ENTREGA 20

 

ENTREGA   20

 

 

 

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 Mosses, ¿qué haces amigo?, irrumpió Froilán, un darsni que viajaba en una habitación vecina, distrayendo al ingélico de su meditación. 

– ¡Qué susto!, reprochó Mosses. ¿Nunca tocas la campana de la puerta antes de entrar?

– Por Dios, Mosses, ¿cuál campana?, rió Froilán con la ocurrencia de su amigo.

– Lo que pasa es que interrumpiste un momento muy importante. Bajé a mirar por la claraboya mágica porque quise ver cómo sería el planeta al que me dirijo. Por lo menos, alcancé a conocer a mis padres, dijo Mosses, melancólico, dejando rodar algunas lágrimas por su rostro.

– ¡Qué maravilla! Yo también quiero conocer ya a los míos. ¿Yo también puedo?, dejó Froilan escapar un hondo suspiro.

Todas las barcas que salían de la creación estaban dotadas de claraboyas mágicas. Cada una de las habitaciones contaba con una enclavada en las paredes, para el uso de las almas que viajaban como pasajeros. Las claraboyas para observar mundos permitían a los viajeros del espacio observar para decidir cuál mundo les gustaría habitar. Desde esas ventanas dimensionales, se comunicaban por medio de los sueños o en viajes astrales, con algunos habitantes del planeta, ya fueran sus guías o sus futuros padres.

Mosses se cimbró de emoción al conocer, por medio de los sueños, a sus padres, sus sentimientos y el amor con el que estaban proyectando su llegada al mundo.

– Los tiempos van a coincidir, y cuando eso suceda, vas a comprender que las coincidencias no son gratuitas, todas tienen un propósito. Pronto conocerás el tuyo y comprenderás que nada en el universo es al azar, expresó la voz del guía de Mosses que estaba comenzando a manifestarse. En unos segundos más, romperían la membrana protectora y saldrían disparados a la vastedad del universo, directos a la aventura de la vida.

Muchas barcas ya estaban viajando por el espacio sideral y la enorme cantidad de explosiones sobre la membrana del huevo de la creación provocaba un espectáculo inimaginable.

– ¡Todos a cubierta!, irrumpió la voz de Ireni, justo antes de llegar a la membrana. Como niños juguetones que a empellones y brincos buscan acomodo, todos se reunieron en la cubierta para presenciar el fenómeno del nacimiento. Cada cual buscó un lugar para contemplar una de las maravillas de la creación: la separación.

Mantís y Mosses se encontraban recargados en la barandilla de la cubierta y el espectáculo que tenían frente a sí era indescriptible. Cuando comenzaron a ingresar en los espacios de la membrana, todos pudieron sentir una pequeña opresión interna. Era el símbolo del nacimiento y esa sutil opresión los acompañaría por muchos mundos y vidas, para recordarles cuando nacieran de vientre de madre, cuál era en realidad su verdadero origen divino.

Mosses abandonó la cubierta y se envolvió en sus alas, aunque el brillo especial de su alma se podía apreciar. Para sí, como en una oración, recitaba: “Gracias por la vida, por quererme, por entregarme a la nada, al olvido y a la muerte. Gracias por permitirme caminar, por lo que me espera y lo que no. Gracias por acompañarme. Sé que la voz que me habló es tu emisario, y sé que la que nunca hablará es tu conciencia dentro de la mía. Sé que, cuando regrese, no romperé membranas, ni barcas. Sólo llegaré para formar parte de lo que eres y con lo que ahora me formas. Gracias por mostrarme la esperanza, la fe y la voluntad, por gritarme quedito al oído que no me rinda ni me abandone porque te tengo en mí…Gracias por regalarme la aventura de vivir”. La voz que recientemente se había manifestado en Mosses, comenzó su lenta e interminable labor.

La fricción que se produjo al romper la membrana generó miles de chispas de colores. Mantis anunció, jubiloso, los fuegos artificiales en el punto de salida y pidió a los pasajeros que vieran en lo que se transformaba su origen para que, una vez en su primer destino, pudieran verlo por las noches.

Cuando terminó el proceso del nacimiento o de la separación original, tal cual lo habían entendido, una sorpresa los esperaba. Los millones de barcas que creían haber salido expulsadas al espacio exterior, en realidad, lo estaban haciendo en otro sentido. La sensación de salida era solo una percepción por la pequeñez  de los creados. Todas esas almas que viajaban en diferentes barcas, al observar el fenómeno del nacimiento desde el punto exacto del borde de la membrana, en su incipiente conciencia comprendieron su verdadero tamaño.

En realidad, la salida de la creación no es hacia el exterior, sino un viaje hacia el interior. Cuando las almas están por abandonar el huevo de la creación, sólo se están adentrando en la misma. Todos pueden ver cómo caen en una esfera contenida dentro y fuera del mismo espacio del huevo creador. Es como si el universo que contiene a todos los universos estuviera situado en el interior de otro ser inmensamente más grande de lo que cualquier mente pudiera imaginar. Recién comprenden que, si  alguien fuera capaz de llegar hasta el borde del universo, caería en la cuenta de que después de esa frontera, solo está Dios.

De eso trata el olvido. De eso trata la vida; de recordar que no tenemos que viajar muy lejos para regresar al hogar; de que en realidad estamos inmersos en su incomprendida grandeza; de que el viaje de retorno está más cerca de lo que imaginamos; de cómo la carencia de conciencia nos impide ver cómo es que vivimos dentro de Dios y que estamos hechos a su imagen y semejanza.

– ¿Recordaremos en dónde está el lugar de procedencia?, preguntó melancólico Mosses.

La voz que sólo él escuchaba le confió:

– Muchas veces voltearás la vista hacía el cielo y te preguntarás por qué las estrellas están suspendidas, y tendrás la intención de querer llegar hasta la última de ellas. Imaginarás que después del techo estrellado está tu casa. La imaginación será una de tus posesiones más valiosas, porque ella te abrirá las puertas para que busques. Y cuando la necesidad de buscar se manifieste dentro de ti, no la evadas, ni la rechaces. En esa búsqueda aprenderás a caminar. En  ese caminar lograrás encontrar. En ese encontrar evolucionarás y en esa evolución regresarás.

– ¿Vas a estar siempre conmigo?, expresó Mosses con esperanza.

– Siempre lo haré. No importa si lo olvidas, si me rechazas, si me odias. Siempre estaré contigo y para ti, contestó la voz con afabilidad.

Así, en esa forma mágica, las barcas comenzaron su viaje en busca de su destino. Si iban hacia adentro o afuera, no era tan importante, como lo era el simple hecho de ir. Mosses, Draco, Mantís, Froilan y el resto de los compañeros de viaje estaban atentos a la claraboya mágica de sus respectivos camarotes. Era muy importante saber sobre el primer mundo a visitar. ¿Cuántas vidas, dimensiones y mundos visitarían en ese peregrinaje por la vida? No era momento para saberlo, sino para viajar y disfrutar.

 

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