ENTREGA 21

 

 

 

ENTREGA  21

 

 

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Mientras el Creador observaba cómo sus hijos recién separados daban sus primeros pasos dentro del misterio de la vida, en la zona sin sol, Josul galopaba desesperado. Las horas de su montura estaban contadas, por lo que salir cuanto antes de la zona sin sol, se estaba convirtiendo en un asunto de vida o muerte.

Era el tercer día de travesía y Siete patas comenzaba a dar muestras de cansancio. El veneno actuaba en su cuerpo con lentitud, pero sin detenerse. La noble bestia sufría espasmos y temblores incontrolables. Josul no imaginaba que ese día su destino tocaría con más fuerza que nunca a su puerta.

Siete patas subía penosamente una pequeña cuesta. La loma estaba tapizada de huesos y desperdicios en descomposición. La peste hería las fosas nasales del mensajero, de modo que. Josul le pedía a su cabalgadura que siguiera subiendo aunque fuera paso a paso. El animal caminaba errático y, a veces, hasta daba dos o tres pasos en reversa. La enorme dificultad para avanzar les impedía notar esas pequeñas pistas que la loma les enviaba.

Josul no lo sabía, pero ese promontorio de tierra era el cono de la guarida de uno de los animales más feroces de Ran-Dom y ambos, montura y mensajero, caminaban cansados y distraídos sin notar que sus pasos se encaminaban directamente a la boca de un hambriento zaliko.

La fatiga y las experiencias vividas con los otros monstruos tenían a Josul al punto del colapso físico. Su mente, poco lúcida por la falta de descanso, lo estaba llevando al pasado en medio de imágenes cortadas, recuerdos superpuestos de años felices. Su memoria se activó de una manera especial y lo llevó al lugar que le encantaba recordar: su casa.

Cuando Josul era un niño, su padre lo llevó un día a la plaza de su aldea. Allí, bajo la sombra de un árbol, un ingélico con aspecto de menesteroso contaba historias a cambio de un mendrugo de pan. A él, como a todos los chicos de su edad, la historia que contaba el mendigo le llamaba poderosamente la atención. Dejó que su padre fuera por las compras a solas, mientras él se acomodaba en la primera fila de la multitud infantil, para escuchar el relato del ingélico.

– Escuchen, niños, y háganlo con mucha atención, porque lo que voy a contarles hoy, puede salvar su vida algún día. El mendigo acercó su rostro sucio a los más chiquillos más próximos para imprimir mayor dramatismo a sus palabras. Josul pudo oler su desagradable aliento y una conexión especial con su alma le hizo sentir que la historia que estaba por escuchar, tal vez fuera verdadera. Algo de ese ingélico con aspecto deprimente hablaba con la verdad, aunque los mayores se burlaran de sus historias.

– ¿Saben en dónde está la zona sin hose-sol? ¿Saben que existe un lugar en Hiprosed atestado de animales monstruosos? Sí niños, los monstruos de la zona sin hose-sol comen ingélicos distraídos. El ingélico se incorporó y soltó una carcajada que hizo temblar a casi todos los chicos. Al dar un giro para acomodarse mejor, los ropajes rotos dejaron al descubierto una pierna huesuda y desecada. Todo lo demás se veía sano y normal; sólo su pierna izquierda tenía huellas inequívocas de una batalla, de una lucha con algo que tenía dientes muy grandes.

– Escuchen. Yo fui a la zona sin hose-sol y sobreviví al ataque de un zaliko. El ingélico actuaba como un demente y corría entre la multitud de niños, riendo y cojeando en forma grotesca.

– ¿Qué es un zaliko?, preguntó horrorizado Quiwe, un chico de seis años.

– No lo sé, contestó Josul. El menesteroso dice que es un come ingélicos.

– ¿No sabes que es un zaliko?, preguntó el mendigo que escuchó la pregunta de Quiwe, y acercó su rostro para impresionarlo más.

– No señor, no sé ni quiero saberlo. ¿Mamita donde estás? Me quiero ir contigo, gimió Quiwe asustado con la historia y gritó pidiendo auxilio.

– No huyas, le conminó el ingélico con un gesto de una ternura que no había manifestado y, con voz más tranquila para que el pequeño se calmara, prosiguió. “Tienes qué escuchar cómo sobreviví y todos mis compañeros murieron durante cierta travesía.

El repugnante ingélico contó cómo fue que muchos años atrás, un grupo de catorce ingélicos fueron invitados por la reina de Las Cañadas para una celebración muy importante. Todos los miembros de la expedición sabían de los riesgos ocultos que escondía la zona sin luz, pero nunca imaginaron que la niebla de la frontera fuera tan espesa y compacta, que daba la impresión de que podrían abrir una puerta con el filo de un cuchillo, para ingresar en ese mundo desconocido. Defno fue quien se atrevió a dar el primer paso, seguido por los demás, a través de un sendero apenas distinguible. Sabedor de que la niebla podría provocar que alguno del grupo se perdiera, el improvisado líder trató de reunir a sus amigos, no sin lamentar haber aceptado la invitación de la reina, sólo por la promesa de conocer hermosas doncellas.

            Adhiur, uno de los invitados, estaba verdaderamente impresionado. Los árboles, la humedad y la soledad eran motivos para pensarlo dos veces, antes de continuar adentrándose en ese oscuro reino.  Safow sentía el genuino impulso de regresar a las planicies. Temeroso de que el alboroto de sus compañeros llamara la atención de los animales del lugar, Defno replegó sus alas, hasta entonces completamente abiertas en señal de alerta. Los demás se reunieron en torno a él, tratando que sus monturas no se pusieran nerviosas.

Cuando Defno escuchó la respiración de un voluminoso engendro, instó a sus compañeros a regresar de prisa. Safow apoyó la moción, convencido de que seguir adelante sería una locura. Todos miraban al frente, tratando de ubicar cualquier señal que les advirtiera de la presencia de un peligro inminente, en tanto los galindros, nerviosos, olfateaban en todas direcciones.

– Yo, aquí me regreso, dijo Safow, intuyendo que el peligro que los acechaba estaba más allá de sus posibilidades de salvación. Sus alas, totalmente abiertas y con una coloración rojiza, eran señal inequívoca del terror que lo atenazaba.

Un ruido entre la maleza lo puso aún más tenso, pero tomando valor se adelantó para investigar. Desmontó de su galindro y con una vara movió las ramas de la maleza.  Con un escandaloso graznido, un ave rinconera huyó espantada por los movimientos del ingélico quien, asustado, la esquivó tropezando hasta caer sobre unos arbustos muy tupidos.

Todos rieron del pequeño accidente de Safow, convencidos de que el medio agranda las proporciones de cualquier cosa y que sus aprensiones eran infundadas.

– Safow, ya levántate, dijo Adhiur mientras tranquilizaba a su galindro contagiado por el miedo. “Era sólo un ave rinconera; ya sabes cómo estos pajarracos hacen escándalo al volar. Sube a tu montura para seguir nuestro camino.

– Vamos, Safow, levántate. Tenemos mucho camino por delante, dijo otro de los amigos, desmontando para ayudar al caído y dirigiéndose hacia el pequeño arbusto, para jalar de las piernas a su compañero. Pero se detuvo en seco, extrañado al escuchar un inquietante sonido que parecía provenir de la cabeza oculta de Safow, quien continuaba tirado entre los arbustos sin moverse.

Cuando por fin lo tuvo a la mano, tiró de sus piernas gritando fuerte, para regresarle el susto. Grande fue su sorpresa al ver que dos miembros sueltos de un zaliko estaban succionando la energía vital del ingélico, por medio de unos filamentos en forma de espirales que sobresalían de las bocas con forma de ventosas adheridas a la cabeza de Safow.

–¡Está muerto; Safow está muerto!, gritó horrorizado, llamando la atención del zaliko que mostró sus dos cabezas emergiendo entre las hojas de los arbustos. La cabeza del ingélico que soltaron en ese momento estaba completamente desecada, como la de una momia.

– ¡Por todos los dioses!, gritaron los compañeros a coro. Safow ha muerto pero, ¿qué lo mató? Un tropel de galindros corriendo enloquecidos, gritos de terror de los ingélicos y sonidos entre las hierbas anunciando animales que los rodeaban, convirtieron aquel pequeño claro en un  caos.  Todos salieron disparados en una loca huida.

– Pero no temas, Quiwe. Los zalikos se encuentran sólo en la zona sin hose-sol, dijo el indigente, sacudiendo el pelo del niño que seguía con asombro el relato.

– Te voy a describir cómo es ese estupendo depredador, continuó el indigente, moviéndose entre la multitud de niños que lo escuchaban absortos.

– Los zalikos son animales increíbles. Viven dentro de sus guaridas durmiendo durante varios meses. No necesitan alimentarse todos los días, sino cada cinco o seis meses, y luego digieren lentamente su alimento, sin salir de su guarida. Lo más interesante de ellos es que poseen un cuerpo madre con grandes fauces, armadas con cuatro hileras de dientes curvados hacía atrás. Nada que muerda la madre escapa de sus fauces. Bueno, a decir verdad, casi nadie, porque deben saber que la nariz del zaliko se levanta para tomar impulso y dejarse caer con fuerza sobre su presa. Esa nariz tiene tres puntas durísimas, en forma de triángulo que dejan caer para enganchar y succionar la energía vital de su víctima, que es desecada mientras el hocico utiliza las hileras de dientes para desangrar y alimentar el tronco del cuerpo madre. La energía obtenida a través del tridente es para mantener unidos sus miembros y también para mantenerlos activos durante su sueño. Este magnifico animal tiene otra arma feroz. Los trece miembros que posee, alineados en la parte lateral de su cuerpo, se mantienen unidos a través de pequeñas boquillas. Con un solo giro se pueden desprender del cuerpo de su madre y, con otro giro en sentido contrario, se adhieren. Eso sí, cuando tienen que desprenderse, lo hacen todos o no puede salir de cacería.

–¿Los miembros van de cacería? ¿La madre qué hace?, se atrevió a preguntar un chiquillo trepado en las ramas de un árbol. El menesteroso se sintió complacido por la curiosidad del niño, explicando que, por si algún día tenía qué atravesar esa maligna zona, sabrían a qué riesgos estarían expuestos.

Haciendo la señal para que los chicos guardaran silencio, para continuar con su narración, el ingélico les contó que los trece miembros del zaliko salían de cacería, mientras la madre se comunicaba con ellos a distancia, para informarles cuántos animales merodeaban por la zona y de cuál ruta disponían para dar con ellos. Como habitan en una zona muy oscura, las presas fácilmente podrían escapar en medio de la niebla. Así que el cuerpo madre del zaliko se tendía sobre el suelo para escuchar, sentir y cuadrar, como en un plano, las vibraciones que provocan los animales en su huida. Con su mente, ella les va indicando los movimientos que deben hacer para atrapar a sus presas, no importa si son animales pequeños. La madre es muy sensible.

– Y a ustedes, ¿los emboscaron?, seguía preguntando muy interesado el chico del árbol.

– ¿Cómo te llamas?, preguntó el ingélico cuenta historias al niño que comenzó a llamar su atención.

– Josul, señor.

– Y dime, Josul, ¿no tienes miedo?

– Mucho, señor. Pero creo que si ese monstruo existe en realidad,  jamás en mi vida me voy a encontrar con uno.

– Más vale que así sea, contestó el cuenta cuentos con una mirada enigmática.

El destino muchas veces es caprichoso y en el caso de Josul, se estaba comportando caprichoso y,  además, mortal.

 

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