ENTREGA 16
Entrega 16
– Hola, mi señor, creí que no volverías; no sabes cuánto te he extrañado, expresó el demonio de la mentira cuando salió a recibir a Rauel, quien después de cuarenta días, se había atrevido a regresar a la cámara secreta.
El príncipe era el primer ingélico que se había rebelado a los mandamientos de los dioses. Era el primero que llegaba hasta su ser interno para exponerse al sometimiento de sí mismo. Lo que habían hecho otros, antes que él, habían sido cosas menores, pleitos de niños, rencillas fáciles de solventar, casi travesuras en los albores de la vida en sociedad. Los primeros colonos de planetas habitables tenían dificultades cotidianas, pero aún no habían inventado la guerra. Eso lo estaba desarrollando el demonio de la envidia de Rauel, quien cooperaba con esa parte interna que se movía imperceptiblemente, sin percatarse de los daños que generarían sus acciones.
El alma de Rauel estaba cambiando y también estaba mutando su imagen física. Por falta de exposición al sol, los moradores del reino de Rauel eran un poco más pálidos que el resto de su especie; las sombras habían aclarado la pigmentación de su piel. Pero, ahora, la apariencia física de su líder estaba cambiando notoriamente. Su rostro, duro de por sí, ahora era atemorizante. Su cuerpo antes translúcido, ahora tenía un matiz opaco y oscuro. Sin embargo, el cambio más significativo en la transformación de Rauel eran sus alas. Las enormes y magníficas alas del ingélico estaban acortándose dramáticamente.
Sus padres se mostraban constantemente preocupados por los cambios físicos de su hijo. Como todo progenitor y soberano comprometido con sus súbditos, al rey le angustiaba el futuro del reino en manos de aquél, su único heredero, cuyos cambios de carácter eran motivo de alarma para la pareja real que no imaginaba el origen de su dramático cambio.
– Cuánto tiempo sin vernos, mi señor. Yo creí que… El demonio de la Adulación fue silenciado con un fuerte bofetón.
– Regresé, porque quiero diseñar un plan que mi brillante mente ideó anoche, gritó Rauel sin saber que ninguno de sus sueños eran naturales, ya que estaban siendo manipulados por esa horda de bulliciosos moradores internos. Ésa era una de las razones por las que el príncipe no descansaba, como cualquier otro, y que a eso se debía su cambio físico. En su mente, los demonios desarrollaban una operación militar invisible, silenciosa y sin tregua.
– En realidad, son dos planes maestros, continuó diciendo. El primero tiene que ver con el control de la mente de los angélicos y, el segundo, con el inicio de una pequeña guerra para tomar el control del planeta.
Sin admitir que se le interrumpiera, el ensoberbecido Rauel continuó con su exposición.
– He considerado que ustedes pueden ayudarme. En el tiempo que he pasado en este recinto me he dado cuenta de que tengo un enorme poder. Sé que alguno de ustedes me lo dijo, pero no lo creí hasta ahora que he asimilado los sucesos y sé que todos ustedes están de mi lado para conseguir mis propósitos.
Los demonios sonreían con aire de ingenuidad. Sabían que la trampa había funcionado.
– Como ha quedado muy claro, prosiguió Rauel, yo soy dios, lo que hace suponer que los demás ingélicos no son más que unos idiotas que no podrían comprender mi grandeza y, para ahorrarme las molestias de cualquier explicación, voy a secuestrar sus mentes para que hagan lo que yo quiera. Sin que puedan darse cuenta, van a adorarme.
– Perfecto, interrumpió el demonio de la envidia frotándose las manos. Y ¿cuál es el segundo plan?
– ¡Invadir el planeta hasta todos sus confines! ¡Aquél que rehúse dirigirse a mí como mi señor morirá!, tronó con voz estentórea que cimbró los muros de la gruta.
La multitud de demonios estalló en un sonoro aplauso y gritos de victoria. Los tenebrosos proyectos que habían inducido en la menta de Rauel habían sido rebasados.
– ¡Silencio y escuchen con atención!, impuso de nuevo Rauel su voz. Los primeros a quienes secuestraremos la mente serán los ingenuos comerciantes de Namburi. Les he deparado un destino suave. ¿Qué nombre recibirían los que no pueden ir a ningún lado?
– ¿Esclavos… mi señor?, sugirió el demonio de la burla y la crueldad.
– ¡Esclavos!, me gusta la palabra para bautizar a quienes formarán el primer segmento
en el nuevo orden social de Ran-Dom. Así será; los namburis serán los primeros esclavos. Muchas gracias compañero.
El demonio de la envidia y la codicia fulminó con la mirada al que agradó a Rauel con su respuesta, sobre todo cuando apreció la deferencia con que el amo acogió su propuesta. Y no fue el único porque, tal parecería que el resto habría deseado comerse crudo al referido
– ¡Escuchen bien!, acalló Rauel a la diabólica turba bulliciosa. Enviaremos delegaciones comerciales para invitarlos a venir con más frecuencia. Cuando lleguen aquí, vamos a separarlos en cinco grupos de los que iremos tomando a quienes viajen sin compañía, o a los niños y jóvenes que se muestren más inquietos. Vamos a fingir que tuvieron un accidente o que, molestos por una mala negociación, regresaron a sus respectivos pueblos. A esos ingélicos los desplazaremos hasta una gruta inmensa en las profundidades del hoyo, para que reciban adoctrinamiento. Les guste o no, lo acepten o no, su mente será reprogramada para transformarlos en los más claros, de los claros.
Los demonios se regocijaron de nuevo y volcaron una vez más su júbilo con gritos y alaridos de satisfacción, lo que hizo que el agigantado Rauel continuara su discurso, estimulado por sus propios egos y demonios.
– Lo que requiero de ustedes es su ayuda para la reprogramación mental de los comerciantes. Se me ocurre que podemos inducirlos en un sueño artificial del que jamás vuelvan a despertar. Yo soy dios, y como ustedes tienen un rostro igual al mío, también merecen ser dioses; aunque menores, pero dioses. He observado que cuando nos reunimos para hacer planes, se incrementa notablemente la energía, por lo que resulta lógico que unidos podamos emprender acciones con mayor fuerza. A partir de este momento, nos reuniremos en círculo y, con mi imagen presente, dirigirán su fuerza para concentrarla en la mente de cada ingélico, con el fin instalar en su cerebro la imagen del placer. No hay quién resistirse a la idea del sexo, la riqueza y el poder. Una vez que estos ingélicos estén instalados en esas redes, no podrán salir de la trampa. Tengo la seguridad de que si alguno de ellos pudiera romper la telaraña y despertar de ese estado inducido, los demás simplemente no le creerán, lo van a tildar de loco. Una vez que los ingélicos tengan una nueva impresión en sus mentes, es claro lo que podemos hacer con ellos.
Todos los demonios estallaron en júbilo. Por fin tenían una tarea digna de su propia oscuridad. Ahí, en ese reino en el que Rauel se erigía a sí mismo como un dios, levantaban los brazos en señal de triunfo.



Leave a Reply