CAPITULO 2 ENTREGA 1
CAPÍTULO DOS
ENTREGA 1
LAS PROFECÍAS
Mientras eso sucedía en el Hoyo, en las Cañadas los dos mellizos se enteraban de la nueva circunstancia. Era una magnifica oportunidad para moverse sin que Rauel desplegara sus poderes.
– Semo–Kristan, ¿viste lo mismo que yo?
– Sí, hermano. Es la oportunidad que esperábamos para sacar del rincón del olvido el gran secreto.
Los dos adivinos se dirigieron a toda prisa al palacio. Era urgente informarle a su reina de los nuevos sucesos.
– A un lado, dijo Kristan-Semo apartando al guardia que se interpuso y no hizo más por tratar de detenerlos. Todos en las Cañadas tenían un profundo respeto a los hermanos cuya edad y origen desconocían, pero el más puro temor a su aureola de magos los invitaba a mantenerse cautos y discretos.
– Señora, ¡ha sucedido!, irrumpieron gritando los ancianos, a todo pulmón, en el salón.
– ¿Qué pasa, mis estimados sabios? Vengan a mi lado y explíquense. Con bondad y ternura, la soberana los invitó a sentarse, junto a ella.
– Un ingélico cayó. La soberbia y la avaricia hicieron presa de uno de nosotros, expresó el más agitado.
– ¿Quién fue? En realidad, no importa. Quien haya sido, pobre, porque de él será el reino de la muerte y de él saldrá la oscuridad de Ran-Dom.
– En realidad, de él saldrá un ingélico mutado. Ése, mi reina, sí va a ser temible. El príncipe nada más podrá allanarle el camino a su hijo. El trabajo importante lo hará el otro, le explicaron.
Arrebatándose la palabra, los hermanos hablaban sin parar. La reina expresó su pesar por quien se dejó ganar por sus propios miedos. No podía imaginar que alguien pudiera perder frente a sí mismo. Al enterarse que el caído fue Rauel, el príncipe del Reino frío, supo que por medio de él, la sombra de Dios llegaría a Ran-Dom y oró por la compasión de Jahja. Quiso, entonces, saber si había algo por hacer o si deberían todos resignarse a la extinción de su raza.
– Creo que es momento de sacar a la luz nuestro secreto, dijeron los ancianos con su peculiar forma de hablar. Ignorando a qué secreto se referían, la reina quiso que lo develaran de inmediato. Fue así como los maestros le pusieron al tanto sobre la escuela del precipicio.
Con sumo interés, la soberana atendió al relato de los hermanos sobre el momento que, muchísimos años atrás, ambos supieron que llegaría. Por medio de los oráculos, el dios Jahja les indicó el camino y el fuego ceremonial les ayudó a precisar la naturaleza de su trabajo. Aunque desconocían la fecha, sabían que alguien llegaría a trastocar el orden, para lo que habían venido preparando sacerdotes guerreros, inventando armas diferentes a las empleadas en la cacería, y protegiendo el lugar mediante un sello mágico en su ingreso, para permitir que sólo los elegidos pudieran acceder a su interior.
– ¿Cómo son los elegidos?, ¿cómo se mantienen?, ¿para qué se preparan?, preguntaba la reina sin parar, atraída por el secreto que bien habían guardado los mellizos.
– Fundamos esa escuela y diseñamos las reglas para su protección. Es por eso que desconoces su existencia. La magia y la energía sagrada son su fortaleza, explicó uno de los adivinos y, poco a poco, la luz fue penetrando en el entendimiento de la reina.
– ¿Cuánto tiempo pasará para que el mal se asiente en el planeta?, inquirió la soberana, temiendo que el momento de que los elegidos entraran en acción estuviera cercano.
– Estamos hablando de algunos meses, no más, respondió Kristan-Semo, aumentando el nerviosismo de la reina, quien urgió a los adivinos para que le develaran el siguiente paso. Éstos le informaron que debían desplazarse hasta la escuela del abismo, para avisar a los maestros que la instrucción había concluido y era tiempo de egresar a los alumnos para que aplicaran sus enseñanzas.
– ¿Necesitan de alguien que les acompañe?, sondeó la reina.
– Sí, acotó Semo-Kristan. La expedición debe hacerse con siete personas.
– ¿Por qué siete?
– Número mágico, señora.
– ¿Todo lo que harán es mágico?
– Sólo la entrada, respondieron.
Tras enterar a la soberana de los pasos a seguir, los adivinos salieron del castillo para preparar la expedición. Entre los jóvenes de la ciudad, escogerían a siete muchachos fuertes y valientes, para lo que los ancianos fueron, casa por casa, haciendo preguntas que parecían vanas y sin sentido. Al final de la jornada, ya habían sido seleccionados siete ingélicos: Sanhar, Mirhar, Esperanhar, Pacienhar, Aromhar, Fehar y Amahar, todos ellos con nombres acordes con los atributos necesarios para la difícil empresa.
Un solo día tardaron en reunir las cosas necesarias para el viaje. Alimentos, agua, abrigos, amuletos fabricados por los adivinos. Todo en Las Cañadas era bullicio y expectación. No faltaron los escépticos que discurrieron si la escuela del abismo de Yorn no sería un mito, o una invención de los ancianos mellizos.
Entre la población de Las Cañadas, la noticia de las intenciones de Rauel corrió con velocidad. La reina hizo vanos intentos por disipar los temores que empezaron a circular, aunque ella misma no estaba muy segura. En el aire flotaba la tristeza; las aves no cantaban igual y el horizonte al atardecer se teñía de rojo. Ni los cuatro hose–soles juntos podían evitar la asociación del nuevo color de la sangre con sus crepúsculos. Los augurios eran sombríos. El agua tenía un raro sabor; la tierra se notaba más seca y las plantas no florecían como en otras temporadas. No obstante, la expedición que estaba por realizarse llenaba de esperanza a la población.
Cuando estuvieron listos para partir, la reina les dio su bendición, asegurándoles que la salvación de su pueblo estaba ahora en sus manos. Los ancianos rogaron que tratara de tranquilizar a sus súbditos, pero sabían que marchaban hacia un lugar inexplorado, a un sitio con profundidades sin fin, en donde nadie se había atrevido a incursionar. El abismo de Yorn tenia muchos secretos por develar.
Durante siete días, caminaron siguiendo señales que sólo los adivinos podían descifrar. Por las noches y en los amaneceres, observaban detenidamente el cielo, en busca de respuestas. Hurgaban entre las plantas cuando sólo tres soles cruzaban el firmamento y, curiosamente, evitaban hacerlo durante los días en que aparecía el cuarto sol. Los siete jóvenes estaban confundidos por el silencio de los adivinos que no informaban de sus movimientos, ni de lo que andaban buscando. Con el respeto que todos ellos sentían hacia la fuerza que emanaban los ancianos, se mantenían expectantes, sin saber qué buscar o a dónde ir.
Rauel, por su parte, estaba más ocupado que nunca. La boda real con la que se disponía a satisfacer sus anhelados proyectos, lo tenían distraído de sus planes de avasallamiento. Su futura esposa ya estaba en camino, acompañada por cincuenta Reptiles armados y esta breve tregua fue la que aprovecharon los expedicionarios del abismo de Yorn para avanzar lo más posible en sus planes.
Los gemelos y su pequeño contingente viajaban de día y noche, auxiliados por las estrellas. Sólo faltaba dar con el lugar exacto de la entrada a la escuela del abismo. Sus acompañantes no discernían sus procedimientos, pero sabían que era tiempo de secretos y respetaban la dinámica. Kristan-Semo se sentía entusiasmado por saberse en el territorio del abismo, y agradecía a los dioses que el Depredador de mentes mantuviera su mente ocupada con la ingélica de sus afectos. Pero su hermano le hizo caer en la cuenta de que el romántico hecho podría no ser más que una pantalla, sobre los planes nefastos que Rauel había venido tramando.
Evitando pronunciar el nombre del caído, para no llamar su atención y provocar que interviniera en sus planes, los mellizos y su equipo se pusieron a trabajar. Kristan-Semo pidió a los siete elegidos que formaran rápidamente un círculo de piedras alrededor de su hermano. Una vez terminado, les hizo ingresar en él y tener paciencia para que Semo-Kristan se concentrara y formara un escudo de protección en torno al grupo. Cuando consideró que la magia había comenzado, se inclinó para sacar de una bolsa de cachivaches, un envoltorio de tela blanca, del que extrajo algunas conchas y huesos de animales que, ante la curiosidad de los jóvenes, lanzó sobre un tapete y se dispuso a ver el resultado.
Mientras Kristan-Semo intentaba descifrar señales entre los huesos y conchas, su hermano comenzaba a dar muestras de cansancio. Cuando sintió que las fuerzas lo abandonaban, el anciano adivino advirtió la primera señal, por lo que pidió a su mellizo que con su energía sostuviera el escudo protector un poco más. A la primera, siguió rápidamente una segunda señal y todas se transformaron en tres pequeñas estrellas de luz brillante que se elevaron a unos metros del suelo. En ese punto, aumentaron su intensidad hasta volverse insoportables a la vista y, emitiendo un zumbido, se alinearon hasta formar un triángulo perfecto. Fue entonces que de ellas emanó un rayo de luz dirigido a un punto y, unos minutos después, el zumbido cesó para dar paso al fuerte sonido de un estruendo de piedras.
Kristan-Semo, agotado por el desgaste de energía, ya no escuchó la expresión triunfal de su hermano cuando se volvió hacia él para informarle que el acceso estaba franco. Al agonizante mago sólo le quedó fuerza para decir, con voz débil: “La energía del planeta sé esta agotando y tuve que utilizar la mía. Pero no importa, hermano, no estés triste; ya es tiempo de regresar al origen”. Dicho esto, Semo-Kristan se despidió de esa vida, con una sonrisa radiante. Su destino se había cumplido cabalmente y la escuela del abismo, finalmente, sería sacada a la luz en el planeta.
Mirhar quiso saber por qué el adivino había muerto, así, como marchitándose hasta quedar inerte, a lo que el mago sobreviviente respondió:
– Ambos nos sostenemos con la energía del amor, proveniente de Jahja, y la más poderosa que emana del planeta. Mi hermano tenía razón cuando dijo que esa energía está abandonando Ran-Dom, y por eso tuvo qué utilizar sus propias reservas. Por eso murió; sencillamente, se agotó la energía del amor que mantenía dentro de si.



Jul 21st, 2010 at 2:14 pm
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