ENTREGA 15

 

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Entrega 15

 

Todo esto sucedía en Ran-Dom, pero, ¿qué pasaba en el huevo de la creación? El que todo lo sabe y todo lo ve manifestaba uno de sus grandes misterios, dando un giro para el expansivo  y joven universo central. Los dos seres que recién habían sido expelidos de la esfera dorada recibían sus primeras instrucciones de vida.

Jahja, como expresión del amor infinito, tomó a las dos nuevas almas entre sus manos, como significado de la igualdad de imagen entre él y sus criaturas. Luego, habló a uno de ellos:

– Tú eres mi hijo bienamado y, por esa razón, grande es tu espíritu, pero también grande es tu misión. No importa cuánto tiempo tardes en recordar mis instrucciones. En el mundo y el espacio que nos une a ambos, el tiempo es lo menos importante. Tu ser interno encontrará la manera de hacerlo. Cuando hagas contacto conmigo, en diferentes momentos del tiempo,  te parecerá que recorriste el camino durante una eternidad. Al final, podrás ver que sólo fue un instante fugaz. Son tantas vidas, tanto tiempo, tantos caminos que tendrás que recorrer para encontrarnos de nuevo, que harán de tu existencia una aventura placentera. Yo te esperaré fuera del tiempo, con los brazos abiertos para recibirte.

Era la voz del Creador del todo, de lo visible y lo invisible, de lo conocido y lo desconocido, del mundo físico y del esotérico, quien hablaba con la palabra más directa que existe para entablar comunicación con el espíritu: el lenguaje del amor y la ternura. Y le dijo:

             Para la eternidad te llamarás Mosses, que significa “el que libera”. Aunque tus padres en turno te nombrarán de mil maneras, serán nombres mundanos y temporales. Recibe mi poder y mi amor. Cuando el Olvido haga su trabajo, permite que tu espíritu libre todas las batallas que sean necesarias para volver a recordar quién eres en realidad. Cuando lo consigas, te darás cuenta de que el material con que fue construido tu espíritu y yo, somos lo mismo. Nunca más volverás a dudar de tu grandeza y del inmenso poder que tu espíritu encierra.

            Las palabras del Creador, como un beso celestial, cimbraron de emoción al ingélico recién creado, quien permaneció por un buen rato en actitud de recogimiento. Sus alas lo envolvían con delicadeza y la energía, inteligente y cuidadosa, lo arropó para hacerle sentir amado. Enseguida, esta misma fuerza le llevó flotando hacía la barca que lo transportaría a su primera experiencia de vida en Ran-Dom. Mientras, el otro espíritu que también era esperado, recibía sus propias instrucciones.

            Y sonó de nuevo la voz amorosa del Creador diciendo:

             Tú eres mi hijo bienamado y por esa razón, grande es tu espíritu, pero también grande es tu misión. Tú vas a recordar, desde el primer instante de vida, mis instrucciones. Muchos planos evolutivos dependen de la realización de tu tarea. Para muchos será una faena ingrata; para otros, te convertirás en el representante de sus miedos. Otros más dirán que eres una aberración, un monstruo o mi enemigo. No importa lo que digan, cumple con tu destino. Ése es mi designio para ti. Tu nombre espiritual será Draco, que significa “el que aprisiona”. Serás engendrado en vientre de madre una sola vez. Tu singular evolución te va a llevar por mil mundos y dimensiones. En cada uno de ellos, te van a nombrar según el tamaño de sus propios miedos. Tú vas a liberar a los Dragones y te vas a alimentar de los temores y angustias de tu prójimo.

            Y Dios continuó aleccionando a Draco:

              Vas a esclavizar, para que tu prójimo aprenda a luchar.

              Vas a matar, para que vuelva a nombrarme.

              Vas a encadenar, para que quiera caminar.

              Vas a maldecir, para que aprenda a orar de verdad.

              Vas a dividir, para que busque la unidad. Ésa es tu misión; ésa es mi instrucción. Recibe mi poder y mi amor. Desde el primer día de tu nacimiento planetario, mantendrás cerrada la puerta que nos comunica, porque solo así crecerás, lejos de tu conciencia. Tu espíritu no va a mutar, ni a perderse; sólo va a permanecer cautivo de ti mismo y no podrás reconocerlo porque no lograrás verlo. No obstante, al final de los tiempos, cuando ya no le debas nada a tu destino, liberarás al cautivo para poder regresar a mí. Cuando tú y tu cautivo se reconozcan de nuevo, yo estaré esperando tu regreso con los brazos abiertos.

            Draco, al igual que Mosses, recibió un beso celestial que lo cimbró de emociones y que nadie sabe cuando volvería a sentir. Entendió su misión y guardó ese beso en lo profundo de su corazón. Sabía que, cuando su trabajo terminase, volvería a sentir el amor de Dios. Una vez que liberase al cautivo, regresaría con él junto a su padre.

            La misma fuerza misteriosa que movió a Mosses, cobijó a Draco para llevarlo al lugar en donde le esperaba la barca de su destino. Ambos, desde la cubierta de sus respectivas barcas, se contemplaron como hermanos en la creación. Ellos sabían que en ese lugar eran hijos del mismo padre y que una vez que rompieran la membrana que cubre al huevo de la creación, serían separados y enviados a luchar por la encomienda que Dios les hizo. En lo sucesivo, aún sin tener idea de cómo sucedería, serían enemigos y sobrevivirían a la guerra.

 ¡Bienvenido!, gritó un ingélico que aguardaba ansioso la llegada de Mosses.

  Gracias, Mantís, contestó Mosses con tono afable. ¿Está lista la barca para partir?, preguntó mientras la energía que lo llevó ahí se desprendía para dejarlo suspendido a poca distancia de la cubierta, desde donde le sonreían sus compañeros de viaje.

  Quiero saludar a todos y agradecer la espera, dijo Mosses emocionado, al tiempo que saltaba sobre la barandilla de la barca, para tomar su sitio en la cubierta principal. Un ingélico lo tomó por los hombros y, doblando con cuidado sus alas, le indicó que debía dirigirse a un salón en donde todos gritaron jubilosos a su arribo. Sabían que la aventura de la vida era una de las experiencias más importantes por realizar y, por supuesto, todos ansiaban que llegara el momento de zarpar.

            – Llegó la hora, dijo el ingélico Ireni, e instó a sus compañeros a formar un círculo de oración, para aprender a sacralizar una de las acciones más importantes en el sendero de la evolución: el agradecimiento. Todos reunieron su energía para agradecer al Creador, en un acto que precedía a la salida y por el que comprometían sus almas con la oración, como principio de toda comunicación con su origen.

            Una vez que el rito de agradecimiento terminó, todos se dieron a la tarea de soltar los amarres de la barca y observar el mágico movimiento de las serpentinas guías cuyos movimientos ondulatorios se perdían en la vastedad del universo. Eran como enormes autopistas por donde circulaban las almas que poblarían los diversos planetas.

            – ¿Qué son esas explosiones que se ven en la bóveda celeste?, preguntó intrigado Mosses.

            – Son las explosiones energéticas que ocurren cuando pasamos a través de la membrana que resguarda al huevo, le explicó Ur, uno de los primeros humanos creados. Después de esa barrera, nos vamos a encontrar frente a la inmensidad del espacio sideral donde nuestra misión individual va a comenzar a borrarse de nuestra memoria. El Olvido comienza a realizar su tarea una vez que sales de casa.

            Dado que el universo era aún muy joven, Ur sólo disponía de tres opciones para encarnar: en dos o tres planetas de la constelación de Orión, en cualquier lugar del conglomerado de las Pléyades o en la recién formada Tierra que recibiría a Mosses en algunas de sus vidas como humano, una vez que el planeta Ran-Dom cayera y él fuera llevado en forma secreta, para preparar su retorno y planear la estrategia de combate contra Draco.         Desafortunadamente, la preparación de Mosses sucedería tomando en cuenta la dimensión del tiempo, cuando Draco ya estuviera devorando a muchos planetas y dimensiones. La Tierra, como le llamarían sus propios pobladores, sería el punto de partida para el enfrentamiento frontal contra el enviado de la sombra de Dios.

            Mosses recibiría  en ese planeta los conocimientos suficientes para enfrentarse al mal.

Aunque toda esta información no estaba vedada para Mosses en el huevo de la creación, cada vez que él renaciera estaría aprendiendo lo necesario para su evolución. En ese mundo tendría la fortuna de contar con maestros, brujos, chamanes y sobre todo, tendría posibilidad de comunicarse con su ser interno, lo que le abriría las puertas del conocimiento para servir y evolucionar. Este trabajo le tomaría a Mosses varios siglos.

            En la otra barca, todo también era regocijo y camaradería. Sus ocupantes dieron la bienvenida a Draco, quien agradeció el encuentro. No obstante conocer la naturaleza y el alto grado de dificultad de su encomienda, su felicidad en ese lugar era auténtica.

            – Si no queda nada por hacer, soltemos las amarras de la barca, dijo frotándose las manos un elegante darsni, batiendo sus graciosas alitas.

            La mayoría de los seres que se gestaban por esos tiempos tenían alas, y nacían en sus mundos, planetas o estrellas, con cuerpos más o menos translúcidos. Todos los planetas, aunque no eran muchos, constantemente recibían flamantes pobladores, razas que mutaban y necesitaban nuevas formas para evolucionar, ya que los sustentos reales de sus primeros hogares carecían de lo que necesitaban. Eso obligaba a la colonización constante del universo.

            La serpentina guía onduló su largo cuerpo presa de una emoción anticipada; siempre era un gran suceso repartir almas por el universo. Millones de barcas de todos colores y formas se movieron casi al mismo tiempo. El zumbido que producía cada una de ellas era el timbre de reconocimiento que acompañaría a los seres que estaban a punto de salir a la experiencia de vivir.

            Entre los ocupantes de la barca en que viajaba Draco se podía sentir una tensión extraña, indefinible, que aumentaba a medida que se acercaban a la salida. Las explosiones que se producían al romper la membrana ofrecían un espectáculo maravilloso de luces multicolores que sólo podían ser vistas por las almas recién nacidas. Todas las barcas pasaron por esa experiencia y, sólo después de salir al espacio exterior, el proceso del nacimiento de almas quedaba concluido y daba inicio el sendero de la evolución.

 

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