ENTREGA 18
ENTREGA 18
Con alguna parte de su extraño cuerpo inflamado, el monstruo respondió: “soy un dominator, ¿y tú?”. Un ingélico, contestó Josul.
Entonces, ambos hablaron de su respectiva raza con orgullo. Era evidente que jamás habían tenido un contacto así, unos con otros.
– Somos una especie creada por el dios Dominador, hace millones de años, comenzó aclarando la bestia. Nuestro reino fue creado por medio de una fusión del reino animal y el vegetal. Los dominators, nunca dejamos de crecer. ¿Ves estas lianas? Se rompen constantemente, cuando toman una presa para comer. Pero no pasa mucho tiempo antes de volver a crecer a su tamaño normal, que es como de unos cuarenta metros. No podemos salir a la zona de luz, porque nos está prohibido ingresar en dominios de seres monstruosos, como tú. Es un territorio desconocido y peligroso para nuestra especie. En ese mundo extraño, los hose-soles nos pueden volver de color violeta y hacernos visibles para nuestra comida. Eso es un contratiempo, porque nuestro alimento se escaparía antes de poder atraparlo con las guías y podríamos morir de hambre. Aquí, en este mundo oscuro, el sigilo es la mejor arma. Debes tener cuidado de los arnics, porque esos sí que son peligrosos. Son muy venenosos y no existe antídoto para su ponzoña. Nosotros procuramos no tener encuentros con ellos. Un olor acre delata su presencia; son como arañas gigantes, peludas y letales. Los encuentros con ellos, casi siempre, son mortales. El método que usan para cazar todo lo que se mueva son los pelos de sus brazos. Cuando los arnics están en estado de alerta, cazando, los pelos de su cuerpo salen como flechas volando en todas direcciones. Lo que se atraviesa en su camino, cae irremediablemente.
Después, al paso de los días, el olor a carroña lo guía hasta que encuentra a sus victimas. Ninguno de los moradores de la niebla come de sus presas. El veneno es demasiado poderoso y mata todo aquello que toca. Por fortuna para todos los pobladores del reino de la niebla, los amics son muy lentos y olorosos, por lo que hay tiempo para escapar si lo hueles antes de que llegue a ti, explicó amigablemente el dominator.
Un suspiro de alivio salió de los pulmones de Josul. El mensajero estaba fascinado con su extrañísimo anfitrión. Todo lo que escuchaba de la boca del dominator le parecía una aventura interminable. Su mente recreaba todas las posibilidades de encuentros con una de esas arañas; sin embargo, la perorata de su nuevo amigo lo mantenía abstraído de la realidad de la zona sin sol. Pronto aprendería en carne propia el significado del descuido.
El dominator se acomodó entre el promontorio de piedras para conversar con ese raro ser de la luz. Janú, como se llamaba, era una increíble mezcla de animal y vegetal. A simple vista, se apreciaba como la separación de ramas en un árbol con doble tronco, con dos robustas cajas torácicas llenas de un espeso pelaje rojizo, en donde se podían ver los conectores del cuerpo animal con la parte vegetal. El tronco doble proyectaba una enorme fuerza, producto de la carga constante de sus miles de lianas. Esa era la parte animal que contenía sangre.
La parte vegetal se advertía en las miles de hebras delgadas que emanaban de todos los puntos del tórax de aquel ejemplar. Para desplazarse de un lugar a otro, Janú se arrastraba con destreza y buena velocidad, especialmente cuando se trataba de una emergencia. Las incontables lianas se enrollaban hasta convertirse en una mole capaz de rodar rápidamente, destrozando todo tipo de obstáculos a su paso.
– Y tú, Josul, ¿por qué eres así?, preguntó el amistoso engendro para satisfacer su curiosidad por los ingélicos.
– Fuimos creados por Jahja, el dios verdadero, hace miles de años. Desde el principio de nuestra existencia, hemos vivido en Ran-Dom. Todos los reinados de nuestra raza están asentados en diferentes tipos de geografía. Pero todos somos ingélicos, así como me ves; ligeros, translúcidos y con alas. Sembramos y comemos de nuestras cosechas. Mantenemos y alimentamos a diferentes especies de animales; comemos su carne y nos vestimos con sus pieles, relató Josul a Janú, quien no perdía detalle.
Como la curiosidad del animalejo era tanta, Josul aprovechó para contarle que su pueblo había descubierto las bondades del intercambio, para lo que entraban en contacto con otros pueblos productores de otros tipos de alimento, especias y materiales para la confección de vestidos y construcción de viviendas.
El intercambio comercial, según contó Josul a su atento interlocutor, se había convertido en una forma de vida para los habitantes del reino de las planicies, en tanto que los claros del reino frío se habían especializado en la obtención de minerales del subsuelo, que intercambiaban por alimentos de la costa. Así las cosas, cada reino aportaba lo suyo y todo se compartía.
Cuando Josul explicó a Janú cómo era el mundo fuera de la niebla, la curiosidad del dominator se agudizó, por lo que no pudo evitar preguntarle qué hacía aquel ingélico atrevido e ingenuo en una tierra que no conocía. Fue entonces que Josul se percató de que, por enredarse en una larga charla con aquel monstruo amistoso, había olvidado por un buen rato la urgencia de la encomienda que le llevó a toparse con él.
De modo que confió a su eventual amigo que una desgracia se cernía sobre sus pueblos y que era posible que alcanzara también la zona sin luz. No supo decirle de qué se trataba, pero le advirtió de la importante misión que debía cumplir y trató de llegar a su galindro.
– Espera, no te muevas, dijo el dominator incorporándose nervioso. ¿Lo hueles?
Sin saber qué era lo que debía oler, Josul dejó de moverse.
– La muerte. Una araña se acerca; la conversación me distrajo y no percibí la llegada de un arnic. Está cerca, muy cerca. Cuando te lo ordene, sube a tu galindro y corre, huye lo más rápido que puedas. No voltees por ningún motivo, en ello te va la vida, le urgió Janú mientras replegaba su parte vegetal, hasta convertirse en una maraña impenetrable de hojas y lianas.
Pasaron minutos de tensión; ninguno de los dos se movía. Sólo el olor penetrante de la araña delataba su peligrosa presencia. El dominator enrolló silenciosa y lentamente sus guías aún más. Janú buscaba una protección extra que lo salvara de la inminente muerte. Para Josul, la espera parecía una eternidad y se puso en máximo estado de alerta, a la espera de la señal de huída que le haría su nuevo amigo. No quería perder a siete patas porque extraviarlo en aquel mundo extraño equivaldría a perder la vida.
– ¡Ahora!, ¡monta y sálvate!, ¡vete sin volver la cabeza!, ¡tienes un trabajo importante por cumplir!, urgió el dominator saltando al frente y desenvolviendo su maraña de lianas en una actitud desafiante, para proteger la huída de su amigo.
La enorme araña que los amenazaba no tardó en salir de la oscuridad, buscando a sus potenciales victimas. A cada paso levantaba las patas para lanzar sus pelos que, como flechas envenenadas, volaron en todas direcciones.
–Vamos, amigo, es tiempo de partir, dijo Josul a Siete patas, obligándolo a cabalgar como nunca lo había hecho en su vida. El animal brincó por encima de las piedras en donde se resguardaban. La enorme arnic chilló con rabia; una presa muy rápida se estaba escapando y, enojada, lanzó una mayor cantidad de pelos en dirección de la victima que se fugaba, sólo que ocurrió algo que tomó por sorpresa a todos.
Mientras Josul y su montura volaban por el aire, el dominator desenredó sus lianas con rapidez y las lanzó en dirección de Josul, quien aún se encontraba en el aire. La mayoría de los dardos lanzados por la araña se insertaron en las lianas que, heridas de muerte, se soltaron del cuerpo animal para evitar el envenenamiento masivo. Si este segmento vital lograba sobrevivir, las lianas volverían a nacer en unas horas.
En un hecho inusitado, el dominator se estaba desprotegiendo para salvar la vida de su nuevo amigo. Pero no siempre el destino está del lado de las buenas intenciones. Janú recibió una flecha en el frente de uno de los troncos animales y el veneno recorrió su cuerpo animal rápidamente. Su muerte estaba en camino y nadie podría hacer algo para salvarlo.
Un gruñido de dolor salió de la boca del dominator. Josul trató de regresar para salvarlo, pero Janú se lo impidió. En un gesto supremo de amistad interpuso una maraña de lianas que impidieron que el galindro retrocediera.
– No puedes hacer nada por mí. Huye y lleva el mensaje a su destino. Esa misiva es más importante que la vida de un dominador, dijo Janú con el aliento que le quedaba. Josul se detuvo unos instantes, mientras la nube de flechas zumbaban a su alrededor. Mientras esquivaba a las más cercanas, vio con angustia cómo la araña clavaba cientos de pelos en el cuerpo animal de su amigo.
El ingélico tenía serias dudas sobre el éxito de su misión. Aunque aún faltaban tres días de travesía por el mundo sin luz, Josul sabía que era necesario dar el resto. Hincó las piernas en su montura para obligarla a caminar. Aunque sacó rápidamente un dardo envenenado que se alojó en el cuello del galindro, no sabía cuánto tardaría en surtir efecto el veneno que llevaría a la muerte de Siete Patas, el tiempo apremiaba, por lo que Josul trató de animar a su amigo, acariciando su cuello con ternura.
Empero, los peligros no habían desaparecido del todo. Aún faltaba la parte más peligrosa del recorrido. Las noticias que tenía de los pantanos eran aisladas y no muy alentadoras, lo que hacía difícil una evaluación para tomar medidas de seguridad. Pero la determinación de Josul quedó manifiesta cuando obligó a su montura a correr lo más rápido posible.



Leave a Reply