ENTREGA 11

 

 

ENTREGA  11

 

 

Al joven Rauel le fueron inculcadas las virtudes de su clan y su linaje; la forma en que se gobernaba en el planeta y, sobre todo, por qué y para qué se ejercía el poder. Siempre supo que un buen hombre hace un buen gobierno, ¿qué cambia esa percepción?, ¿dónde nace la ambición y se pierde el control sobre sí?, ¿cómo nació su primer demonio?

            Mucho tiempo pasaba el joven heredero pensando en las opciones que tendría, si él dirigiera los destinos de su pueblo. Observaba el viento que se paseaba silbando suavemente entre las estalactitas, las aves que volaban entrando y saliendo de su reino. Ponía mucha atención en el agua que se filtraba por las rocas para llegar hasta sus tanques almacenadores.

            Desde niño le llamaron poderosamente la atención unos gusanitos que vivían en el perpetuo silencio y oscuridad del subsuelo. Ante la escasez de comida, los pequeños bichos luchaban entre sí con ferocidad para conseguirla. Los más grandes y fuertes conseguían alimentarse primero. ¿De donde provenía esa fuerza para derrotar a sus compañeros y comer las mejores partes de la comida?, se preguntaba Rauel  sin percatarse de que, en realidad, los gusanos grandes no atacaban por atacar a sus semejantes, ni querían dejarlos sin alimento. Ellos luchaban por ese rasgo básico que posee toda inteligencia en el universo, que es el instinto. Mas, el instinto natural de supervivencia es muy distinto al que se desarrolla de manera perversa con afán de someter a otros, y la percepción equivocada de Rauel  le puso en el camino que lleva al mal observador al caos y, mucho peor, a la corrupción.

            Nadie sabe con certeza como ocurrió, pero sucedió un día en que Rauel se internó por lugares poco explorados de su territorio y se encontró de pronto con una cavidad natural muy acogedora en donde se sintió a gusto. Las gotas que caían del techo sobre algunas placas de piedra producían arrullos musicales que relajaban el cuerpo e inducían al descanso.

            Para el inquieto príncipe, fue fácil buscar un atractivo lecho en dónde descansar de las obligaciones cotidianas y convirtió el hallazgo de ese lugar en un secreto personal. Las placas de piedra tenían diferentes grosores, lo que hacía que el constante golpeteo de las gotas emitiera sonidos agudos, graves y una infinidad de tonos y semitonos; algo parecido a una orquestación de la naturaleza.

            La génesis del mal comenzó un día por la tarde cuando, agobiado por una tarea mal realizada, Rauel buscó refugio en lo que bautizó como su “cámara de descanso”. Envuelto en dudas, el príncipe se recostó sobre el improvisado lecho, limado ya de todas sus asperezas para volverlo confortable. Al golpear la cama de piedra, las gotas creaban un ambiente especial que hicieron caer a Rauel en un letargo por el que se transportó a esos caminos que sólo se transitan por medio de estados alterados de conciencia.

            Esa tarde, sin tener una clara noción de cómo y cuándo, el príncipe de los “claros” dio el primer paso dentro de sí mismo. La magia del golpeteo del agua sobre la roca llevó a Rauel en un viaje hacia su ser interno, su verdadero yo. Experimentando una sensación que nunca había percibido, por un momento se atemorizó, pero ese primer ingreso a su mundo interior le produjo una extraña curiosidad.

            Fue entonces que una misteriosa voz le tomó por sorpresa. “¿Por qué no buscas dentro de ti?, recitó ante el azoro del príncipe que inútilmente buscaba dar con el interlocutor. “¿Quién anda ahí?”, gritó Rauel con firmeza, pero no obtuvo respuesta. Aún no sabía que una parte de sí mismo vagaba dentro de su cuerpo y que su alma paseaba constantemente buscando la forma de conectarse con su ser externo y su mente. No se percató del fenómeno de interiorización que estaba experimentando, ni lo que estaba sucediendo con su cuerpo físico y etéreo, así como con su alma y espíritu.

            En lo primitivo de su mundo no había lugar para investigar cosas tan profundas. Eso estaba reservado para un puñado de ingélicos que guardaba en secreto casi toda la acumulación de conocimientos naturales que no eran comprendidos por los ingélicos comunes. En realidad, a la mayoría ni siquiera les importaba. Sólo unos pocos conocían la verdad de la existencia del mundo interior, de cuántas partes estaba compuesto y del poder que del propio interior puede emanar. En ese mundo primitivo, los chispazos del conocimiento interior se habían producido como hechos aislados en los siete reinos del planeta. La sabiduría estaba regada por todo Ran-Dom, pero nadie la poseía por completo, solo pequeñas partes fragmentadas, como un rompecabezas de conocimientos.

            El fenómeno que estaba viviendo Rauel le permitió ingresar de súbito dentro del conocimiento interior. Su alma se estaba moviendo para entablar comunicación entre su mente y su espíritu, único mecanismo universal para llegar a donde se guarda la sabiduría total, para entablar la comunicación con Dios, o para poseer el poder sobre la vida y la muerte de sus semejantes.

            El cuerpo físico de Rauel estaba tendido sobre una cómoda cama de piedra. Había ingresado sin saberlo, al mundo en donde el tiempo no existe y el espacio no tiene nada qué ver con la realidad cotidiana. Tan ignorante estaba de este asunto que, si no ocurriese nada que lo regresara a tomar conciencia de su cuerpo, podría morir de inanición sin darse cuenta. La inconsciencia en ese estado alterado de conciencia, era muy, pero muy peligrosa.

            En ese momento, Rauel estaba parado en el cruce de dos caminos dentro de una enorme gruta. No podía imaginarse que esa gigantesca cavidad era parte de sí mismo y que estaba deambulado por su propio interior, perdido en la inmensidad del territorio del espíritu.      No recordaba cómo había llegado hasta ahí. Intuyó que la música del agua sobre la piedra le habían inducido un sueño profundo del que no despertó mientras caminaba. No reconocía ningún punto de las grutas y comenzó a sospechar si no se habría perdido. A nadie le había confiado la existencia de ese lugar y temió que nadie lo encontraría en caso de haberse extraviado. Sus cavilaciones terminaron de golpe al advertir que una sombra enorme se dibujaba sobre el techo de la gruta. Era como un ave descomunal en un vuelo sobrenatural que le sobrecogió e hizo temblar de pies a cabeza. Nunca había oído hablar de aves tan enormes y mucho menos que se encontraran en lugares tan profundos.       

            – No temas; no estás solo, le dijo una queda voz al oído, pero Rauel no se tranquilizó. Por el contrario, el miedo más atroz se apoderó de él y se tiró al piso, llorando como un niño. Sin poder controlarse, se encogió hasta quedar en posición fetal, tratando de envolverse con sus alas para protegerse de aquella presencia atroz.

            – ¡Vete!, no sé quién eres ni por qué me acosas. Déjame solo, no me hagas daño, gemía Rauel con incontenible llanto de miedo.

            – Busca, le susurró la voz, seguida de un silencio abrumador.

            – ¿Buscar?, ¿qué tengo qué buscar?, dijo considerando la posibilidad de que se tratara de algún tesoro. Como por arte de magia, el miedo se disipó y se dispuso a seguir la orden de la vocecita. Buscar… buscar ¿qué? No importaba. La sola perspectiva de escudriñar el entorno para dar con un tesorote fue suficiente para calmarlo y hacerlo entrar en acción. La imagen de un tesoro escondido que sólo él podía encontrar y disfrutar inundó su mente. Después de todo, era de los pocos ingélicos deseosos de atesorar poder y riqueza infinita. Los demás vivían contentos con las pocas comodidades que habían logrado inventar en su corta estancia en ese planeta.      Un escalofriante rechinido le apartó súbitamente de sus pensamientos y Rauel se puso en guardia contra lo que supuso una presencia dispuesta a atacarle. En ese momento reconoció que no sabía pelear, porque en Ran-Dom no había necesidad de hacerlo. Nadie atacaba ni se defendía, por lo que nunca se había entrenado en la defensa personal o la lucha armada. Aún así, encaró a su hipotético agresor urgiéndole a que mostrara su cara y manoteando sobre el suelo para encontrar algo con qué defenderse. Pero el sitio estaba desolado y la oscuridad era más pronunciada que en el Hoyo.

 

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