ENTREGA 26
Entrega 26
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En las colinas del Reino de Caz-Cor, Josul se sentía muy cansado y maltrecho. Para colmo de sus males, no lograba salir de sus apuros. Pero para su fortuna, los devoradores de ingélicos no llegaban hasta esos lugares y el reino en el que estaba descansando era pacífico, como todos los pobladores de Ran-Dom, excepto Rauel y sus nuevos esclavos.
– Mira Jizs, un ingélico de las planicies del norte, qué raro, exclamó un ingélico de las nieves, dando un pequeño golpe en el hombro a su amigo, para llamar su atención.
– Se nota muy cansado. ¿Crees que necesite ayuda?, contestó Jizs, dubitativo.
– No sé. Tal vez sea mejor dejarlo descansar.
– Tienes razón. Que él se las arregle. De cualquier manera, necesita dormir, más que platicar.
Josul durmió más de catorce horas seguidas. Cuando despertó, se sorprendió al ver la soledad que le rodeaba. Las montañas de Caz-Cor se elevaban a más de siete mil metros) de altura. Aunque eran hermosas, también encerraban peligros.
– ¿En qué nuevo problema me habré metido? Siete patas no está, no tengo comida y me falta abrigo. Sin comida y sin montura ¿qué voy a hacer? Por otro lado, no puedo regresar atrás. Los zalikos y dominators seguramente estarán muy molestos conmigo.
Josul necesitaba encontrar la manera de hacer fuego y, como había perdido todas sus pertenencias, buscó algo que le permitiera hacer fuego, moviendo la delgada capa de nieve. Tuvo suerte y encontró una piedra y, aunque con mucha dificultad, consiguió encender una pequeña fogata. Calentó lo poco que traía de alimento entre sus ropas y, ya con el estómago tranquilo, pensó en un plan para seguir adelante. Observó que por una cañada que se desplazaba por la cordillera central, no había mucha nieve, ni visos de tormenta por los alrededores.
El mensajero evaluó todos los posibles pasos entre las montañas, para escoger el más fácil. La magnifica vista de los macizos rocosos le infundió valor para seguir adelante. Seleccionó la ruta que le pareció más segura y hacia allá se dirigió. Dios ayuda a los que se ayudan y Josul no iba a ser la excepción.
Un ingélico de las nieves no había perdido detalle desde su punto de observación. Su natural conocimiento de los mundos helados le dijo que ese extranjero que venía a su encuentro pronto iba a necesitar ayuda. El extraño no tenía las raquetas de las nieves, llamadas conmeras, importantísimas en Caz-Cor; tampoco se veía que llevara el traje apropiado para ingresar en ese mundo helado. No obstante, vio a Josul levantarse, tomar la única bolsa que rescató en la playa cercana, echársela al hombro y dirigir la mirada hacia el camino que eligió. En definitiva, el ingélico, aunque no parecía sensato, era un tipo decidido.
El observador intuyó que el extranjero iba a necesitar mucha suerte, o al menos unas conmeras, pues la nieve en Caz-Cor siempre es alta y guarda muchas sorpresas para los ingenuos. Y no le faltaba razón, pues a medida que Josul se internaba ascendiendo por el reino montañoso, las dificultades aumentaban. La nieve le llegaba a las rodillas; con el frío y la humedad, sus alas colgaban sobre sus hombros incrementando su peso. No tenía idea de los días que le tomaría atravesar el país, pero apartó los pensamientos negativos y desalentadores y siguió avanzando penosamente.
El ingélico que observaba divertido los afanes de aquel extraño trató de entender la situación. No tenía prisa por moverse de su sitio, ni tampoco por ayudar al otro. Solamente se divertía en aquella soledad.
Josul, cansado de caminar por la profundidad de la nieve, cambió sin darse cuenta el rumbo que se trazó en la base de las montañas y, poco a poco, se dirigía a uno de los pasos más peligrosos de Caz-Cor. La suerte del mensajero no mejoraba en absoluto y la ayuda de los dioses tampoco se presentaba.
Como el frío arreciaba, Josul consideró la posibilidad de buscar un buen refugio entre las rocas. Cuando distinguió a lo lejos unos salientes rocosos, pensó que era momento de descansar y, tiritando de frío, se acercó al probable y temporal albergue.
El observador apenas podía dar crédito a lo que veía. Pensaba que el infortunado Josul no tendría oportunidad de llegar a la base de la montaña donde sin duda le atacarían las moreiras, unos feroces animales que salían de cacería justo cuando la temperatura bajaba.
La naturaleza del planeta era pródiga con los tres reinos pero, especialmente en el reino animal, generaba criaturas muy especiales cuya existencia, era evidente, aquel ignorante y desprevenido ingélico visitante ni siquiera conocía. Como especie animal, las moreiras eran más viejas que los propios ingélicos. La evolución en la cordillera helada de Ran-Dom propició el surgimiento de estos singulares seres pequeños, voraces e inteligentes que emanaban de las aguas a bajísima temperatura, lo que les permitía adquirir una vibración energética mayor a la que manifestaban en el agua templada que las petrificaba.
Como pequeñas y peligrosas bolsas de frío, las moreiras volaban a gran altura, desde donde podían dominar mucho terreno para buscar a sus presas, que por lo regular eran pequeños roedores y aves. La presencia de un ser de mayor volumen, a todas luces cansado y desprovisto de la habitual protección, prácticamente las volvió locas de entusiasmo. Habituadas a abandonar sus madrigueras en cuanto el frío comenzaba a arreciar, su inteligencia las llevaba a propiciar que sus potenciales presas no alcanzaran refugio, ya que la temperatura caliente de sus víctimas, extraída por una piel exterior que rodeaba sus bolsas, constituía parte de su dieta. En cuanto divisaban a su presa, las moreiras remontaban el vuelo a grandes alturas para tomar impulso y caer a gran velocidad sobre su presa a la que envolvían por completo.
De esa manera simple y complicada de entender, las moreiras sobrevivieron al frío eterno. En realidad, no comían. Les bastaba robar la energía para que su masa corporal no fuera tan ligera y se las llevara el viento, pero el agua suspendida en la atmósfera de regiones más cálidas, como las de las planicies, las solidificaba. Su inteligencia les impulsó a tomar el calor para vivir en el frío, en una contradictoria manifestación del agua de Ran-Dom, que provocaba que las víctimas de esta especie murieran de hipotermia aguda e instantánea.
El observador trepado en las montañas, de nombre Sinué, pasaba el tiempo dialogando consigo mismo, apostando a que Josul no sobreviviría más de 30 minutos. Comenzó a hablar como si fueran dos personas a la vez; con un tono de voz corría al fondo de la cueva y disimulaba que era otra persona. Después, regresaba al punto de observación e impostaba la voz para contestar a quien se suponía estaba adentro y volvía a correr al otro extremo para simular de nuevo que estaba platicando con alguien más. Sinué deseaba que el ingélico durara vivo el mayor tiempo posible, para que su inesperada diversión se prolongara.
– A la cuenta de tres, las moreiras lo van a atacar.
– No, tonto, van a dejar que se acerque a las rocas.
– No, porque se va a enfriar más y así no les gusta.
– Van a provocarle miedo para que corra y se caliente.
– No, no, no. Así como está. El tamaño también cuenta.
Sinué corría de un lado a otro para hablar y contestarse. Llevaba meses sin ver a nadie.
Josul, por su parte, no se imaginaba ninguno de los sucesos que se avecinaban. Por un lado, podía morir de frío irremediablemente y, por otro, su único posible rescatador estaba chiflado y se divertía con la apremiante situación del recién llegado.
Como ingélico de honor, Josul sólo tenía en mente entrevistarse con el rey Zodiak y entregar el mensaje. Pero no pasó mucho tiempo sin que advirtiera ciertas ráfagas de frío intenso que pasaban muy cerca de él. Con sus conocimientos acerca del comportamiento del viento, intentaba encontrar una explicación lógica a aquella suerte de saetas heladas que se movían a su alrededor. Lo único que atinó fue a apresurar el paso para alcanzar una cueva entre las rocas y descansar. Se sentía extenuado y el frío se le había comenzado a hacer insoportable.
En forma coordinada, las moreiras ascendieron en espiral, hasta que una de ellas sintió que era momento de atacar y subió aún más alto. Tres de sus hermanas la siguieron en ese ataque sincronizado. Sinué, quien las conocía muy bien, pudo ver pequeñas diferencias en la textura del aire y no tuvo la menor duda. Eran ellas y el ataque era inminente. Sólo la suerte podría salvar al mensajero.
Y ésta llegó para el distraído ingélico. Al tiempo que las cuatro moreiras descendían a toda velocidad, un abismo disimulado por la capa de nieve comenzó a ceder ante el peso de Josul. Tres moreiras pasaron de largo, justo en el momento en que Josul comenzaba a hundirse en la nieve, por lo que los bichos no lograron golpearlo.
– ¡Dioses, me hundo! ¿Qué nuevo martirio me espera?, exclamó Josul, desesperado por encontrar un sitio de dónde asirse y sin percatarse siquiera del frustrado ataque de las pequeñas asesinas.
– Nunca había visto que fallaran las moreiras, se dijo Sinué dando un salto. Desde su punto de observación, vio cuando las casi invisibles alimañas fallaron en su primer intento. La ventura del extranjero estaba cambiando y era digno de apreciar sus esfuerzos por salvarse.
Sacando fuerzas de flaqueza, Josul trató de retroceder, pero su destino de ese día, aún tenía páginas por escribirse. Otra moreira se lanzó al ataque y dio en el blanco pero, para sorpresa de Josul, solo sintió que algo se le había estampado en el brazo marchito. La moreira succionó con fruición, pero por más empeño que puso, no obtuvo nada, simplemente se agotó y se soltó, rodando extenuada entre la nieve. Desgraciadamente para ella, en el brazo marchito del ingélico, desecado anteriormente por un zaliko, no había ninguna energía de qué alimentarse.
Las moreiras que aún revoloteaban alrededor de Josul, completamente desconcertadas, no se decidían a atacar. Habían visto cómo su hermana se soltó sin nada en su bolsa. Pensaban que tal vez ese tipo de seres tan extraños no tenían ningún tipo de alimento en su cuerpo. Pero no todas pensaban lo mismo, porque siete de ellas intentarían un nuevo ataque. Así que comenzaron a subir, moviendo graciosamente sus abultados cuerpos hasta quedar muy cerca de las nubes. Pensaron que tal vez por el tamaño de la presa, el alimento se encontraría a niveles más profundos, así que harían un nuevo intento con mayor velocidad y fuerza.
– ¡Por todos los dioses de mis antepasados! ¿Quién es este ingélico que parece inmune a las moreiras? Cualquiera ya hubiera quedado tieso y congelado por ellas, se dijo Sinué, a quien el estado de ánimo le había cambiado. Vio perfectamente cuando una alimaña voladora cayó en el brazo del extraño y no le provocó nada. Le bastó con sacudirse el brazo e hizo un esfuerzo para seguir adelante tratando de resolver su precaria situación. Estaba desconcertado; se tocaba el rostro tratando de descubrir si era verdad lo que veía.
Mientras, el atribulado ingélico de las planicies seguía en problemas, aunque el observador no lo notara y estuviera abstraído por la asombrosa resistencia del joven mensajero.
– ¡Me hundo!, ¡auxilio, por favor!, gritaba Josul sin darse cuenta de que una fuerza de otro orden lo estaba ayudando, aunque en ese preciso instante pareciera lo contrario.
Las siete moreiras que planearon un nuevo ataque estaban en curso. La velocidad a la que bajaban ponía en riesgo la estructura de sus cuerpos. Vibraban con demasiada fuerza y ni ellas podían estar seguras de llegar a su victima de una sola pieza. El ingélico se había convertido en una obsesión y obtener su energía calorífica era un asunto de extrema urgencia para ellas.
– ¡Demonios! Siete moreiras lo atacan. Su muerte está declarada, se dijo Sinué. Lástima, era un ingélico valiente y, por lo que pude ver, con una resistencia y fuerza que jamás había visto. Me hubiera gustado ayudarle, pero es demasiado tarde, las siete moreiras van perfectamente sincronizadas. Ahora si, nada podrá salvarlo. Sinué dijo unas oraciones por la vida de ese ingélico. Ya no se burlaba. De pronto había aprendido a respetar a un valiente. Lo que no sabía ese observador de las nieves era que Josul ni siquiera estaba enterado de lo que sucedía con las moreiras, sino preocupado por salvarse de no caer al abismo. Concentrado en sostenerse con todo y mochila, por medio del pequeño saliente de una roca, avanzaba milímetro a milímetro sin pensar en nada más.
Sinué, completamente afuera de la boca de su cueva, abrió los ojos azorado. Deseaba ver cómo las siete alimañas daban cuenta del desvalido mensajero que trataba de no moverse demasiado, cuando sentía que la nieve estaba cediendo a su peso. Las moreiras estaban a dos segundos de disfrutar un suculento platillo de energía vital.
Como si el destino desgranara sus favores en forma sincronizada, todo sucedió a un tiempo. La nieve que sostenía a Josul se hundió para dejar al descubierto un abismo sin fondo. La perspectiva para él no podía ser más espeluznante. Pero sucedió que las moreiras llegaron al punto del encuentro, sólo para empujar la mochila de Josul hacía un lado. Como consecuencia de la altísima velocidad que habían aplicado a su descenso, seis de ellas chocaron entre sí y contra las piedras recién descubiertas por los movimientos del ingélico, muriendo de inmediato por la fuerza del impacto. Las inertes bolsas cayeron hacia el fondo sin fin, rebotando entre la nieve y las rocas de las laderas. Sólo una de ellas se estampó sobre la mochila que recién habían movido sus hermanas, levantándola por los aires de manera providencial. Quizá provocado por el impacto de la moreira, por intervención de los dioses, o por las dos cosas juntas, el movimiento hizo que la correa de la mochila se enganchara en la saliente rocosa de la que Josul pretendía asirse.
Sinué seguía mirando la acción estupefacto, convencido de que los dioses ayudan a quienes se ayudan a sí mismos. Fue entonces que resolvió abandonar su postura de observador, para acudir en auxilio del ingélico. Tomando un pequeño artefacto de la pared de la cueva, se deslizó raudo por la pendiente rocosa.
La moreira que se estrelló en la mochila de Josul estaba aturdida, pero viva. Levantó lentamente el vuelo para comunicar a sus hermanas que de aquel extraño ser era imposible obtener calor; simplemente no lo tenía, o estaba equipado para no entregarlo. Las moreiras que aún revoloteaban alrededor del ingélico guardaron prudente distancia con el incomible.
Josul colgaba precariamente de la correa de su mochila y cada vez que miraba hacía abajo, se le hacía un nudo en la garganta. El oscuro fondo del precipicio lo aguardaba para enviarlo con sus antepasados, sólo que ese día, su destino tramaba lo contrario. La correa cedía lenta, pero inexorablemente. Parecía que su bolsa se empeñaba en mantenerlo vivo, pero la correa no aguantaría mucho tiempo más sosteniéndolo de la saliente rocosa.
– ¡Tú, como te llames! ¡No te muevas, voy en tu ayuda!, dijo Sinué extrayendo de entre sus pieles un extraño artefacto y se sentó tranquilo en la nieve, como esperando ayuda del cielo. Era incomprensible que alguien que veía una situación tan desesperada se limitara a sentarse, tranquilamente, a observar y tocar música con su raro instrumento.
– ¡No necesito una serenata!, ¡lánzame una cuerda o algo por el estilo!, gritó Josul desesperado ante la parsimonia de su salvador.
– Calma, la ayuda no tarda, dijo con calma el ingélico de las nieves mientras se acomodaba sobre una roca.
– Eso espero, gimió Josul cuando, con ojos de angustia, veía cómo la correa cedía lentamente.
Del artefacto con tres cornos de Sinué comenzaron a salir acordes maravillosos. Los sonidos semejaban a los de unas campanitas de cristal. La melodía era un tanto melancólica, pero tenía un efecto hipnotizante, tanto, que Josul no se percató cuando era envuelto por miles de maripositas de las nieves, que llegaron como convocadas desde las profundidades del abismo.
Todas las mariposillas emitían sonidos iguales a los que salían del instrumento de Sinué. Los timbres diferentes que emitían cada una de ellas tenían un efecto embriagador en ese maravilloso concierto natural. Josul flotaba suavemente, por la fuerza de las miles y miles de alitas salvadoras. En medio de una nube de mariposas y un gran concierto musical, Josul fue depositado con delicadeza al lado de Sinué, quien permanecía con los ojos cerrados, profundamente concentrado. Josul pasó, entonces, por un momento de intensa relajación. Lo peor había pasado y ahora necesitaba un merecido premio a su valentía.
– ¿Quién eres?, ¿cómo llegué hasta aquí?, ¿de dónde salieron tantas mariposas?, ¿no se congelan?, ¿por qué no me ayudaste cuando te lo pedí? Josul estaba molesto, confundido y acosaba con preguntas a su salvador. No sabía qué había ocurrido en realidad; sólo sabía que cuando abrió los ojos, estaba al lado de Sinué. ¿Qué magia había utilizado ese ingélico?
– Calma; ya estás a salvo. Agradece a las maripositas de las nieves porque ellas hicieron el milagro; yo sólo las llamé, sonreía Sinué ante el desconcierto del mensajero.
Josul agradeció el auxilio de las mariposas, con todo el corazón, como si se estuviera dirigiendo a Dios.
– Ahora, explícame. ¿Qué andas haciendo por aquí?, ¿no sabías de los peligros a los que podrías enfrentarte?, dijo Sinué.
– Me llamo Josul y te agradezco la ayuda. Sólo soy un mensajero del rey Salamandra. Me dirijo a la capital de Zian-Dres para llevar un mensaje de extrema urgencia. Mi señor me instruyó para que con mi vida respondiera al cumplimiento de esta misión. Un peligro se avecina en el planeta y tenemos que cooperar con todos los reinos. La vida de nuestros hijos, hermanos, amigos y gobernantes está en peligro. Como te imaginarás, lo único que deseo es cumplir con mi tarea.
– Caramba, parece algo importante, exclamó Sinué con preocupación. ¿Puedo ayudar?, dijo pensando que el peligro que adelantaba el mensajero podría atropellarlo el día menos pensado.
– Clero que sí pero, primero, dime cómo puedo salir rápido de aquí. El tiempo apremia.
– Que me perdone mi rey, pero es más importante tu misión que la mía. Yo sólo estoy vigilando y, aunque nunca he dejado mi puesto sin relevo, no creo que ocurra algo más interesante que todo lo que ha sucedido contigo, desde que te vi. Sígueme; vamos por la ruta secreta, dijo Sinué dando media vuelta y palmeando a Josul en la espalda, para ponerse en camino.
Los dos ingélicos marcharon con rumbo al este. Había una gigantesca cascada de hielo al frente y hacía ahí se dirigieron.
– ¿Notaste una especie de bolsitas de aire?, preguntó Josul queriendo ser gentil e iniciar una charla con su inesperado salvador.
– ¡Por los dioses; ellas fueron las que te atacaron!, respingó Sinué, sorprendido.
– ¿Me atacaron? No, no es así. Tal vez estés confundido. Yo me refiero a unas pequeñas ráfagas de aire muy curiosas, replicó Josul tratando de dibujar con sus manos cómo eran y qué tamaño tenían lo que describía como bolsitas de aire.
– Se llaman moreiras y se alimentan del calor corporal. Y te atacaron.
– Ni me atacaron, ni me quitaron calor. Este brazo desecado no es producto de las moreritas.
– Moreiras, se llaman mo-re-iras, deletreó Sinué, sin dar crédito a lo que escuchaba de Josul. Él fue testigo y le parecía increíble que el ingélico no se hubiera percatado del ataque.
El mensajero le contó el episodio en el que uno de los trece miembros de un zaliko lo prendió del brazo hasta secárselo, y Sinué le narró de nuevo el ataque que había sufrido por parte de las moreiras y que él mismo había atestiguado. Si Josul lo creía o no, era cosa suya, pero el cuento del zaliko lo intrigó aún más.
– Me salvé por una estupidez, relató Josul, como quien no da mucha importancia a sus propios accidentes.
Las aventuras de Josul tenían a Sinué sin habla y saltando de una sorpresa a otra. Así fue que le contó cómo fue a dar a la guarida del zaliko, justo cuando sus trece miembros salieron en su busca, después de que su galindro había sido atacado por una araña de los pantanos. A estas alturas del relato, Sinué comenzó a pensar que estaba frente a un ingélico inmortal.
No bien salía de su asombro, el observador de las nieves se enteró que un dominator quiso almorzarse a su galindro y cómo fue que ambos se desplomaron para caer exactamente sobre el cuerpo madre del zaliko, que no pudo defenderse de la golpiza que Josul le propinó con una piedra.
Sin duda, y a los ojos de Sinué, aquél no era un simple mensajero, sino un personaje realmente importante. Cuando pensó que los dioses ayudaban a los que se ayudaban a sí mismos, supuso que todos los favores del planeta los estaban volcando en un solo ingélico. La narración del episodio con el brazo del zaliko que le desecó el brazo le pareció como un atisbo de lógica en toda esa locura.
A Josul le extrañaba que su reciente amigo insistiera tanto en el ataque de las moreiras, cuando él sólo había percibido, si acaso, una pequeña bola de frío que rozó su brazo.
– ¿Existe alguna protección contra el ataque de las moreiras?, preguntó Josul
– ¿Ves esta piel de rabinok? Pertenece a unos animales que se defienden en forma natural, con los pelos, que son como agujas. Las moreiras no atacan sobre una piel de rabinok porque se desinflan, pero tú, con dificultad traes un raído ropón. Claro que te atacaron porque te vieron indefenso pero, definitivamente, no sé cuantos son los dioses que te cuidan.
– Ni cuenta me di, respondió Josul con ingenuidad.
– Pues vaya suerte la tuya porque otro, en tu lugar, ya estaría congelado o muerto después de tantos ataques.



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