ENTREGA 13

 

Entrega  13

 

 

            El extraño comportamiento de Rauel no pasó inadvertido para los monarcas que compartían su preocupación con sus amigos y demás parientes. Intuían que algo muy raro pasaba por la mente del heredero que con actitud hosca y palabras groseras respondía cuando se le preguntaba por su estado de salud. Deseaba salir huyendo a refugiarse donde nadie lo importunara, pero tenía miedo volver a su cámara secreta.

            – ¿Por qué no buscas a tu dios? Él puede darte consuelo y respuestas, le dijo una suave voz al oído.

            – ¡No sé dónde encontrarlo!, ¿a cuál te refieres?, ¿ángel o demonio?, se contestó a sí mismo, sin imaginar que había empezado a entablar conversación con su propio interior.

             Bien que lo sabes, sugirió la voz. Basta con que visites de nuevo tu cámara secreta en donde podremos volver a hablar sin sobresaltos, mi señor.

            – No sé; tengo mucho miedo. No me atrevo, ni sé cómo llegar, respondió Rauel con los ligeros destellos de cordura que aún tenía y que sus demonios internos intentaban derribar.

            Tres días después de la charla con la voz, Rauel decidió volver a la gruta en donde la música de las gotas de agua sobre la piedra le ayudó a trasponer el límite entre el estado de conciencia ordinario y el alterado.

             Bienvenido a tu verdadero palacio, mi señor, le recibió el demonio de la dualidad. Sintiéndose en verdad honrado por aquellas criaturas de servilismo extremo, Rauel volvió a su habitual actitud arrogante e irascible para demandar explicaciones.

            Un enorme séquito de personajes llegó a la gruta mayor cuya dimensión correspondía más o menos al espacio físico en donde se encontraba su tórax. El que iba al frente parecía ser el comandante. No obstante todos tenían el rostro igual al de Rauel, éste pareció no darse cuenta; mejor dicho, sí notaba el parecido, pero su arrogancia no le permitía dar ninguna muestra de sorpresa. Rauel aprendía rápidamente el arte de engañar y mentir. 

            – Mi señor, yo, el más parecido a ti, por lo que soy el indicado para ponerte al corriente de lo que debes saber, dijo el demonio de la arrogancia dando un paso al frente, mientras pretendía frenar a la horda que buscaba mayor protagonismo. El ser interno del príncipe estaba desbordándose finalmente. Ya había muy poco por hacer. La oscuridad parecida a la de su reino natural, negra y profunda, estaba ganando la batalla sin que él tomara conciencia. El reino del mal estaba arribando a Ran-Dom, por medio de Rauel. Sin hablar, con leves y soberbios movimientos de mano, concedió la palabra al emisario para que le diera la explicación.

            – Lo primero que debes saber no te costará mucho trabajo entenderlo. En el reino que habitamos, incluyéndote, es tu propio cuerpo. Es tu cuerpo físico el que duerme, el que respira para vivir y el que muere si no lo alimentas. La manera en la que ingresaste a este mundo es lo menos importante, por el momento. Lo fundamental es que ya estás aquí, entre nosotros, tus verdaderos adoradores, tus esclavos, tus consejeros. Nada de lo que alguien más te pudiera decir, es cierto. Nosotros poseemos la verdad y queremos compartirla compartir contigo. Con miradas que iban de la dulzura a la extrema lascivia, el demonio de la arrogancia vertió su venenoso discurso lo más rápido que pudo.

            Visiblemente alterado, Rauel increpó a quien le hablaba.

            – ¿De qué cuerpo hablas, idiota?, ¿cuál interior si ahora mismo los estoy viendo, frente a mí? No digas más sandeces o… espera, ¿dijiste que son mis adoradores?, comenzaba Rauel a ceder bajo el influjo del demonio que tomó la palabra.

            – No, señor. Tu cuerpo físico está aletargado, en la cámara de descanso. Quien habla con nosotros es tu verdadera identidad, tu verdadera fuerza, tu verdadero yo, contestó el demonio girando alrededor de Rauel.

            – ¿Estoy muerto y es ésta la antesala de los dioses?, preguntó ansioso.

            – No, mi señor. Ésta no es ninguna antesala, sino tu verdadero palacio y debo revelarte un secreto… aquí mora Dios, susurró el demonio retirándose sigilosamente, para permitir a Rauel asimilar lo que acababa de decirle.

            Las palabras proferidas por el demonio eran peligrosas, porque que no sólo tenían el poder para definir el rumbo entre el bien y el mal, sino para hacer que cualquiera creyera lo que no es.

            Con gestos de genuino interés, Rauel se dispuso a seguir prestando atención a su interlocutor, exigiéndole que le mostrara dónde se encontraba ese dios a quien nunca había visto e ignoraba que también se encontraba en su interior.

            – Sígueme, dijo el demonio. Te lo voy a mostrar pero, antes, debes hacer algo por mí.

            – Lo que quieras, respondió Rauel ansioso. Si me vas a presentar con Dios, te mereces cualquier premio.

            El resto de los demonios ahí reunidos gritaron jubilosos. Sabían de antemano el resultado de las gestiones de su arrogante hermano y sólo faltaba dirigir las últimas instrucciones; lo demás estaba condenado.

            Con displicencia, Rauel siguió a la horda por túneles y pasillos en los que, a pesar de la densa penumbra, se podían vislumbrar piedras preciosas incrustadas en las paredes. Todas esas joyas se estaban fundiendo lentamente. La luz que emanaban como pequeños soles se estaba perdiendo al paso de los demonios se dirigían al centro del tórax de Rauel. Las joyas que antes iluminaban su interior iban consumiendo su brillo, lo que significaba que la luz interna del príncipe se estaba apagando. Cuando llegaron a un gigantesco salón, un enorme demonio lo esperaba. Su voz resonó por todo el recinto, sobrecogiendo a Rauel quien, no obstante, se atrevió a preguntarle:

– ¿Qué tan grande soy?

– Sólo hay un grande: tú mismo.

– ¿Qué tan fuerte soy?

– Yo soy tu fuerza. Sólo tienes que llamarme.

– ¿Puedo ser como tú?

– Ya lo eres, pero hay alguien aún más fuerte que todos nosotros juntos.

– ¿Quién es?

– Tu hijo.

– Yo no tengo hijo.

– Lo vas a tener. Lo vas a entrenar y te va a devorar. Después de consumirte, vas a vivir en él. De esa fusión surgirá el ser más grande y poderoso como ningún otro.

– ¿Tiene nombre?

– No lo ha recibido aún, pero le llamarán el Cazador de almas.

            Rauel no soporto más y rompió el contacto. Su cuerpo físico estaba experimentando una descarga inmensa de energía. Toda la fuerza del mal se estaba concentrando en él y no podía soportarlo; la tensión que recorría su organismo era superior a su resistencia, por lo que decidió terminar con el trance y se retiró de la cámara llorando por la sorprendente revelación. Su conciencia recién ingresaba en el mundo de la maldad y aún mantenía resquicios de ternura, amor y compasión. Saber que él era el generador del mal en Ran-Dom era demasiado.

 

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