ENTREGA 23
ENTREGA 23
Los zalikos son animales muy complejos y difíciles de evadir, a causa de los trece sub cuerpos que pueden separarse a voluntad. Cada una de las partes separadas puede ser independiente y están capacitadas para cazar a su víctima de manera individual o en conjunto. Los trece miembros corren de manera independiente y pueden moverse a gran velocidad, reptando como las víboras o enrollándose en sí mismos para transformarse en una suerte de ruedas, capaces de alcanzar velocidades verdaderamente increíbles.
Cuando un zaliko tiene hambre, la presa elegida no tiene escapatoria; no es cuestión de suerte, porque la salvación no existe. Puede ser que el cuerpo se desmiembre para convertirse en una jauría hambrienta y, como si fueran un equipo de caza, persiguen, acorralan o cansan a su presa. El cuerpo en donde está la boca, también tiene grandes capacidades depredadoras. Aunque el cuerpo madre no puede desplazarse a gran velocidad, de los vórtices que aprietan los trece miembros separantes surgen tentáculos de hasta 2 o 3 metros. Los tentáculos pueden salir despedidos a una velocidad tal, que las víctimas no pueden reaccionar con la rapidez suficiente para evadirlos. La parte más apetecible para los zalikos es la energía. De ahí, su necesidad de tocar o envolver a las presas. Los zalikos no matan por desangrado, producto de una herida, o por asfixia cuando estrangulan con sus tentáculos; ellos simplemente absorben la energía vital de sus víctimas. El miedo, la angustia y el estrés son la señal que detona el ansia asesina del animal.
– Siete patas, cuando te lo indique, corre lo más rápido que puedas, dijo el ingélico intuyendo la muerte de ambos. Los recuerdos le decían que nunca debió abrir la boca para burlarse de aquel ingélico desgraciado. Ahora, su muerte tendría consecuencias terribles para el futuro de su pueblo. La carta que debería entregar en la tierra de la costa oriental no llegaría. Su misión fracasaría, antes de que alguien pudiera hacer algo más para preparar la defensa de Ran-Dom.
El sonido de algo que salió veloz de la madriguera, azotó la cara de Josul. Con el zumbido venían amenazas de muerte que no podía dejar de lado. Y, hablando muy quedo a la oreja de su montura, le hincó las botas para que saliera disparada en dirección al hoyo del zaliko. Grave error. La salida y su probable salvación estaban en dirección opuesta. ¿Quién estaba enviando al mensajero hacia la muerte? Los impulsos que estaba siguiendo Josul eran parte de las consejas de su corazón. ¿Seguir esos impulsos era lo correcto?
Los trece miembros del animal emergieron a la superficie, por trece orificios escarbados en la parte baja de la loma. De manera sincronizada, mientras los miembros salían, Josul caía por la boca de la guarida. En un golpe de suerte loca, los tentáculos no lo ubicaron de inmediato y siguieron cuesta abajo, en una frenética carrera, buscando inútilmente el rastro dejado por su potencial víctima. La naturaleza valiente del ingélico le estaba dando un arma impensable para salvarse. El miedo a la muerte fue sustituido por la necesidad inmediata de sobrevivir.
Por eso, cuando Josul iba cayendo, dando traspiés entre las paredes del hoyo del cono, el miedo se transformó en coraje y éste le ayudó a tomar decisiones.
Su mente se concentró en buscar un lugar en dónde aterrizar a salvo. Pese a lo rápido de las acciones, siguió pegado a su montura que bajaba trompicándose por lo pronunciado del descenso. Entre las penumbras y la bruma del lugar, pudo divisar un pedazo de material que parecía suave o, al menos, un poco más blando que el suelo. Y no se equivocó. El cuerpo central del zaliko era bastante mullido y ahí fue donde aterrizó. A consecuencia del tremendo encontronazo entre galindro, mensajero y monstruo, el zaliko se llevó la peor parte y perdió momentáneamente el sentido.
– ¡Qué trancazo!, se dijo Josul. Qué suerte que caímos sobre… ¿qué diablos es esto? Después de levantarse y sacudirse un poco el polvo, Josul se puso a investigar lo que amortiguó su caída y que, de alguna manera, les había salvado la vida. El galindro se incorporó más nervioso que su amo; sin embargo, se quedó quieto observando las acciones. El lugar estaba muy oscuro, pero Josul se fue acostumbrando a la penumbra, hasta que pudo divisar lo que detuvo su caída.
– ¡Por los dioses!, ¿qué es este engendro?, se preguntó el ingélico cuando el zaliko estaba tratando de incorporarse y sacudía su cuerpo para despertar. Los tentáculos que comenzaban a salir indecisos de los huecos del animal asombraron a Josul, quien armado con el valor natural de su linaje, se abalanzó sobre el animal.
– No soy yo tu comida del día. No sé qué eres, ni cómo te llamas, pero yo no soy alimento de nadie; al menos, no hasta que mi misión haya sido cumplida. Con una enorme piedra, Josul arremetió contra el monstruo que trataba de incorporarse; lo golpeó una y otra vez con rabia incontenta, hasta que se aseguró de que el zaliko estaba muerto.
– Aguanta, amigo, pronto saldremos de aquí y voy a buscar ayuda para ti, se dirigió a Siete Patas que temblaba por la fiebre que lo había atacado desde hacía un buen rato. Atontado por el efecto del veneno, no podía ayudar a su amo como hubiera querido. Josul estaba cansado, jadeando como si hubiera escalado la cima más alta de Ran-Dom
Mientras, afuera del montículo, los trece miembros separados del zaliko buscaban infructuosamente a su posible víctima. El hambre era mucha y la rabia por no encontrar a su presa, también. Como equipo de caza que era, en conjunto abandonaron la búsqueda para regresar a su cuerpo madre. Algo no estaba bien con las señales mentales que su guía debería estar enviando constantemente.
Josul aún estaba dentro de la guarida buscando cómo salir, cuando el primero de los trece miembros llegó. La sorpresa de encontrar sin vida a su cuerpo madre provocó en ellos una rabia infinita, combinada con el más profundo desconcierto. Las ansias asesinas naturales en ellos se exacerbaron de tal manera, que cuando uno de los miembros entró demasiado rápido a la guarida, chocó de manera involuntaria contra dos miembros que estaban olfateando el rastro del asesino de su madre. El choque no agradó a ninguno y se enfrascaron en una lucha sorda, de la que el único ganador por el momento era Josul.
El ingélico tomó las riendas de su galindro y, caminando despacio, lo jaló, guiándolo por una abertura que rogó a los dioses permaneciera limpia de miembros sueltos. Una vez afuera, montó en Siete Patas y lo invitó a escapar, dándole palmaditas en el cuello. El galindro respondió mostrando su coraje al correr como si no estuviera muriendo.
Los sordos gruñidos de las partes separadas del cuerpo madre peleando acicatearon sus ansias de supervivencia. Tres de ellos dejaron de pelear cuando vieron huir a Josul y se hicieron a un lado. Como poseídos por el más fiero demonio de Ran-Dom, los tres miembros hermanos salieron en busca de tan escurridiza presa. Transformados en ruedas para alcanzar la mayor velocidad, rodaron en tres direcciones distintas para acorralar la comida y al asesino de su madre que huía entre la niebla, como quien huye de la muerte. Al pasar por una estrecha cañada, ambos, galindro y mensajero, pudieron escuchar los sonidos que emitían los miembros que los perseguían. El valiente mensajero no podía verlos por lo espeso de la niebla. Tenso, trataba en vano de ubicarlos por el sonido, cuando uno de los atacantes que lo acosaban les cayó encima. El ingélico sólo alcanzó a tapar su cara con el antebrazo, mientras acicateaba las costillas de su montura.
El miembro se prendió con fuerza al brazo de Josul y pudo ver cómo iba siendo consumido. La boca del miembro succionaba con fuerza la energía vital de Josul quien, por más que intentaba, no podía quitárselo de encima. Sólo hasta que el brazo del ingélico se marchitó como una flor sin agua, prácticamente desecado, el atacante se soltó para dar paso a uno de sus hermanos.
Josul, impresionado y dolorido, espoleó a su montura para que corriera con más rapidez.
Siete patas galopaba con el alma saliendo de su cuerpo. Sólo él sabía lo que le ocurría y lo que le dolía. Al igual que Estrella en el anca lo hizo años atrás, Siete patas luchaba por la vida de su amo.
Los dos miembros restantes brincaron encima de ellos, justo cuando el galindro sintió que sus patas ya no estaban tocando el suelo. Sin darse cuenta, por la lucha que sostenían, en medio de un mar de confusión cayeron al vacío y a punto estaban de salir de la zona sin sol. El río que bordeaba esa frontera, formaba una profunda cañada por donde todos volaban en esos momentos. El impacto al caer en las cálidas aguas, coció prácticamente a los engendros que no estaban acostumbrados a las temperaturas directas del Sol. Josul trataba de salvarse alejándose de los monstruos que giraban sin control en el agua. Los aullidos de los engendros penetraban en la mente de Josul quien, impactado por la muerte inesperada de sus atacantes, se olvidó momentáneamente de su galindro. Como pudo, nadó hasta la orilla del río y fue hasta entonces que buscó con desesperación a su montura. Siete patas nunca más volvió. Se perdió, ahogado en las profundidades del río. Ahora, el ingélico se encontraba solo, agotado y desorientado.
El rumbo de su misión era incierto. Aún temblando por los sucesos y el cansancio, se recostó sobre la hierba y casi sin darse cuenta, se quedo profundamente dormido.



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