ENTREGA 14

 

Entrega  14

 

 

 

En el lejano reino de la costa de Zian-Dres, un hombre estaba en profunda concentración, buscando el contacto con sus dioses. Desde días atrás había venido meditando y sufriendo sobresaltos que le obligaban a buscar su guía interno. El hombre conocía su grandeza interior y buscaba que esa sabiduría almacenada le ayudara a encontrar el camino para resolver ciertos conflictos de estado. Era el rey Zodiak, a quien sus súbditos llamaban El Justo.

A Zodiak le gustaba impartir justicia y, cuando un asunto se complicaba, se trasladaba hasta la cima de una montaña para recibir los primero rayos de los hose-soles. Era un creyente devoto del dios Jahja y a su planeta lo iluminaban cuatro astros luminosos.

Ese día, mientras se encontraba en profunda meditación, percibió una alteración en su energía, lo que le hizo saltar y correr cuesta abajo hasta llegar al palacio. Jadeante y sudoroso, buscó a Adrin, su esposa, a quien confió con aprensión:

– ¡Mujer, ven! ¡Algo muy grave ha sucedido y creo que todos estamos en peligro!, le dijo con tono alarmado

– Nunca te había visto tan alterado; a ver, cálmate y cuéntame, le respondió la mujer al tiempo que doblaba sus alas hacia abajo para mostrar su pecho, que es donde el corazón se puede sentir.

        Esta madrugada subí al monte de los dioses. Sabes que tenemos un problema entre dos tribus y quise pedir consejo para impartir justicia. Cuando más concentrado estaba en mis oraciones, vi una enorme sombra saliendo del reino del Frío, dijo el sabio pero no terminó de hablar, porque el miedo que sintió en la montaña regresó, desfigurando su rostro.

– No te preocupes, intentó calmarlo Adrin. Del hoyo siempre salen sombras porque no reciben la luz de ningún hose-sol.

– Esta  vez es diferente; fue como si se hubiera cerrado un pacto siniestro que dará paso al nacimiento de la más aterradora oscuridad, respondió Zodiak, visiblemente atemorizado. Y tenía razón, porque había visto a través de su meditación los maquiavélicos planes que se venían desarrollando en el interior de Rauel.

La reina comenzaba a creer en las palabras de su esposo y también se alarmó. ¿Quién hizo el pacto?, inquirió al soberano.

  Rauel y los representantes del mal. Creo que los días de Ran-Dom, están contados, dijo el rey recostándose en un sillón con el rostro descompuesto. De sus ojos salían ríos de lágrimas miedo e impotencia.

– No puede ser. ¿Quiénes son los representantes del mal?, trató Adrin de averiguar mientras se acomodaba al lado de su esposo, tensa, con la mirada triste y el rostro también alterado.

– La codicia, la arrogancia, el ansia de poder, la envidia, pero, sobre todo, el miedo, Adrin, el miedo. Zodiak dejó caer las últimas palabras lentamente, sopesando el efecto que obraban en el ánimo de su esposa.

– ¡Dios! Pero dime, ¿de dónde vienen?, dijo Adrin contagiada por el desolador panorama que su esposo planteaba.

– De adentro, mujer, de adentro. Parecía que el rey, a medida que su conocimiento sobre el tema aumentaba, mayor era el peso que su alma sentía.

– ¿De adentro?, ¿del hoyo?, inquiría la reina buscando los ojos de su esposo que se iba deslizando en el sofá.

– No, del interior del ingélico, contestó el soberano con voz apenas audible.

– No entiendo. ¿El mal salió de adentro de Rauel? La reina cada vez entendía menos.

– Sí, y se alió con los más miserables de todos los malditos, sus propios demonios. Le dio poder a lo que esclaviza. Despertó ese grado de maldad natural que todos tenemos, el que establece un equilibrio con el que podemos convivir. Ese príncipe debilucho y temeroso  materializó en sí mismo al olvido. Él ya se olvidó de Dios; ya está lejos de Jahja. No es una coincidencia que la oscuridad saliera del hoyo, ni que la maldad emanara del interior de Rauel.

      Lentamente, el rey se incorporó para invocar la ayuda de su dios. Necesitaba del auxilio divino para enfrentar la gran separación que sobrevendría. La más infame de las guerras estaba por comenzar y la sombra de Dios cubriría Ran-Dom muy pronto.

            – ¿Y nuestro hijo?, ¿qué va a ser de él?, dijo Adrin con angustia. Tenían planes para procrear un hijo y dar al reino un heredero, pero los recientes eventos desalentaban la idea de engendrar un hijo que llegara a un mundo que podría ser desvastado por otros.

            – Nuestro futuro hijo está en manos de Jahja. Él sabrá si es conveniente que llegue a nacer. Si es así, será obra divina, y si no lo es, también. Lo que me preocupa ahora es la suerte de nuestro pueblo; ellos son inocentes y ajenos a la gula que se despertó en el príncipe.

– ¿Estamos en peligro?, gimió Adrin, a lo que el rey respondió:

– No sé cuánto tiempo tarde su maldad en llegar hasta nosotros, pero es inevitable que lo haga. La maldad nos va a devorar; sin duda, así será, nos devorará…Así será.

 

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