ENTREGA 22

 

 

ENTREGA  22

 

 

Josul y su galindro se dirigían como sonámbulos a una de las guaridas de esos animales, que para colmo de males, estaba despertando después de su última cena, despachada seis meses atrás.  El sonido que indicaba que algo muy pesado se arrastraba sobrecogió el alma del ingélico que se despabiló rápidamente y trató de que su montura no se pusiera nerviosa. Redujeron el paso para escuchar mejor. Los sonidos de alimañas y aves que nunca pudieron ver, pero sí percibir y escuchar, misteriosamente callaron. De pronto, todo se suspendió, incluido el andar de Josul. Sin saber por qué, quería también que su respiración se detuviera, que su corazón no latiera tan fuerte. Sentía que algo los amenazaba y que esa acechanza oculta podría escuchar el trepidar de su corazón que amenazaba con saltar de su pecho en cualquier instante.

Desgraciadamente, Josul tenía razón. El cuerpo madre del zaliko, por medio de las vibraciones del suelo, estaba escuchando su corazón trepidante y se puso en alerta dentro de su guarida. La inocencia de Josul, o tal vez el desdén que mostraba hacia las historias que se hablaban sobre esa parte del planeta, los estaba llevando a probar su capacidad de supervivencia.

Trepados en la loma de la guarida del zaliko, se encontraban prácticamente parados en la mismísima boca del monstruo que muy pocas veces concedía la huida a sus víctimas, y  menos cuando alguna de ellas estaba mermada en sus facultades físicas.

– No te muevas, ni hagas sonido alguno, dijo Josul a su galindro en un murmullo deliberadamente apagado. Algo nos vigila y no quiero delatar nuestra presencia. Ojalá que la niebla nos cubra y podamos pasar inadvertidos. El ingélico confiaba que el galindro tuviera la inteligencia suficiente para entender la apremiante situación. No se equivocaba, el animal ni siquiera pestañeaba, Siete Patas comprendía cabalmente la situación. La vida de ambos estaba pendiendo de un hilo.

En la mente juguetona de Josul siguieron desfilando las escenas de aquel día en su pueblo natal. El mendigo describía cómo el zaliko les tendió una trampa y los emboscó, sin dejar posibilidades de escapar a su poder.

– Si nadie escapa de ellos, ¿por qué hablas como si fueras un miembro de esa expedición?, seguía preguntando Josul, a quien divertían las muecas del indigente que continuó relatando que, cuando comenzaron a huir como locos, él pudo ver cómo los miembros del animal se desplazaban entre la maleza. Era increíble ver que, en el preciso instante en que se detenía, uno o más miembros también lo hacían. Si cambiaba el rumbo, le seguían. Trató entonces de subir a un árbol, pero la rueda se convirtió en una especie de serpiente y le ganó la delantera en el árbol que trató de escalar. En ese momento, supo que todos morirían.

– Si lo que dices es verdad, ¿cómo te salvaste?, siguió molestando Josul con sus insistentes preguntas.

–Traté de que mi montura buscara una salida. De plano, abandoné el control del animal y le permití que él por sí sola, tratara de salvarse. Mis compañeros empezaron a caer; el miedo los hacía cometer errores mortales. Los miembros del zaliko rodaban entre ese caos, cayendo con fuerza sobre cada uno de mis amigos. Horrorizado, vi cómo, uno a uno, fueron cayendo bajo el peso de las ruedas mortales. Erex cayó cerca de donde me encontraba escondido; ver su rostro demacrado y la mitad de su pecho desecado me llenó de una angustia incontrolable. Ya no pude más y me levanté de mi lugar para correr como loco. Al pasar cerca de mi galindro, éste reculó para cerrarme el paso de manera involuntaria, ya que batallaba en contra de dos miembros que lo amenazaban. Fue en ese momento que un rayo de luz llenó mi mente. ¿Por qué nadie había atacado a los zalikos? ¿Acaso eran inmortales? Con esos pensamientos me detuve, cuando un pesado hueso me dio en la cara de manera providencial. Entonces,  lo tomé con fuerza y me abalancé contra el miembro del animal que estaba succionando la energía vital de mi galindro. Me paré detrás de él,  le di un fuerte golpe y, ¡sorpresa!, los zalikos son de carne y hueso y pueden morir.

El primer golpe, según narró el indigente, abrió una herida importante cerca de la boca del engendro. El segundo, casi lo partió a la mitad y, el tercero llenó de bríos al defensor, al ver cómo el bicho se retorcía entre estertores de muerte. Los demás miembros detuvieron su ataque; el grito de dolor de uno de sus hermanos llamó su atención.  Parado en medio de la batalla, con el hueso sangrante en su mano, dos de sus compañeros aprovecharon el momento de desconcierto para tratar de armarse con lo que fuera. Un miembro del zaliko había caído y nadie podría decir cuántos más caerían antes que ellos. Su vida ya tenía un precio y había qué ver si el animal estaba dispuesto a pagarlo. Entonces los sobrevivientes se alinearon, espalda con espalda, para formar un círculo protector. El ingélico, conmovido, detuvo su relato.

– ¿Qué pasó, señor? ¿Por qué no sigue contando?, urgió un niño para que terminara su historia.

– Esos recuerdos me duelen mucho. Eran mis mejores amigos y yo los amaba, dijo el pordiosero, en tanto gruesas lágrimas escaparon de sus ojos que veían hacia la lejanía con mucha nostalgia.

– Lo siento, señor, se disculpó el pequeño.

– No importa. Tú no tienes culpa alguna. Les decía que nos unimos por la espalda para proteger los flancos. Tres de los miembros del zaliko se convirtieron en serpientes y se arrastraron fuera de nuestra vista. Los demás avanzaron lentamente, pero nosotros nos armamos con los huesos de sus antiguas víctimas. Un sudor frío como la niebla resbalaba por nuestros rostros. En la lejanía se escuchó el rugido espantoso de la madre zaliko y fue como una señal para que los miembros entraran en acción. Lo que siguió en medio de la confusión, fue un mar de gritos, chasquidos de los miembros separados que succionaban con fuerza, golpes y chillidos. Todo ese torbellino de acción se calmó a los pocos minutos. Sólo quedábamos tres en pie y, a duras penas, vivos. Fiowpo, el galindro Estrella en el anca y yo éramos los sobrevivientes de la expedición original. Dicen que los animales son amigos verdaderos. En la zona sin hose-sol lo pude comprobar por mí mismo.

– Tu galindro, ¿te ayudó?, preguntó el chico del árbol.

– Sí… No… Bueno, en realidad no era mi galindro, era el de Safow, el primero de nosotros que murió. Les decía que el animal fue el más valiente de los supervivientes, pues sin que mediara ninguna orden, se lanzó en contra de los miembros separados que estaban reunidos bajo un peñasco, esperando reunir fuerzas para continuar su ataque. De forma inesperada, se lanzaron sobre nosotros y Estrella en el anca repartió coses a diestra y siniestra, de modo que los miembros arremolinados en la base del peñasco no tuvieron salida. El cansancio o tal vez el temor, impidieron que los miembros se defendieran. El galindro pateaba y pisoteaba con una rabia tal, que los chillidos de las alimañas se escuchaban por todo el territorio.

Fiowpo y yo, contagiados por ese valor, nos lanzamos en su ayuda. Con los huesos que aún empuñábamos arremetimos contra los últimos tres miembros vivos, matándolos a golpes. 

– ¡Guau!, ¡qué historia!, comentó uno de los niños.

– Y eso no es todo, amiguitos. Cuando nos recargamos en los árboles para descansar, el cuerpo madre del zaliko llegó convertido en una mole rabiosa, dispuesta a matarnos con sus propios dientes. No se imaginan la fuerza descomunal que tiene un animal de ésos. Ni cincuenta hombres podrían controlar esa fuerza bruta.

– ¿Y cómo escaparon?

– No lo hicimos. La matamos.

– No lo creo, dijo Josul desde el árbol.

–¿No me crees?, ven aquí, conmigo. Te quiero mostrar algo. A la petición del cuenta cuentos, el chico bajó del árbol y encaro al ingélico con una mirada desafiante. 

– Mira por ti mismo, dijo el indigente, al tiempo que se despojaba de sus ropas, dejando ver horribles cicatrices en todo su cuerpo.

– La cicatriz en mi pierna fue por la primera mordida que recibí. Y estas costillas tienen huellas de la succión que alcanzó a darme uno de sus miembros. ¿Ves allá frente a la tienda del comerciante? Ese galindro con dos patas secas es Estrella en el anca. Él nos salvó la vida ese día. Desde entonces, yo vivo para cuidar y proteger a ese noble animal, concluyó Defno, con lágrimas en los ojos y desplegando sus alas para que los niños pudieran apreciar las huellas de tan desigual batalla.

Abstraído por los recuerdos, Josul trataba de no moverse de su lugar. Lo que desconocía era que el zaliko olfateaba el miedo de sus presas. No era necesario que se delataran por movimientos. La niebla llevaba hasta la nariz del zaliko el sentimiento de temor que emanaban los intrusos. La presa prometía pues indudablemente, Josul y su montura estaban dominados, no por el miedo, sino por el pánico.

 

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