ENTREGA 24
ENTREGA 24
LAS SOMBRAS
Al principio, cuando Rauel y sus comandantes internos probaban sus fuerzas, lo hacían solamente con ingélicos dañados de sus facultades mentales, enfermos incapaces de darse cuenta cuando su mente era abducida. En la medida en que tenían logros más importantes, los malvados se animaron a probar con personas normales. Los resultados eran alentadores y para ellos llegó tiempo de intentar la prueba suprema, según lo entendió Rauel. Los súbditos leales ni siquiera sospechaban de las intenciones del príncipe, mucho menos los padres de éste, que seguían soñando con el maravilloso hijo que tenían y a quien heredarían un reino fuerte, noble y próspero.
A iniciativa del príncipe, los soberanos del Reino Frío enviaron por todos los confines del planeta a heraldos que comunicaban nuevas bondades comerciales. La invitación para visitar el Reino Frío se convirtió en un atractivo para comerciantes y para más de algún aventurero que gustosos aceptaron acudir a ese extraño y enigmático país.
Molian, primer embajador del Reino Frío, se presentó en la casa principal de Taras-Kaz, capital de Zian-Dres, para extender a la concurrencia ahí reunida la invitación a que visitaran su país, a cambio de importantes ventajas.
–Todos saben que nosotros somos mineros, comenzó a decir el elegante claro de modales cursis. También saben que necesitamos del comercio para obtener alimentos como los suyos. Nuestro rey ha prometido que, si logramos un fluido intercambio, la prosperidad será más grande que ahora. Por otra parte, estamos dispuestos a pagar un tributo en comida para los visitantes; aclaro que sólo mientras duran los intercambios comerciales en nuestro país.
– ¿Cuáles son las condiciones para viajar?, inquirió el más interesado de los namburis.
–Tenemos una oferta interesante. Debo aclarar que, para las primeras operaciones, ustedes se encargarán de transportar todo lo necesario. Nosotros aún no tememos experiencia para la transportación de gente y mercancías. Con dificultades nos podemos trasladar nosotros mismos, dijo el heraldo cuidando sus exagerados modales.
– Los corcobados que necesiten utilizar para transportar las mercancías, los vamos a comprar para realizar nuestro propio proyecto y será pagado su peso en oro. El oro es el metal sagrado para rezar a sus dioses, así que les prometo que lo tendrán a manos llenas. El heraldo giraba con modales muy estudiados, dirigiéndose a todos los curiosos que estaban a punto de caer en la trampa.
– ¡Bravo! Si, queremos ir al hoyo, gritaron algunos. El entusiasmo desbordó ese día las calles de Taras-Kaz. Namburis, costeños y miembros de diferentes tribus alzaban los brazos con emoción.
– Mi señor: tu mensaje fue bien recibido. “Zian a va tuyo y ser-Dres”, decía el escueto mensaje cifrado que Molían redactó y envió por medio de una de las aves mensajeras de la costa. Rauel y su heraldo habían acordado que en caso muy necesario se comunicarían con mensajes en clave para que nadie en Zian-Dres se enterara eventualmente del contenido y de lo que en realidad decía: “Zian-Dres va a ser tuyo”
– ¡Imbécil!, tronó Rauel rompiendo con rabia la carta enviada por su emisario. La paloma mensajera corrió con menos suerte que el texto impreso en piel. Con el rostro congestionado por la ira, como si estuviera a punto de explotarle, Rauel tomó entre sus manos a la paloma para despedazarla y untarse con su sangre, en un gesto por el que manifestaba su desprecio por la vida natural.
– Molian no debe regresar al Hoyo. Puso en riesgo la misión al utilizar pájaros mensajeros de la costa, para eso le entregué mis aves. Envía a uno de los petros por él. El Ministro del exterior se puso pálido. Los petros eran uno de los tantos engendros diseñados por el príncipe.
En una de sus locas ocurrencias, cruzó perros domésticos con animales salvajes, parecidos a los lobos. Encerrados en jaulas que no les permitían caminar más de dos o tres pasos, los golpeó con varas llenas de espinas durante meses; los mantuvo casi muertos de hambre, los torturó privándolos del sueño y los enloqueció con drogas para convertirlos en gestores de las tareas más ingratas: limpiar el reino de los “malos elementos”, o sea, todos aquellos que él juzgaba como inadecuados. Un ejemplo claro de cómo no debían hacerse las cosas, lo acababa de realizar el heraldo enviado por él. La mala manera o el poco entendimiento a sus instrucciones, había puesto en riesgo el absoluto secreto que necesitaba antes de lanzarse a la guerra. La manera ejemplar como trataba a sus sirvientes, le ganó el mote de “Cazador”.
Soltar un petro cebado con el olor de la víctima, aseguraba que lo encontraría aunque se escondiera en los confines de Hiprosed. El petro que buscaría a Molian se llamaba “Hasta desangrar”.
– ¡“Desangrar”, ven aquí, con tu papi!, llamó Rauel a su petro consentido. El híbrido animal estaba subyugado por su amo y servirle era su única necesidad en la vida. En más de alguna ocasión “Hasta desangrar” estuvo a punto de morir en las jaulas, torturado por sus carceleros. Rauel le hizo creer que en esas ocasiones cuando la inanición lo estaba matando, él lo estaba salvando de la muerte. Varias veces lo llevó hasta sus habitaciones para cuidarlo y mimarlo. Cuando el petro pudo caminar por propia pata, Rauel lo envió de nuevo a las celdas del hoyo más profundo de su reino, para comenzar la tortura de nuevo, repitiendo el ciclo en varias ocasiones, hasta que al cabo de muchas experiencias tortuosas, al petro le quedó muy claro a quién debía su eterna lealtad.
“Hasta desangrar” podía durar semanas sin comer ni beber; el recuerdo de tantas salvaciones por parte de su amo le llenaban de fuerzas sacadas de su propio interior. Por mínimo que fuera el rastro de su víctima, el petro lo iba a encontrar y a seguir por todo Hiprosed. “Hasta desangrar” no descansaría en tanto no tuviera el cuello de Molían entre sus colmillos. Los días del heraldo estaban contados y aún no estaba enterado. El emisario del reino frío se encontraba riendo, bebiendo y comiendo en las hospitalarias casas de Taras-Kaz, ajeno a su cercana desgracia.
Esa mañana, antes de soltar a su petro, Rauel le dio a oler una prenda de Molían. El príncipe era un ingélico demasiado astuto y guardaba celosamente objetos de sus súbditos, por si era necesario actuar contra ellos. Todos sus sirvientes estaban comprometidos a morir, si así lo consideraba necesario su príncipe, y todos habían sido despojados de alguna prenda de uso rutinario.
Rauel se había asegurado de la obediencia de sus súbditos. Así, con la implantación del terror, había comenzado el reinado del “gran cazador”. Bastaba que de sus labios saliera la palabra “Busca”, para sellar la suerte del heraldo indiscreto.
El petro salió corriendo en busca de Molían. No importaba si lo conocía, ni la lejanía, ni otra cosa que no fuera obtener la satisfacción de una caricia de su amo al regresar. “Hasta desangrar” se alejó de su amo, ansioso ya de quedar en alta estima con el cumplimiento de su misión. Él sabía que si regresaba triunfante, su amo le mimaría y cuidaría hasta quedar satisfecho de tantas caricias. ¿El cansancio?, cosa menor, comparada con la atención de su amo.
– Mi señor, están llegando algunas personas de las montañas, dijo Rima, aproximándose al príncipe con cautela.
– ¿En dónde se encuentran?, respondió Rauel sin dignarse siquiera voltear a ver a su subordinado.
– En la cresta, mi señor.
– Bien. Separa a los jóvenes solteros, a los viejos y a las mujeres. Sólo a los comerciantes fuertes no los toquen. De los grupos separados, investiga a quienes no traen parientes, ni amigos. Cuando se aseguren que las personas seleccionadas no tienen quién los busque, ni los extrañe, llévenlos a la parte secreta. No quiero que los torturen, ni les peguen. Al contrario, quiero que los alimenten y los cuiden como si fueran las personas más importantes del reino. ¿Entendiste bellaco? Rauel tenía muy claro cómo debía llevar a cabo su plan. Poco le importaba que sus subordinados lo entendieran.
La primera etapa del plan de Rauel se desarrollaba en secreto. Nadie, ni siquiera gente cercana a él, sospechaba del macabro plan de control. Rauel se había asegurado de separar su estrategia en varias etapas aisladas. Así, cada vez que requería ejecutar una de las fases del plan, llamaba a diferentes personajes leales, para comunicarles sólo la parte que le competía. El plan maestro solo él lo sabía, nadie más.
Los nuevos placeres de Ran-Dom se reunían en torno a una sola mente, un solo punto trabajando para lograr el sueño inducido. Una mente poderosa que se entrenaba para esclavizar al prójimo trabajaba bajo la superficie del planeta, en lo profundo del hoyo frío. Paradójicamente, la maldad de Ran-Dom nacía de lo más profundo de Rauel, siniestro personaje poseedor de un “corazón frío”.
La mente de los secuestrados estaba a punto de llenarse de imágenes que no correspondían a la realidad. Nadie sospechaba que esos placeres eran el arma más inteligente jamás creada: el control de las mentes. En el futuro, después de millones de años de evolución, no sería inventada un arma de control más eficiente, que ésa que ya comenzaba a ejercerse sobre los ingélicos de Ran-Dom.
– Mi señor, en la cámara secreta están treinta jóvenes de Zian-Dres que no tienen padres.
– ¿Huérfanos?, perfecto, exclamó Rauel mesándose la barbilla, muy complacido. Nada podría ir mejor.
– Los dioses están con mi señor, profirió el atolondrado sirviente que llevó la noticia y quien creyó haber adulado a su amo. Desgraciadamente, no tendría tiempo de arrepentirse y pedir perdón.
– ¡Imbécil, yo soy Dios!, gritó Rauel lanzando un golpe que precipitó al vacío al infortunado sirviente, por el hueco de una ventana. El ruido de los cristales rotos llamó la atención de quienes se encontraban cerca. Los acompañantes del mensajero no atinaron a moverse o decir algo, el terror que comenzaba a irradiar el príncipe los mantenía paralizados. Solo unos pocos sobrepuestos al terror corrieron a levantar el cuerpo para llevarlo con sus familiares. Rauel sólo miraba el despojo tirado en el mármol, sin mostrar ninguna emoción.
– Lleven comida, mujeres y oro a los jóvenes; ese metal produce efectos mágicos en cualquier ingélico. Creo que es mejor si los músicos tocan como si fuera una fiesta en su honor. No quiero que piensen en otra cosa que no sea la alegría, la felicidad y todo lo que sea contrario a la realidad que van a vivir. Los sirvientes que lo escucharon, no pudieron evitar que un escalofrío les recorriera el cuerpo. Hacerlos felices para destruirlos después, era en verdad escalofriante.
– Cuando pasen ocho semanas y estén cansados de gozar, me informan. Será el mejor momento para actuar, instruyó Rauel recostándose en un mullido sillón, como si no hubiera hecho nada de qué arrepentirse.
La servidumbre femenina se aprestó a despojarle de sus ropas para asearlo. El príncipe quería lucir pulcro y bien vestido para que los demás lo apreciaran por su riqueza e impecable apariencia.
Un joven namburi, embriagado por la bebida que le obsequiaron, presumía a un compañero la forma en que se había hecho de mucho oro, intercambiándolo por sus familiares que, en cuanto él se los solicitara, acudirían en su búsqueda. Fue la primera ruindad cometida por codicia. Como en una grotesca competencia, alentada por varios días de holganza, glotonería y bebida, otro namburi lanzó puyas al vecino, al decirle que su mujer era mucho más bonita que la suya, lo que provocó su ira. A uno más le dio por alardear sobre la exquisita calidad de sus vestiduras, en tanto que otro paisano, con la mujer ajena tomada del brazo, pregonaba con arrogancia su influencia sobre las mujeres, provocando la rabia del marido de la dama y dando pie al nacimiento de los celos. El trabajo de Rauel iba viento en popa.
Pronto, los cuatro visitantes se enfrascaron en una violenta polémica por banalidades, que los estaba llevando al terreno de la pelea feroz y, con ello, a la consecución de los planes de Rauel. La armonía estaba escapando de Ran-Dom. La envidia, la competencia, los celos, la vanidad y soberbia, todos sentimientos nuevos en el planeta, estaban haciendo su aparición, para beneplácito de Rauel que veía cómo la energía oscura iba agigantándose.
Complacido por el desenvolvimiento y cauce que iban tomando sus planes, Rauel ordenó a Rima que le allegara sus ropas ceremoniales. Debía ir a su cámara secreta y demandó que a nadie se le permitiera la entrada. Tenía prisa por iniciar la aventura más excitante de su vida, que consistía en despojar a otra persona de su mente. Dicho objetivo se había convertido en su proyecto de vida.
Con tan puntual encomienda, Rima permaneció en el umbral de la cámara, dispuesto a defender con su vida la intimidad de su amo quien, más precipitado que de costumbre, consiguió conectarse rápidamente con sus demonios interiores a quienes creía haber sometido hasta convertirlos en sus lacayos.
En tropel desordenado y ruidoso, los demonios irrumpieron en el salón de conferencias y Rauel pidió que se agruparan en torno suyo, y así lo hicieron. El inicio de la gran guerra original estaba por comenzar.
– ¡Fuerzas mías, os necesito! ¡Gran poder interior ven a mí! ¡Rauel, dios de mis dominios, levántate para que comencemos la gran tarea! Las palabras que Rauel pronunció, tuvieron el efecto deseado. Los demonios interiores del príncipe se pronunciaron como los vasallos de las fuerzas oscuras. Los primeros jinetes apocalípticos estaban siendo gestados en lo más íntimo del ser más oscuro de Ran-Dom: el Cazador de mentes.
A causa de esos constantes viajes a su interior, todo el ambiente dentro del príncipe cambió drásticamente. Los demonios que momentos antes tenían el rostro sonriente, casi igual a su dueño, se volvieron seres oscuros, negros, con cambios físicos notables. Cada uno de ellos manifestaba una característica física con relación al trabajo que ahora realizaban. Por ejemplo, al demonio de la vanidad se le podían ver miles de ojos flotando, como mosquitos alrededor de una lámpara. Los ojos voladores flotaban alrededor de su amo, sólo para hacerlo sentir que estaba en permanente contemplación. Él era el dueño de los ojos y en su nombre estaban indicados sus gustos y placeres. Para el demonio de la vanidad no existía nada más placentero que la contemplación de sí mismo.
El demonio dedicado a la dualidad, al manejo de los opuestos, le crecieron dos cabezas, una grande con voz suave y melosa, y otra más chica, con voz estridente y chillona. Cuando una cabeza actuaba, la otra permanecía en silencio, hasta que le tocara realizar su labor. Así, alternando sus acciones, las cabezas emergían o se achicaban, haciendo coincidir las tareas de los opuestos. Cuando ambas cabezas desempeñaran al máximo su labor, reinaría la confusión.
La apariencia original del demonio de la arrogancia era de estatura normal, pero cuando se involucraba en su trabajo, sensiblemente decrecía hasta quedar como un enano. Este demonio trabajaba en el interior de un recinto con tres rampas resbaladizas por las que intentaba subir, repitiéndose a sí mismo: “Yo puedo solo, no necesito ayuda”. Para su desgracia, las rampas estaban llenas de arena que complicaban su ascenso y le obligaban a caer y levantarse, una y otra vez, sin percatarse de que en el mismo recinto había una puerta abierta, por donde por donde podría salir fácilmente. Uno a uno, todos los demonios fueron adquiriendo pequeñas diferencias, para permitir el reconocimiento de cada cual en sus respectivos trabajos.
Como todo ingélico, Rauel tenía un cuerpo más o menos translúcido, pero a causa del tenebroso trabajo que había comenzado a realizar en su interior, su piel fue adquiriendo una gama de tonalidades oscuras. Sus alas estaban deformes, marchitas y sombrías, sin las nítidas líneas de plumas que caracterizaban a los de su raza. En el futuro, cuando el mal estuviera asentado en el universo, sus nuevas alas representarían las de los bebedores de sangre. Sus ojos de color claro, como los de su familia, tenían ahora una pupila vertical, como semillas de mamey, que inspiraban el más profundo terror.
El Carcelero de las almas, un demonio jorobado y contrahecho, se acercó con timidez a Rauel para indicarle que había llegado el momento de cerrar las puertas que les estorbaban, según quedó estipulado en las condiciones iniciales. Este carcelero fue la primera manifestación de la fuerza interior de Rauel y había venido siendo entrenado para viajar de un cuerpo a otro, para ir cerrando las puertas de esa libertad que no volverían a disfrutar muchos de los seres de la creación. Las puertas del corazón y la conciencia quedarían selladas por aquel ente depredador dotado también con el don de la multiplicidad.
– Vamos a ese lugar, dijo Rauel con una voz tétrica y atemorizante, para sorpresa de los moradores de su cuerpo que advirtieron cómo la voz del amo había bajado su tesitura.
Rauel no se daba cuenta aún del cambio físico de su cuerpo y su alma. Sin preguntarse el porqué del cambio de todos los demonios, simplemente se levantó y caminó detrás de sus lacayos que lo conducían a través de su cuerpo. Caminaron apretujados. por conductos que estaban dentro de su cabeza, entre glándulas y circunvoluciones, para finalmente bajar a través de unas escaleras de caracol que se encontraban a la altura del cuello. Todo el trabajo previo se había realizado dentro de la mente, en el cerebro, en un enorme salón contenido dentro de la cabeza de Rauel.
Cuando el espeluznante séquito bajaba por la escalera rumbo al tórax del príncipe, un pequeño incidente detonó otras acciones inesperadas para los demonios. A causa del barullo y del limitado espacio en que se movía la horda de demonios, Rauel tropezó con un escalón suelto y se precipitó al vacío. Desesperado porque nunca esperó un accidente dentro de su propio cuerpo, batió sus alas en un movimiento reflejo y, al hacerlo, recibió la sorpresa de su vida. Sus alas ya no eran las de un ingélico normal, sino deformes, pequeñas y oscuras. El reflejo que vio en uno de los últimos cristales que mantenían iluminado su interior, lo aterrorizó.
– ¡Dioses! ¿Qué he hecho? ¿En qué me he convertido? Soy un monstruo aterrorizante. ¿Cómo podré presentarme ante mis padres así?, expresó el príncipe cuando intentó volar con miedo y se desplomó justo en la base de la escalera de caracol, rebotando de manera grotesca. Avergonzado, se levantó rápidamente y se recostó en los escalones, cubriendo horrorizado su rostro. Al tocar su cara para secarse las lágrimas de desencanto que resbalaban por sus mejillas, su tacto percibió también los cambios que también había experimentado su cara.
– ¿Cuántos horrores habré cometido para cambiar tanto?, se preguntó al tiempo que sus garras lastimaron su rostro. No sabía qué actitud tomar. Las evidencias que su cuerpo le enviaba eran contundentes. Ya no era más un ingélico normal.
Con la costumbre que mantendría hasta el final de los tiempos, el demonio de la mentira le habló al oído, asegurándole que no todo estaba perdido.”Tienes todo por ganar, incluso, la mejor apariencia que jamás te hubieras imaginado. Para esto nos hemos preparado, mi señor”, acotó cauteloso el demonio de la demencia.
– Dime todo lo que sabes, demandó Rauel al demonio, tomándolo por el cuello con rabia.
– Primero, debemos cerrar las puertas que nos estorban, mi señor.
– Está bien. Pero te advierto que, si fallas en lo que dices, todos ustedes van a desaparecer, respondió Rauel quien, de alguna manera, no quería dejar el camino que había iniciado. Miles de nuevos demonios estaban en camino de ser creados y no quería, por ningún motivo, perder tan magnifica oportunidad de poder. Todos, los nuevos y los que aún no nacían, pugnaban por cerrarle los conductos de la conciencia que aún estaban conectados al terreno del corazón, que era escabroso para esos moradores inquietos y ruidosos.
–Tenemos qué llegar al lugar más tenebroso de nuestro cuerpo, sugirió uno de los demonios que ni siquiera se atrevió a pronunciar el nombre del sitio.
– Creo que sé a lo que te refieres y que tanto te atemoriza. Ese lugar impronunciable me espera y yo… ya no puedo retroceder. Rauel, por fin, expresó su más profunda verdad, así que el grupo siguió bajando por los escalones, hasta llegar a una enorme gruta que, por más que se esforzó, no consiguió reconocer.
– ¿En donde nos encontramos?, preguntó Rauel al demonio más cercano.
– En tu pecho, mi señor, pero te pido de rodillas que no entremos ahí, dijo el demonio de la cobardía con un patético gesto, indigno de un demonio de la oscuridad..
Con la seguridad de quien ostenta el liderazgo y no está sujeto a las opiniones de quienes considera inferiores, Rauel avanzó introduciéndose en la oscuridad, perdido entre la infinidad de túneles que confluían en ese lugar. Tomando valor, escogió el que se veía tenuemente iluminado por los destellos de los últimos cristales que aún no se habían derretido y que marcaban un sendero apenas visible.
– Ese túnel es peligroso, mi señor, se atrevió a exclamar el demonio de la inseguridad. La luz que aún emanaban las joyas de Rauel lo intimidaban. No se sentía seguro en la luz y esperaba a que la oscuridad se apoderara por completo del cuerpo por el que transitaban.
– ¡Cobarde!, le espetó Rauel en tono humillante. ¿Por qué temes a la luz? Para lograr la oscuridad sólo basta con apagarla.
– Es que… la luz puede destruirnos, mi señor…
– No lo creo. ¿No te has dado cuenta de que estamos ganando la batalla? ¿No has advertido que juntos estamos derritiendo la fuente de iluminación? Yo también temo a mi luz, porque pierdo el poder que nos hace invencibles. No temas, yo te voy a proteger, que para eso estoy aquí, dijo Rauel en un inédito gesto de ternura, para confortar a su pequeña creación.
– Gracias, mi señor, a tu lado me siento seguro. Por favor, nunca me abandones, expresó el diablillo tropezando al tratar de besar la mano de su amo.
–¡Levántate, miedoso de pacotilla! ¿Cuál es el camino que lleva hasta la raíz del miedo?, preguntó Rauel sin mirarlo.
– Vamos caminando por él, mi señor. El desgraciado demonio ya no sabía si temer más a su amo o al lugar prohibido.
Siguieron caminando por túneles y cavidades gigantescas. El cuerpo de Rauel parecía eterno, lleno de paisajes espectaculares y formaciones naturales muy parecidas a las de su propio reino. En cada rincón y en cada grieta o recoveco, aparecía un nuevo demonio.
El poder del príncipe se agigantaba segundo a segundo. Muchos de los demonios que constantemente aparecían frente a él, eran de reciente creación. Ese movimiento interno, además de llevarlos al lugar de sus más profundos miedos, tenía la particularidad de generar nuevos demonios que Rauel invitaba a seguirle. Todos entendían que se necesitaba su fuerza y energía para lograr sus fines, por lo que la invitación era bien recibida por todos.



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