ENTREGA 19

ENTREGA  19

 

 

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– Esposo, anoche tuve un sueño maravilloso. Fue una de las experiencias más amorosas que haya tenido en toda mi vida, dijo la reina a su consorte y prosiguió: “Te vi muy contento por un regalo que recibiste, el que siempre has soñado, aquél que le pides a Jahja todos los días. Estabas en un palacio tan hermoso y tan rico,  que te puedo jurar que no era de este mundo”. La reina hablaba con voz emocionada, pero también su cuerpo era un compendio de expresiones corporales que hacían mayor la emoción del rey.

 Salías a uno de los balcones a dar una gran noticia; algo tan importante que personas de todo el reino acudieron a escucharla. No te imaginas cómo, miles de personas, algunas cojas, otras ciegas, muchas más caminando penosamente, acudieron a dar testimonio del importante evento.

             ¿Y cuál fue ese importante evento?, preguntó ansioso el monarca.

 Primero, lloraste; después, bailaste y, por último, corriste como un loco por todo el palacio, repartiste besos y abrazos a todo aquel que te encontrabas en tu loca carrera.

 ¿En serio?, replicó incrédulo el rey.

– Toma mis manos y trata de sentir que eres tú quien habla y siente esa experiencia. Te pido que ingreses en mi interior y, desde mi corazón, quiero que desciendas hasta ese lugar misterioso donde nacen los sueños, para que ambos podamos compartirlos.

 Con sólo ver tu mirada, creo que en verdad fue maravilloso.

Zodiak tomó las manos de su esposa con cariño, casi con miedo a lastimar esos dedos tan amados y trató de penetrar en el mundo de los sueños de su reina. Tras un rato de comunión amorosa, logró llegar al alma de su mujer. Una voz femenina le dio la bienvenida y lo indujo a moverse confiado por los espacios interiores de su amada Adrin. El rey caminó por un palacio construido de mármol blanquísimo. Aunque desconcertado por la soledad del inmueble, recorrió  los pasillos en busca de respuestas hasta que, cansado y desconsolado, se detuvo a pensar en busca de respuestas a preguntas no hechas. 

 La dulce voz que le invitó a pasar le habló de nuevo: “Haz contacto con tu anhelo más profundo, ahí esta la respuesta. No la encontrarás en las construcciones, ni vive en algún lugar externo. Tu preciado anhelo reside en el mundo de los sueños, búscalo”.

 Pero, ¿cómo puedo llegar hasta ahí?, preguntó el soberano, inquieto.

 Te has olvidado de pedir las respuestas. El sabio se encuentra ahí, ¿por qué no vas por él? No es necesario que te guíe; basta con que cierres los ojos y lo pidas.

Casi de inmediato, Zodiak entró en un estado de meditación profunda y, como por arte de magia, las respuestas llegaron. Él estaba, ahora, dentro de los sueños de su reina.

El palacio antes solo y frío, se estaba llenando de bullicio, música, gritos de niños, guardias, nobles y personas que no conocía. Risas inundaban poco a poco el majestuoso castillo. La soledad antes hiriente, se llenaba de vida bulliciosa y alegre.

– Felicidades, mi rey, exclamó un personaje estrafalario de largas y delgadas piernas, quien se inclinó al paso del soberano.

– Todo su pueblo está feliz, terció otro tipo obeso, ornado con un simpático sombrero sobre el que otro personaje se hallaba sentado y ambos saludaron a Zodiak.

– ¡Queremos que salga! , gritaban miles en los jardines  y patios del palacio. Parecía que la mayor parte del reino se había reunido para festejar.

– ¿No lo has visto?, dijo a Zodiak la melodiosa voz que le dio la bienvenida.

– Con tanto bullicio, no sé qué es lo que tengo qué ver, respondió el rey un tanto confundido.

– El sueño de tu reina o, mejor dicho, tu sueño compartido, Zodiak.

Lleno de emociones anticipadas, como indeciso a dar un paso más, Zodiak se detuvo antes de entrar a una  habitación de la que emanaba una intensa luz dorada. De pie en el umbral de la puerta, el rey escuchó de nuevo una voz que le susurraba: “Hoy, deja la prisa porque es un día extraordinario, de ésos que dejan huellas en la mente y el alma para siempre. Hoy es el día que esperaste durante una eternidad; aquél en que tu linaje se extenderá más allá del infinito.

Este día no lo marca la perpetuidad de la especie; lo imprime el amor en tu corazón.

Éste es el día que Dios seleccionó para decirte con todo su amor: “Aquí estoy, hijo mío, te entrego lo que te va a convertir en un ingélico de verdad. Tus esfuerzos no han sido vanos, tu cariño tiene ahora un receptáculo. Vas a recibir desde este día, hasta que mueras, el gesto más maravilloso que todo ingélico debe ver y sentir…Una sonrisa, una caricia. Hoy vas a sentir en tu ser, mi propia existencia y quedará impresa una huella imborrable dentro de ti. Hoy sentirás la plenitud porque una excitación superior flota dentro de tu alma. Hoy es un día muy importante porque conocerás a tu hijo.

Zodiak se estremeció y dejando que las lágrimas recorrieran su cara, decidió dar el significativo paso. Cruzó el umbral y fue inundado por la luz dorada que emanaba de una cuna tejida con varas y cubierta con telas blancas. Lentamente, se acercó hasta la cuna y con sorpresa vio en su interior a un bebé que le sonreía. La luz que emanaba de ese pequeño bañó su cara y parte de su cuerpo, hasta hacerle parecer una estatua de oro.

– Dios mío, es mi hijo. ¡Qué hermosa criatura! ¡Qué luminoso es!, exclamó el rey, al tiempo que tapaba su cara con ambas manos, sin poder evitar que lágrimas de emoción salieran de sus ojos y que el corazón casi le saltara fuera del pecho.

– Hola pequeño, ¿cómo te sientes?, preguntó Zodiak apenas atreviéndose a rozar las mejillas del niño, por temor a lastimar con sus toscas manos a esa criatura de apariencia tan frágil.

– Hola, papá. Estoy feliz de conocerte, respondió el pequeño con una maravillosa sonrisa.

 Yo también me siento feliz. ¿Ya vienes en camino?, inquirió el soberano con curiosidad.

El infante le explicó que ya había nacido a un tipo de vida, pero que aún estaba en la barca que le transportaría a Ran-Dom. Cuando llegara al planeta, se reunirían en un lugar mágico para ponerse de acuerdo en la forma, tiempo y espacio en que debería nacer como ingélico.

 Sólo te puedo decir que Dios se encargó de nuestro destino, y que de nosotros depende el camino que vamos a recorrer para cumplirlo, completó el bebé cuya voz sonaba como música celestial en los oídos de Zodiak.

Zodiak sintió que no podía esperar mucho tiempo para abrazar a su heredero, pero éste le hizo entender que en el lugar en donde estaba, no existía el tiempo y que debía ser paciente, ya que todo estaba en manos del Creador. ”El tiempo de Jahja, no es nuestro tiempo”, concluyó el pequeño besando a su padre en un dedo, antes de desvanecerse lentamente, dentro de una esfera de luz dorada.

El rey no podía dejar de llorar con lágrimas de agradecimiento.

– Tu destino y el de tu hijo estarán llenos de pruebas y grandeza. No juzgues, ni te pierdas en la rebeldía. Si lo haces, vamos a perder todos. Si aceptas la voluntad de tu padre, entonces ganaremos, dijo la voz y se fue esfumando hasta dejar al rey dentro de una cómoda soledad.   

– ¿Vamos? ¿Qué significa, vamos?, se preguntó el soberano. “Adrin, tengo la alegría más grande del mundo, pero también una zozobra que oscurece mi felicidad. ¿Viste algo más que nuestro hijo? ¿Comprendiste su mensaje y cuando va a llegar a mí?

– No, mi señor. Sólo lo que viste, sólo eso.

 

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