ENTREGA 17

Entrega  17

 

 

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En el reino de Zian-Dres se buscaba una reunión de estado, con calidad de urgencia. Zodiak envió un mensaje a su vecino del oeste, el rey Salamandra, señor de las planicies del reino de Guatai, externándole su profunda preocupación por los negros nubarrones que se cernían sobre su reino, y el deseo urgente de reunirse con él para evaluar la peligrosa situación. Cuando la misiva llegó al soberano, éste se inquietó, porque la información que previamente había obtenido de manera secreta, concordaba con la que su amigo Zodiak le había enviado por medio de un leal mensajero. 

Salamandra leyó tres veces la carta antes de reaccionar. El estupor y la incredulidad no dejaban de trotar en su mente. Presa de un arranque de furia y desesperación, llamó a su personal de confianza para que dotaran a un valiente mensajero con el galindro más veloz, que respondiera con su vida a la entrega de una misiva para Zodiak. Los sueños inquietantes que había tenido últimamente le decían que, por desgracia, no era el único preocupado por el futuro que se avecinaba. Era momento de tomar cartas en el asunto y Salamandra no era un rey pusilánime.

Josul fue el mensajero elegido para la importante misión y se dispuso a partir sin dilación, con la bendición y agradecimiento de la reina. No obstante su tarea revestía un peligro desconocido y atemorizante, el portador de la respuesta lo tomó con la mayor naturalidad, quizá ignorante de los nefastos presagios, o deseoso de conocer mundo allende las montañas de su tierra. Fue por eso que la reina abrazó y besó con ternura a aquel ingenuo mensajero entusiasmado con la idea de convertirse en ingélico. Sólo el tiempo diría su Josul regresaría como un héroe o dejaría la vida en el intento.

Como lo habría hecho con un hijo, Salamandra aconsejó a Josul que transitara por el camino largo, para evitar dos veces el ascenso a las montañas nevadas. Le sugirió que, luego, tomara el atajo  Grisi, libre de nieve en esa temporada, para galopar con velocidad por las planicies de Guatai, sin acercarse mucho al hoyo, de donde provenían noticias confusas.

A pesar de su entusiasmo e ingenuidad, las puntuales prevenciones del rey alertaron a Josul sobre el contenido de la carta y la preocupación del rey. Al tiempo que acicateaba al noble galindro para que corriera más rápido, intuía que el peligro de su misión no radicaba en la acechanza de ladrones o asesinos, porque no existían tales, sino más allá de los límites del reino. La naturaleza de Ran-Dom también jugaba en el destino de los ingélicos.

La línea fronteriza que separaba los reinos estaba marcada por una espesa niebla, eterna y oscura. Ésta nacía en las montañas de Caz-Cor y atravesaba la región de las planicies. La maldad no era parte del paisaje que se anteponía a dicha frontera, si acaso habitada por inofensivos animales que, ante la escasez de luz solar, desarrollaban una singular forma de vida, diferente a la de la fauna del resto del continente.

            Durante tres semanas, Josul galopó veloz, descansando sólo lo indispensable. Después de algunos sobresaltos en las planicies, debidos a su falta de experiencia, llegó a la frontera que divide Guatai de las montañas Caz-Cor. Para llegar a la capital de Zian-Dres, tocaría forzosamente una parte de la región sin sol.

La parte difícil del trayecto estaba a la vista. Después de la región sin sol enfrentaría el paso nevado de las montañas. Pensó en descansar unas horas antes de aventurarse dentro de la etapa más peligrosa de su viaje. Sin embargo, recordando la angustiada cara de su soberano, decidió atravesar la región sin sol de una buena vez, sin importar que fuera de día o de noche, si era ese día o el siguiente, en algún momento debería entrar en esa zona.

Si habría de exponer sus alas y su pellejo, pensó, qué más daba que fuera hoy o mañana. Desmontó en un lugar que parecía seguro. Aunque la niebla ya estaba tocando sus pies, la zona sin luz aún estaba más allá de donde acampó. Así que, después de asegurarse que su montura estuviera cómoda y lista para descansar, se dispuso a encender una hoguera para entrar en calor y calentar sus alimentos. 

– Eres afortunado, Siete patas. Esta aventura la vamos a recordar por muchos años, dijo Josul a su galindro. Sentía un enorme cariño por ese animal y deseaba con todo su corazón verlo el resto de sus días.

Durante los siguientes cuatro días, ya dentro de la zona sin luz, no podría comer porque el banco de niebla mantenía húmeda  la leña disponible. Era imposible pensar en encender fuego, sobre todo, si se tomaba en cuenta que el fuego podría atraer curiosos indeseables. La región sin luz encerraba peligros desconocidos; la penumbra había provocado que muchas especies evolucionaran de diferente forma. Enormes insectos y plantas devoradoras eran parte de la geografía de la región sin sol. Josul comía confiado y no se percato que una pequeña enredadera se arrastraba silenciosa hasta donde su montura descansaba. Antes de que el mensajero terminara su comida, escuchó un gruñido de dolor que le hizo incorporarse a toda prisa.

Josul recorrió asustado su improvisado campamento en busca de su montura. El relincho ahogado de su galindro le indicaba que estaba siendo victima de algún infortunio. Cuando llegó hasta dónde lo había amarrado, no lo encontró. Algo desconocido se lo había arrebatado y ni siquiera pudo ver hacia dónde se lo había llevado. Tras rápidos e infructuosos intentos por encontrar algún rastro, desconsolado se recargó sobre un tronco, tratando de encontrar una explicación lógica a la desaparición de su noble amigo. Fue entonces que advirtió una baba espesa que le corría entre los dedos de una mano. Con repugnancia comenzó a sacudirla para deshacerse de aquel extraño fluido, cuando otra gota cayó sobre su brazo. Al voltear hacia arriba, para dar con el origen de aquella emanación, vio a su galindro atrapado por miles de lianas que se movían con rapidez alrededor de su cuerpo, impidiéndole respirar y moverse.

            Reconoció en aquella especie a una de las plantas carnívoras de las que alguna vez le habló su amigo Jalil, quien ya había visitado la zona, y supo que tenía que localizar su tronco para cortarlo. Como en su pueblo aún no se habían inventado armas fuertes para la defensa, no disponía de ninguna herramienta para tal efecto, así que buscó afanosamente algo con qué trozar la raíz de aquel agresivo vegetal que mantenía atrapado al galindro. Cuando localizó una rama que le pareció lo suficientemente sólida para hacerlo, la planta, el amasijo de lianas y el valiente animal habían desaparecido.

            Pensando que se trataba de alguna extraña alucinación, corrió desesperado de un lado a otro sin encontrar explicación. Parecía que nada había sucedido en el entorno, salvo que su siete patas había desaparecido sin dejar rastro alguno.

Desesperado y cansado por la inútil búsqueda, se hincó a orar. Para su buena suerte, en ese planeta los dioses auxiliaban a quienes se ayudaban a sí mismos, por lo que advirtió que unas gotas de  sudor del galindro, que no habían sido absorbidas por la tierra, dejaban un rastro lo suficientemente visible para que Josul pudiera seguirlo. Con la esperanza de aclarar lo sucedido y localizar a su infortunada montura caminó durante un buen rato entre el bosque nublado, hasta llegar a un promontorio de piedras en donde un extrañísimo animal se disponía a devorar a su galindro. 

Con el aliento que le quedaba, gritó con fuerza al monstruo para que se apartara y dejara a su amigo en paz. Con actitud amenazante, se lanzó decidido sobre la bestia que reaccionó reclamando la amenaza de que estaba siendo objeto por parte de un ingélico que le daba órdenes con tanta determinación. Aquello era mucho más de lo que Josul podía esperar, así que la sorpresa y el estupor lo paralizaron e hicieron que bajara su brazo armado con la rama que había conseguido.

– ¿Puedes hablar?, ¿o sólo eres producto de mi mente enfebrecida y agotada por tantos días de travesía?, preguntó Josul, al tiempo que la bestia comenzó a desenredar sus lianas alrededor de la montura.

– ¡Vaya!, le respondió el raro vegetal. ¿Desde cuándo las criaturas del hose-sol pueden hablar?, respondió la bestia dejando al su imponente presencia, frente a la total incredulidad del ingélico. Ambos estaban desconcertados.

Mientras acariciaba al galindro que cojeaba de una de sus siete patas, Josul entabló diálogo con una bestia que jamás hubiera imaginado que existía.

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