato que los convertiría en tales, el poder y los sueños inducidos por la mente maestra del malvado, los iba a obligar, tarde o temprano, a entregar su alma al lado oscuro de Ran-Dom.
Después de mucho tiempo durante el que Rima explicó a Domir la verdadera situación, pudo comprender las verdaderas intenciones de su amo. El buen mecánico e inventor lloró, se enojó, se calmó y se puso a pensar. No había para dónde correr a ocultarse. Era preferible servirle, que morir.
– ¿Puedes diseñar más artefactos?, preguntó Rima con la esperanza de que su amigo asimilara la situación para continuar con el trabajo encomendado por su amo.
– Sí, claro, muchos diferentes, pero para un solo uso… la muerte, ¿no?
– No lo veas desde esa perspectiva tan dramática. ¿A quién le importa el uso? Lo importante es que vas a gozar de poder, riquezas y placeres. ¿Qué más puedes desear en la vida?
– La realidad es que nunca pensé en esas cosas. Vivo bien, mi familia tiene lo que necesita, los dioses me favorecen cuando les hablo. No creí que llegara a necesitar algo más.
– Pero, ahora, sí lo piensas, ¿verdad? Rima habló quedito, como lo hacían los demonios de Rauel.
Era increíble ver la sincronía que podían tener los demonios colectivos, los que se estaban gestando en todos los ingélicos y que empezaban a dar muestras de vida. Los demonios de los habitantes del reino frío estaban acelerando su incorporación a la vida de Ran-Dom, en la forma más grosera y nefasta posible: atacando a sus propios dueños.
– Ni siquiera sé qué es el poder y ya lo deseo. No conozco las riquezas y ya pienso en posesiones. Antes, solía hacer el amor a mi esposa con ternura y pasión. Desde hace unos días, sólo pienso en la mujer de mi vecino. Dime, Rima, ¿no es una locura? Hasta dejé de hablar con los dioses, confesó aquel hombre cuya resistencia natural era fuerte. Se resistía a creer en el cambio pero, desgraciadamente, él también sucumbiría a la tentación.
– Rima, dijo Rauel que no se había perdido detalla de la conversación entre los dos amigos, Domir estará listo dentro de dos días. Después de ese tiempo, va a ser tuyo. Te lo voy a entregar con un solo fin. No le des descanso hasta que todos los guerreros que se irán sumando a mi ejército estén armados y preparados para la guerra, mi guerra. El malvado estaba ya irrumpiendo dentro de la más sagrada intimidad.
– Escucho y obedezco, mi señor, dijo Rima agachando la cabeza para contestar.
– ¿Cuántos mercaderes tenemos en las cámaras secretas?
– Alrededor de cinco mil, mi señor.
– Son muy pocos, aún. Es necesario que incrementes las visitas. Ya no importa si tienen familia o vienen acompañados; toma cautivos a todos. Aumenta él número de heraldos por todos los confines del planeta. ¡Necesito un gran ejército!
– Se hará como ordenes, mi señor. Rima se alejó preocupado y tenía razón, eran muchos los secuestrados y demasiadas las exigencias del príncipe.
– Kranci, reúne a los jefes del área de construcción inmediatamente.
– En este instante, “mi señor”.
– Idiota, si aprecias tu vida, no vuelvas a nombrarme así.
– ¿Cómo? ¿Mi señor? Es una broma, no te ofendas.
– No soy yo el que se ofende.
– Entonces, ¿quién?, ¿el príncipe? No esta aquí, se encuentra ocupado en unas diligencias políticas.
– Eso es lo que tú crees.
– No me puede pasar nada, si no lo comentas, tonto general. Fueron las últimas palabras de aquel nuevo miembro de la comisión constructora. Una energía sutil, en forma de nube, llegó para levantarlo por los aires y golpearlo contra las paredes, hasta convertirlo en una masa sanguinolenta. Rauel confirmaba su omnipresencia dentro del reino. Todos cuantos vieron esa muestra de poder huyeron aterrorizados. Al día siguiente, por los cuatro puntos del reino se comentaba la forma terrible en que murió Kranci. La fama de Rauel empezó a correr más allá de sus fronteras.



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