EL PRINCIPIO DEL PRINCIPIO - Tomo I

 

En la creación existe un lugar que, si bien no lo podemos llamar mágico, sí lo podemos relacionar con la esencia de lo mágico, porque de ese lugar nace todo lo creado e increado, lo visible e invisible, y nadie sabe cuál es la razón de existir, mucho menos cuáles son los motivos de Dios para gestar el Todo. La maravilla  –aunque escasa en su real dimensión, dentro de la comprensión mental es poder imaginarse los motivos por los que Dios manifiesta su omnipresencia, su omnisapiencia y su virtud más importante: la emanación del amor. Es claro que él no es un ser amoroso; es el amor en sí. Ni es misericordioso, es la misericordia en sí.

En él está contenido todo lo que se es y lo que no se es. Al menos en la parte donde vivo, tiene una particularidad: nos crea, nos ama y nos deja en libertad para que vivamos como queramos. Su paciencia no está dentro de los parámetros que como humanos entendemos. Su lugar y su espacio están dentro y fuera de sí mismo. En Él, el tiempo como tal, no existe.

            Entonces, ¿cuál es su razón de ser?

            Para algunos, la respuesta es simple y no lejana a la realidad: Él es el amor. Para otros, la respuesta es todo lo contrario y todos, como creación, somos un capricho divino. Expresar que somos producto de un capricho es muy aventurado, pero expresar que somos hijos del amor es muy gratificante.

            Sin embargo, existe una gran pregunta en la mente de la mayoría de las personas que conozco. ¿Para qué existe el bien y el mal? Si partimos del planteamiento de que Dios gestó con amor a sus hijos, ¿de dónde emana el mal? ¿Acaso es el mal un plan divino? O, como podría suponer más de alguno, ¿es el mal una invención humana? Si es así, ¿no existe el mal en otros mundos, en otros tiempos y en otros espacios?

            La existencia de mundos, dimensiones, razas, inteligencias y formas de vida está supeditada a un orden superior. Todo en el universo tiene reglas y formas de administración. ¿A dónde  pertenecemos nosotros y cuál es nuestro rumbo? Es difícil decir que se manifiestan claras las reglas de evolución en nuestro plano, o que la evolución solamente es un concepto escrito como tantos y que, en realidad, no sabemos o no queremos saber a dónde vamos y de dónde venimos, o si en realidad venimos y vamos.

            ¿Cuántas personas se han preguntado si en realidad son libres? ¿Si todo lo que ven y oyen es la realidad? Uno de los más grandes atributos divinos tiene qué ver con el libre albedrío. Como todo atributo, es sagrado. Entonces, ¿por qué están permitidas las cadenas? ¿Cuántas personas pueden saber si en realidad están libres de cadenas en la mente y en el alma? Es inquietante para mí saber que si no libero primero mi mente, no podré liberar mi  alma, ni podré ayudar a otros a liberarse.

            Ninguno que permanezca sujeto a sus cadenas podrá ser libre para contemplar el rostro de Dios. Sólo podrá hacerlo aquél que acepte su propia responsabilidad de búsqueda. La respuesta a una de las preguntas más inquietantes tiene qué ver con la voz interna. Si no te escuchas, nadie te va a escuchar. Si no buscas tu propia liberación, nadie lo va a hacer por ti. Y sucede que el que busca, encuentra pero, a veces, el que encuentra se corrompe…

            Ésta es la historia de muchos; quizá la mía, la tuya o tal vez la de alguien que conoces. Porque, al final, la pregunta es la misma para todos: ¿Crees que en realidad eres libre? 

 

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