ENTREGA 12
Entrega 12
No encontró nada que pudiera servir como arma para defenderse, pero una pequeña luz penetró en su cerebro y le hizo preguntarse en dónde se encontraba realmente.
– En tu verdadero reino, respondió una nueva voz a la pregunta que Rauel se hizo mentalmente, por lo que se sorprendió.
– Conozco mi reino y no es éste. Aquí, estoy perdido, contestó Rauel con enfado y retomando aquella actitud erguida y desafiante que le confería su característica arrogancia.
– No creas todo lo que ves, ni te gastes en pensar en todo lo que puedes hacer. La realidad te va a rebasar, por mucho. Abandónate a tus propios instintos; yo he estado acompañándote desde hace mucho tiempo. Estoy para servirte, le contestó la nueva voz que tenía un tono más áspero.
– ¿Servirme?… eso me gusta. Y, dime, ¿puedes cumplir todos mis deseos? Sin advertirlo, Rauel estaba por ingresar en el camino equivocado. El demonio de la avaricia le estaba acariciando los oídos. La seducción original estaba en marcha.
– Antes de que formules tus deseos en forma alocada, piensa que aquí, en este lugar, los deseos que tu mente aún no ha registrado, tu corazón sí lo ha hecho. Perdón, no me refería a ese corazón. Me refería a nosotros, los reales dueños de tu casa, tu verdadero y único corazón; sabes a qué me refiero, ¿no? La áspera voz contestó titubeante, como la de un individuo que ha sido sorprendido en falta. Pero cualquiera que hubiera estado verdaderamente atento y con suficiente experiencia, podría afirmar que aquella voz estaba mintiendo descaradamente.
– En realidad, no me importa quién o qué eres. Lo que me interesa es ese poder del que me hablaste. ¿Eres uno de los dioses y yo estoy en el paraíso?, ¿los otros dioses no están molestos porque llegué hasta aquí?, preguntó curioso Rauel, ignorante de la sutil seducción de que estaba siendo objeto por parte del desconocido.
– ¿Cuál dios?, ¿de qué hablas? Aquí no hay más dios que yo. Pide lo que quieras y te lo daré. Ya te lo dije, estoy a tu servicio. El demonio de la seducción estaba realizando una gran labor y la víctima que manipulaba estaba muy dispuesta a cooperar.
– Primero dime en qué lugar estoy. Después, quiero que te manifiestes. No me gusta hacer alianzas con desconocidos y, por último, si eres tan poderoso como dices, adivina qué es lo que realmente quiero y que mi mente aún no registra, según dijiste. Quiero comprobar si es cierto que tienes poder.
– Escucho y obedezco, mi señor. De la boca del demonio salieron palabras melosas que cayeron como metal ardiendo en mantequilla y tuvieron el poder de incrustarse muy dentro de la mente de Rauel.
– Si lo dijo un dios, quiere decir que, a partir de este momento, todos mis súbditos tendrán que dirigirse a mí de esa manera. Mi señor, mmm… me gusta, me gusta mucho. El hechizo formulado por el desconocido obró su efecto. Rauel había caído presa de su propia trama. Nadie tiene tanto poder y es tan peligroso, como aquél que cree las mentiras y trampas que salen de sí mismo.
– Mi señor, lo que tú quieres es ¡poder!; el poder del universo, el poder de la riqueza, el poder de decidir el destino de tus súbditos. En pocas palabras, lo que tu corazón anhela es trascender en la vida y en la muerte, refrendó la voz satisfecha del entusiasmo que adivinaba en el rostro de su víctima. Tus deseos serán cabalmente cumplidos, mi señor. Vas a recibir los medios para hacerlo y, por favor, toma conciencia de algo muy importante; no hay Dios más grande que tú, recalcó la voz que siseaba como serpiente, recitando lo que Rauel quería escuchar.
Los titubeos del príncipe terminaron cediendo ante la realidad de sus anhelos. Para cumplir uno de los deseos planteados por Rauel, el demonio se dispuso a manifestarse ante su amo, no sin antes pedirle que cerrara los ojos. Al abrirlos, lo que vio Rauel le dejó helado. Frente a él apareció un personaje arrogante, ricamente ataviado, con un rostro que el príncipe conocía muy bien, desde mucho tiempo atrás.
– ¡Tú eres yo!, o, más bien, ¿yo soy tú? No, no, debo estar confundido, ¿por qué tienes mi rostro?
Rauel no salía de su asombro ni conseguía explicarse aquel extraño evento. La voz del otro lo sacó de su estupor al decirle:
– Decir mi rostro no es muy preciso. Obsérvame con atención, ¿acaso no soy más apuesto que tú?
Ahora hablaba un nuevo personaje que más le habría valido a Rauel no conocer porque, en el futuro, su peligrosidad le acarrearía más desgracias. Era el demonio de la Vanidad a quien el príncipe interpeló tachándolo de loco y desafiándolo a que le develara en qué sitio se encontraban. Pero no pudo concluir su comentario porque ya otro demonio susurraba a sus espaldas.
– Estamos en nuestra casa; la tuya y la mía, ¿entiendes, mi señor? Otro diablo más, de modales muy finos y aire displicente, se unió al grupo. Se trataba del demonio de las apariencias que competía en estampa con el de la vanidad.
Rauel, asegurando a todos que había llegado ahí por casualidad y que el regreso a su propia casa se había complicado. Con inédita humildad pidió perdón por la intromisión y solicitó la venia de los demonios para retirarse, ofreciéndoles encontrarse en mejor ocasión. Aquellos entes con su propio rostro lo desconcertaban.
– No estás perdido. En realidad estás, por primera vez, en tu verdadera casa. Sabíamos que vendrías y te hemos estado esperando. Somos muchos y todos tenemos tu rostro; somos los auténticos moradores de tu persona, dijo un nuevo demonio que se apareció para esclarecer las dudas de Rauel, quien creyó que se volvería loco frente a la visión de tantos entes con su propio rostro. No quiso seguirlos escuchando e intentó huir corriendo por los pasillos, buscando una salida.
Los gritos de los demonios, insistiendo que estaban para servirle, lo persiguieron durante un buen rato. El confundido príncipe buscaba desesperadamente un hueco que le permitiera escapar, pero sólo conseguía tomarse con muros inmensos, caminos cerrados, senderos intransitables. Comenzaba a creer que había caído en una trampa mortal y en su mente errática apareció por primera vez un concepto que hasta entonces desconocía: el enemigo.
Cuando detuvo por un momento su frenética carrera para tomar aliento, una voz que recordó como la primera que escuchó le aclaró que, efectivamente, aquella horda de demonios eran sus enemigos. La locura comenzaba a tocar en su cerebro y por momentos parecía que podría abrir esa puerta. Rauel no sabía que cualquiera puede contactar con sus guías internos, pero la forma tan precipitada y tensa con que se desarrolló ese primer encuentro perturbó para siempre el alma del príncipe. Algo similar estaba sucediendo en Ran-Dom. Del reino frío, de ese hoyo oscuro del planeta estaba surgiendo la semilla maligna que sometería a la raza ingélica. De la parte oscura del ser interno de Rauel estaba surgiendo la maldad que condenaría a una buena parte del universo al sufrimiento y la esclavitud.
Tras varios minutos de alocada huida, sin saber cómo, Rauel logró salir de su interior y regresar a su estado de conciencia habitual. Sin haber recuperado del todo su equilibrio mental, abandonó su “cuarto secreto” para dirigirse directamente a su habitación en palacio. Profundamente cansado, se desplomó sobre su cama en donde permaneció por varios días, preso de sus sentimientos y acosado por los demonios que parecían cobrar cada vez más fuerza.
El príncipe vivió la semana más tortuosa de su vida. Las pesadillas en que se veía a sí mismo envuelto en una encarnizada guerra eran constantes, así como las imágenes de muerte diseminadas por el planeta. Saber que todo eso era obra suya lo devastaba. Su mente estaba invadida por pensamientos destructivos y escenas desgarradoras que iban minando su resistencia natural a la maldad. Los demonios, al igual que sus guías internos, libraban su propia batalla por apoderarse del espacio de la conciencia del príncipe. Todo era cuestión de tiempo. El vencedor de esa guerra estaba destinado a regir en el futuro todas las obras y acciones del ser cuya conciencia se disputaban.



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